jueves, 22 de febrero de 2018

Alumbramiento


No puedo asegurar con exactitud cuando ocurrió.  No apareció de manera súbita, se manifestó poco a poco, para mayor deleite.
En ocasiones el dique que nos separa de la verdad se rompe de golpe, penetrando salvaje, como una gran masa de agua embravecida, la claridad diáfana de la sabiduría que se lleva por delante todo materialismo intelectual que nos separa de la realidad cósmica; dejándonos como bebés renaciendo con gozo a una nueva vida iluminada por la espiritualidad.
Pero otras veces se va ensanchando como si fuese elástica esa materia que nos desune con el todo, hasta que, sin haber llegado a traspasarla en su totalidad, podemos ver al trasluz de lo que ya solo es una fina capa de prejuicios.
Este es el camino del aprendizaje; comenzar a poder ver y oír con los ojos y oídos del espíritu y, poco a poco, ir desprendiéndonos del antifaz y las orejeras que le hemos puesto mediante la incapacidad de nuestro pobre intelecto.
Hasta que llega el momento de la gran disolución; el dique (o el antifaz) desaparece por completo y la verdad suprema se adueña de nosotros como una madre que nos acoge en sus brazos para mostrarnos una nueva y verdadera dimensión de la vida.
Todas estas experiencias de aprendizaje espiritual ya las había sentido y gustaba de ejercitarlas; me sentía muy cercano al cambio de todos los cambios, al más trascendente que un ser humano puede apreciar y que solo un pequeño grupo de elegidos ha podido sentir y predicar, encontrando aquello que se mantiene oculto, en la historia de la humanidad. Solo faltaba un pequeño gesto, una pequeña chispa que condenase por completo mi ignorancia.
Recibí una visita que me puso, por fin, en contacto pleno con el creador omnisciente, esa dualidad que tan pronto puede ser materia, como energía y que rige todas las leyes del universo, insuflándonos de vida a todos.
Esta dualidad la pude sentir en cada una de mis células de un modo inefable que supera toda la pequeña y limitada capacidad intelectual para poder explicarla.
Se trataba de una curiosa y simpática criatura con pico de pato, que mastica los alimentos ayudándose, como las aves, de piedras que almacena en su boca para triturarlos; que vive en el agua como un anfibio; que pone huevos, pero no como los de ave, sino como los de réptil, y es, sin embargo, un mamífero.
Tuve contacto con él durante una de mis profundas meditaciones ascéticas en las que me integraba en ese todo que todo lo compone y del que todo y todos estamos compuestos totalmente.
Me dijo que a mi dualidad le faltaba una tercera integración; que, por esa causa, no llegaba a un conocimiento pleno de la verdad cósmica. Él era producto de esa tercera manifestación del ser supremo que yo no llegaba a percibir: el camello del creador; el que le suministraba poder creativo con sus espirituales sustancias. Fue durante un tremendo colocón del creador cuando el ornitorrinco fue diseñado con la pretensión de unificar todas las especies en una sola para conseguir la criatura definitiva que diese por concluida su siempre inacabada obra, tras varios fiascos.
De esta manera se conforma la trinidad que algunos visionarios ya han descrito: energía (padre), materia (hijo) y camello (espíritu santo).
Tras ofrecerme el animalillo esta gran revelación, se marchó moviendo gracioso su cola.
A partir de este momento, pude entrar en contacto con el único y verdadero iluminador de conciencias, esa parte de la trinidad que nos está vedada: el camello del creador, cuyo conocimiento supone el alumbramiento total a la completa experiencia mística.
Debo decir que las drogas que suministra este camello no funcionan alterando la química del organismo y produciendo efectos a veces nefastos, a veces felices o a veces, nada más, aliviando un dolor de cabeza o cortando una molesta diarrea.
Actúan de forma directa sobre nuestro espíritu, otorgándole la capacidad de romper cualquier cadena que le amarre al materialismo, banal y terreno, de nuestro corto entendimiento y condenándole al ostracismo en el interior de nuestro ser, ciego y sordo para siempre. Se trata de la suma liberación y de la comunión completa con la trinidad que rige el universo.
Siento una gran desolación por ver a la humanidad tan perdida y alejada de la gran verdad de la cosmovisión, al no encontrar la manera -vastos son los prejuicios- de conocer al gran camello del creador que es a la vez el creador mismo y su hijo materializado en la tierra. Pero a la vez mi corazón se llena de júbilo por constatar que todo sufrimiento solo es mera ilusión promovida por nuestra ignorante ceguera.
Cualquier cosa más que pudiese añadir solo sería tautológica mistificación de mi experiencia.
Con esta nota pongo fin a la tetralogía que comencé con “Persecución” y que ha supuesto para mí el don de la penetración en la verdad inconmensurable del creador y, más importante todavía que eso, poder entrar en el circuito de su tráfico de estupefacientes que a tanta gente mantiene drogada.  



miércoles, 21 de febrero de 2018

El último grito creacionista


¡Hay que ver cuán pesada se puede poner la gente con el pensamiento intuitivo!
Hasta llegar a extremos que, a partir de un pensamiento de esta naturaleza, se empeñen con denuedo en elaborar variadas conjeturas, por disparatadas que puedan ser, que justifiquen su deseada intuición, atribuyéndoles a renglón seguido carácter demostrativo y, por tanto, científico.
Como los modernos creacionistas, que se han renovado lanzando un engendro que llaman “Teoría del Diseño Inteligente”, una seudociencia que, en EE. UU., los lobbies cristianos fundamentalistas y de ultraderecha, a través de una asociación creada a tal efecto en los 90, el Discovery Institute, pretenden equiparar a nivel académico con cualquier otra enseñanza de ciencias en los centros educativos.
Por suerte, la comunidad científica los desprecia, imposibilitando, al menos por el momento (que, tal y como están las cosas, con el creacionista ultraderechista Trump en el poder, nunca se sabe) que esto ocurra, salvo en algunos centros en los que ya desde tiempo ha, el darwinismo era excluido del currículum educativo por contradecir las escrituras.
Parten de la base (por pura intuición suya, sin más) de que la creación del universo y, sobre todo, de la vida, solo se puede concebir si hay una “entidad inteligente” que lo haya diseñado. Para evitar ser tachados de simple religión, evitan la palabra Dios; pero queda claro qué cosa es esa entidad, ¿no?... tampoco somos tan idiotas.
A partir de ahí, todos los elementos demostrados científicamente que contradicen su intuitiva afirmación son rebatidos por ellos con los más hilarantes, a veces, argumentos y llegando a extremos que lo único que demuestran es su obtuso empecinamiento por demostrar el creacionismo bíblico como sea.
Esto no es intuición. Ni pensamiento intuitivo. Esto es pensar lo que te sale de los cojones y llamarle intuición, como cuando a cualquiera nos “da la intuición” de que nos va a tocar el loto y hacemos una apuesta que, por la puñetera ley de probabilidades, nunca toca. No es intuición, es deseo de que nos toque una buena suma… deseo muy comprensible y que no estaría nada mal, por cierto.
Pues esto les pasa… Por mor del gusano de la religión que les devora el cerebro, desean demostrar que hay un creador como sea, aunque no acostumbre a hacer acto de presencia más que en esa delicada intuición, que les permite experimentar su cercanía, de la que hacen gala los creyentes. Esta intuición es una mezcla del deseo de que te toque el loto con una ligera enfermedad mental. Eso es obvio.
Pongo aquí una frase de lo más científica de uno de los biólogos más eminentes que defienden esto:
 "El DI es parte de la revelación general de Dios [...] No solo el diseño inteligente nos libra de esta ideología [materialismo], que ahoga el espíritu humano, sino también, en mi experiencia personal, he encontrado que abre el camino para que la gente venga a Cristo".
Ya vemos… muy científico…
La expresión “Teoría del diseño inteligente” es mentirosa en los tres vocablos que la componen.
-No es teoría. Ni siquiera hipótesis.
Una teoría, para que lo sea, siempre debe estar sustentada en evidencias, aunque sean sólo teóricas. Si se demuestra empíricamente también, pasa a ser Ley.
Una hipótesis lo es cuando la idea formulada tiene visos de ser demostrada teóricamente, para pasar a ser teoría (caso contrario, se desecha) y empíricamente después, para pasar a ser Ley. Una teoría puede estar conformada por un conjunto de hipótesis que se han demostrado teóricamente.
De manera que solo es mera conjetura sin ningún valor científico, máxime cuando para intentar dar valor a esa loca idea, tienen que destrozar gran parte del conocimiento humano, en biología, paleontología, prehistoria, geología…. hasta dicen que las dataciones hechas por paleontólogos y geólogos con sofisticados sistemas radiométricos, dan resultados falsos… en fin, según ellos estamos engañados y el mundo no es tan antiguo y los humanos convivimos con los dinosaurios en la prehistoria, porque, claro, de no ser así, el diseñador inteligente utilizó estos nobles animales para entretenerse durante doscientos cuarenta millones de años, hasta que se aburrió y los extinguió para ponerse manos a la obra y realizar su creación definitiva… No puede ser que Dios sea tan gilipollas, de manera que nos engañan.
-Diseño… Vale… ¿Quién diseñó al diseñador?
-Inteligente. No sé si tanto. Si hubo tal diseñador y creó la religión y, con ella, todas las catástrofes humanas que ha producido y sigue produciendo, que voy a decir…ejem… muy lumbreras no es… el tal diseñador… además de estar basada en lo que se conoce como argumento de la ignorancia, esto es que la falta de evidencia para una postura constituye una veracidad para la otra postura. De este modo, la ausencia de explicación de algún aspecto de le evolución (por falta de registro fósil, normalmente) demuestra, a sus ojos, su pretendida teoría. Lo cual es un clamoroso engaño. 

Al final he sentido una revelación. Mi pensamiento intuitivo se ha desatado con gran clarividencia. Sí, existe un diseñador inteligente; pero no solo eso; existe también un camello que suministra psicotrópicos al diseñador. De otra manera no se entiende (y mi iluminación en cuanto a esto es rotunda) la creación del ornitorrinco.
Cuidado, debemos estar alerta. En Europa, y eso incluye a España, las iglesias evangélicas, sobre todo, están intentando dar gran difusión a esta teoría. Hasta van por las casas informando de esta nueva ciencia que da respuesta a todas nuestras dudas.
Así que con un gobierno del opus y una jefatura de estado ultracatólica…cuidado. A las pruebas me remito:




martes, 20 de febrero de 2018

Petulancia



A raíz de la publicación de mi nota “Persecución” recibí algunas críticas, algo encendidas y ofendidas algunas, acusándome de intolerante otras. Quiero contestar aquí a todas ellas, en especial a una, recibida por el canal privado, que me acusaba de petulante.
En ella me decía que me sentía superior a aquellos que son creyentes y que mi petulancia era ofensiva.
En primer lugar, anotar la confusión de este sujeto entre petulancia y soberbia. Si me sintiese superior, cosa que no es real, sería soberbio, no petulante. Pero aceptemos petulante. Más o menos es quien, muy convencido de sus ideas, desprecia las de los demás con insolencia, o descaro y, por supuesto, con ridícula vanidosa presunción.
Es hora de que explique, en ese caso, mi petulancia.
Lo único que mantengo, sin, creo, actitud petulante, ni mucho menos soberbia, es que las cosas deben ocupar su lugar.
Es por esto que los asuntos relativos a la Biblia, y demás confesiones que parten del mismo tronco común, deberían quedar en el lugar que les corresponde: libros de historia y antropología.
Es cierto que, cuando no teníamos demasiados conocimientos que explicasen aquello que no podíamos entender, estos textos daban una explicación y que, como habían sido dictados por el mismísimo Dios, no se cuestionaba su contenido. Tiempos oscuros en los que la humanidad se estancó durante siglos.
Cierto es también que la idea de estar gobernados por un ser sobrenatural, que además nos había creado y que nos castigaba o nos daba bendiciones, según fuésemos acordes a sus designios expresados en el libro, así como de la idea de una fuerza maligna, de signo contrario, que nos arrastraba al pecado y a separarnos del camino recto, digo, ambas ideas, formaban parte de la cosmogonía del pensamiento colectivo en aquellos tiempos.
Cierto es también que, en aquellos tiempos tan oscuros, quien se apartase de estas creencias era excluido socialmente, torturado y sometido a escarnio público o, finalmente quemado en una hoguera, según fuese la gravedad de su herejía.
Ciertas son estas cosas, como también lo es que en los tiempos que corren, en los que esa aberración debería ser descartada y expulsada de la cultura humana por obsoleta, sigan siendo personas y sectas afines a estos pensamientos religiosos, de las tres culturas monoteístas y sus diferentes sectas quienes ostentan gran parte, si no todo, del poder económico y político.
¿Alguien se puede imaginar que hoy en día se sacrificasen animales y humanos a dioses para tener buenas cosechas garantizadas? No, es aberrante; sin embargo, durante milenios, así pensaron y actuaron los humanos.
O que pensásemos que si sobreviene una pandemia es un castigo de Dios por apartarnos de su camino. Eso pensaban en las crisis de peste que asolaron el medievo. Y por ese motivo se reunía la gente en iglesias a rezar con arrepentimiento, con lo que la epidemia se propagaba más y mejor. El colmo de la estupidez, pero en aquellos tiempos puede entenderse que así actuasen las personas. Hoy en día, no.
Estos dos pequeños ejemplos ya han pasado a los libros de historia, por fortuna.
Ya es hora de que otro tipo de creencias antiguas que hoy en día son estúpidas y cuya mentirosa explicación queda desmentida de manera irrefutable, ocupen también el lugar que deben.
Lo digo sin petulancia… simplemente el hombre no nació de un pedazo de barro; la tierra no tiene trescientos mil años; la tierra no es plana; tampoco es el centro del universo; no existe el cielo ni el infierno; sin noticias del diablo ni de Dios; la santísima trinidad es un galimatías incoherente; los dogmas son para gente sin pensamiento…etc., etc., etc.
Será imposible, como ocurrió en el medievo, si no eliminamos esta lacra, que podamos avanzar hacia un mundo mejor, o, cuanto menos, no tan idiota.
Curiosamente, me encontré esta noticia hoy. Parece que los acontecimientos siguen la estela marcada:

GRUPOS DE PRESIÓNLos nuevos 'lobbies' ultraconservadores españoles: cuáles son y cómo actúan


En la última década, los grupos antiderechos y fundamentalistas religiosos han saltado a la arena internacional y, aunque su número no ha crecido exponencialmente, han conseguido mayor impacto, coordinación, recursos y apoyos.



domingo, 18 de febrero de 2018

Superoferta


ATENCIÓN
GRAN PROMOCIÓN.
SOLO EN WINDOWS STORE Y TIENDAS AMAZON
Nuevo sistema operativo Windows Apocalypto.

Desde Microsoft Corporation, viendo la gran demanda social expresada multitudinariamente en redes sociales, por la llegada de un Armagedón, tras el fiasco que supuso hace seis años la profecía Maya, siempre manteniendo nuestro compromiso por satisfacer los deseos de la humanidad, tan bien  interconectada, y hacer su vida más fácil, queriendo brindar los deseos que nuestros logaritmos nos revelan como preponderantes, hemos decidido, tras años de trabajo, lanzar al mercado este nuevo sistema operativo.
Usted no tiene que hacer nada; solo usarlo como cualquier otro que utilice en la actualidad, recibiendo las mismas prestaciones.
Nuestro equipo de diseño software ha creado una app que, según su sensibilidad, criterios, gustos, afinidades, amistades; en definitiva, según quién usted sea, elegirá de manera automática el tipo de apocalipsis que se adecúa más a su persona. Aquel tipo de hecatombe que resulte más deseada (los valores democráticos son constante insoslayable en nuestra corporación, aunque usted no se entere de lo que vota) se iniciará a partir de enero de 2020. Se desatará sin previo aviso; vaya, ¡como si fuese natural!
La gama de desastres es muy extensa. Podemos destacar los siguientes, que pensamos pueden ser los más deseados:
-Infección bacteriana con colofón apocalipsis zombi. (Anunciado en tv)
-Fritonga generalizada por tormenta solar de magnitud desconocida hasta la fecha.
-Meteorito gigante. Para no ser menos que los dinosaurios que tras doscientoscuarenta millones de años sobre el planeta, frente a los solo trescientos mil años que estamos nosotros, se fueron, probablemente, así…
-Megavolcán gigante, con posterior lluvia de cenizas que nubla el sol, de manera que quienes se salven del suceso inicial, morirán congelados.
-La tierra deja de girar de golpe, en seco. Todos salimos despedidos a gran velocidad, allende la atmósfera y nos quedamos ingrávidos dando vueltas por el espacio asfixiándonos como gilipollas. Incorporaremos holograma 3D del careto de Cristo diciendo: "Bienaventurados los gilipollas que dan vueltas ingrávidos", o cualquier otra frase en esa línea.
-Guerra nuclear. Dejaremos descansar a Kim Jong Un. Nuestro equipo de informáticos trabaja sobre si será Luxemburgo, Liechtenstein (de cuya existencia aún se duda) o Andorra quien iniciará este conflicto de anunciado final.
-La tierra invierte sus polos magnéticos y, antes de que cambien las mareas, las corrientes marinas…y tantas otras cosas que supondrían nuestro final, todos nos mareamos y andamos como pollos sin cabeza estrellándonos contra los escaparates y muriendo de politraumatismos.
-La tierra es, finalmente, plana… No somos más que ilusión que se desvanece. Nuestro equipo de software diseñó este final para los más poéticos.
Estos son los más relevantes. También los hay de corte más vicioso, para quienes dicen querer morir follando, pero están censurados, si bien, como está el patio, no dudamos que sean finalmente los ganadores.
En próximas actualizaciones intentaremos diseñar apocalipsis individualizados con gafas de Virtual Reality incluidas en el pack adquirido.
Aún así, como en 2020, siempre fieles en la máxima atención y servicio a nuestros clientes y al progreso de la especie, aplicaremos Windows Apocalypto, puede ser que no lleguemos a disfrutar de esta innovación.
Saludos cordiales.
Bill Gates.


sábado, 17 de febrero de 2018

Persecución


No sé por qué será, pero, en numerosas ocasiones en los últimos tiempos, surgen, en mi día a día, concatenaciones de acontecimientos de manera que guardan una sucesión coherente; como si un hecho trajese al azar otros a continuación que siguen su estela.
Ayer por la noche tuve una conversación, tras haber comentado un post de una amiga que destilaba cierta moralina antiabortista, con un grupo de militantes pro-vida. Nada demasiado especial, salvo que la cosa no acabó del todo bien.
Sobre los argumentos de estos sujetos y sujetas planeaban, como una sombra que suplantase el entendimiento, sus convicciones cristianas.
Al irme a dormir, quizá por que el hecho de haber subido algo de tono en el muro feisbuquiano de mi amiga, de algún modo, condenó mi conciencia, la cuestión de la fe se introdujo en mi sueño y arruinó mi anterior y posterior vigilia.
Me levanté molesto por haber pasado tan malos ratos y sonó el timbre de la puerta.
Era una pareja madura y muy aseada que, con extrema educación y una sonrisa fraternal y gratuita, me intentaban regalar folletos bíblicos y me hostigaban con un proselitismo nada gracioso para mí, con los inmediatos antecedentes que había sufrido.
Con educación les despedí: “No tengo tiempo ahora. Soy ateo…” etc.
Parecía que estas cuestiones no iban a abandonarme hoy, y así fue; traían más cola.
Me acerqué a un supermercado algo alejado, pero que sabía abierto en sábado por la mañana y no pertenece a ninguna macrocadena de las que intento evitar. Me gusta ir a tiendas propiedad de pequeños comerciantes por una cuestión de salvaguarda de la humanidad.
De nuevo el carnicero estaba liado con "La máquina de picar carne". Léase, si se quiere, mi nota así titulada, para más información.
Y… ¿de qué hablaban sus feligreses esta vez? Pues sí, de que habría que legislar contra el aborto, que si es un asesinato y tal… Y, de nuevo, alusiones al cristianismo y al no matarás que, como parece indicar la historia narrada en mi anterior nota “La máquina de picar carne”, parece funcionar de manera absolutamente arbitraria. El mandamiento ése, me refiero.
Demasiada presión esta vez; demasiadas veces en poco tiempo persiguiéndome esta cuestión como para que me quedase callado, como suele ser habitual en mí.
Tras ofrecer un breve argumentario que decía que, si un aborto es asesinato, también lo es el DIU y la píldora del día después, ya que en ambos casos la mujer expulsa un óvulo ya fecundado, exploté. Fue como un desahogo delirante en contra de la religión; algo así:
La religión es un gusano que corrompe el entendimiento. Hace que, quienes se encuentran por esta plaga contaminados, piensen y digan las más soberanas estupideces para defender las palabras escritas en un libro a todas luces caduco, cuyas tesis se encuentran desmentidas por el conocimiento de manera irrefutable. A pesar de ese desmentido, siguen los creyentes formulando las más estrambóticas (a veces ingeniosas, todo sea dicho) conjeturas para seguir intentando demostrar desde el creacionismo al terraplanismo; desde la convivencia de dinosaurios con humanos hasta la edad irrisoria que la biblia atribuye al planeta; desde el geocentrismo a la existencia de un ser sobrenatural que vela (y nos castiga si no le gusta nuestro rollo) por nosotros… y un largo etc. Todas las investigaciones que desmienten estas aseveraciones, que fueron en la antigüedad y por desgracia, paradigma de la explicación del mundo que nos rodea, desde la paleontología a la antropología; desde la astrofísica a la geología; desde la física nuclear a las fotografías del Hubble… son conspiraciones para apartarnos, según estos recalcitrantes enjambres de creyentes, ya sean terraplanistas, creacionistas, geocentristas o seguidores de la santísima trinidad, ¡para apartarnos de la senda recta del señor!
Hice una pausa muy breve, nadie reaccionó, así que mi lengua continuó desatada con locuaz rapidez:
¿Se puede ser tan estúpido en estos tiempos que corren? ¡Pues sí, se puede! Y los hay a montones, y lo peor: ostentan grandes cotas de poder. Así es: montón de escoria creyente, desde Bush a Trump; desde Aznar y las FAES a los supremacistas blancos; el Opus Dei, secta fundamentalista y convencida creacionista, copando el poder económico y político; y todos estos contubernios y muchos más de este corte, promoviendo guerras por religión contra los infieles para quedarse de paso con sus valiosos recursos naturales. Deprime, pero parece que estemos todavía en la oscura edad media, solo que las armas para destruir son infinitamente más poderosas…
Aquí se me cortó el rollo. Después de haberme escuchado con cara atónita dada la rapidez y profusión de mis palabras, algo inflamadas, hay que decirlo, los allí congregados comenzaron a despotricar, algo a contrapié, como si les hubiese pillado por sorpresa. Ofrecían la imagen de un enjambre de abejas cuya colmena hubiese sido amenazada.
Me marché sin comprar nada. Suerte que a ese comercio no voy demasiado.
Al menos, hasta el momento de escribir esta nota, tras mi catarsis explosiva, parece haberse detenido la concatenación de sucesos relacionados con este tema que desde anoche me andaba molestando con profundidad…





jueves, 15 de febrero de 2018

Rinitis


Caminaba por la vía pública rumiando pensamientos relativos a diferentes procesos domésticos de carácter logístico, intentando dar un orden de prioridad a aquellos asuntos de los que debía ocuparme, pues iba bastante mal de tiempo. Me aventuraba, sin quererlo, en divagaciones, digresiones y especulaciones nacidas de cada una de las cuestiones que pretendía organizar, sosteniendo en mi mano un descongestionador nasal que acababa de adquirir en la farmacia. Por este motivo se introducían los pensamientos acerca de la pesada rinitis que me afectaba desde mucho tiempo atrás en todo el organigrama que pretendía confeccionar y esquematizar, quedando todo en un maremágnum de atascado moco que me incitaba a la inacción.
Una mujer detuvo mi marcha para preguntarme si sabía dónde estaba la oficina de correos del pueblo.
Me detuve y repetí para mis adentros, como saliendo de un trance en el que el mantra que lo indujo todavía reproduce su letanía: “No aplicar más de dos veces al día y no más de cuatro días consecutivos”, advertencia que me había enfatizado la farmacéutica como si me fuese la nariz -o quizá algo más grave- en ello.
Pero lo que pensé que se había reproducido en mis adentros, debió salir de mis labios, aunque solo fuese como un leve susurro, a juzgar por la expresión que marcó el rostro de la mujer; la cara que se pone cuando piensas que te topaste con el loco del pueblo.
Hice involuntario ademán de salir de mi mundo interior. El rostro de la mujer cambió. Parecía decir que se había tropezado con un ensoñado, alguien distraído, quizá artista, soñador… nada que ver con lo prosaico de mi mundo interior, perdido entre pagos de facturas, compras, trámites burocráticos inexcusables y cosas de ese tipo, todas ellas amasadas en un mortero con desatascador nasal y rinitis aguda.
Dije a la buena señora, preguntándole, como estrategia de claro disimulo, fingiendo no haber escuchado: “¿Perdón…?”
Antes de que ella me pudiese repetir la pregunta, unos cuatro o cinco metros delante de mí, en la dirección que yo andaba, se estrelló contra la acera, emitiendo un sonido breve y seco como de cráneo roto y dibujando a su alrededor una pequeña nube de polvo, una jardinera, un tiesto rectangular de considerables dimensiones.
Miré hacia arriba buscando el balcón desde el cual, el presunto asesino me lanzó su arma arrojadiza, sin tener en cuenta que, en el momento que la soltaba de sus manos, la mujer me detendría, frustrando su plan al no llegar a cruzarse nuestras trayectorias; fatídico encuentro que habría supuesto, como mínimo, la ruina de mi sombrero de fieltro, que habría quedado muy deteriorado y manchado en su interior de pegajosos sesos triturados.
No vi a nadie, ni la cola de ningún diablo escabulléndose de un balcón a otro. En un balcón de una vivienda deshabitada faltaba una de las jardineras que adornaban, vacías, la parte exterior de la baranda.
Está claro, pensé, el temporal de viento que nos sacudió días atrás debió afectar de algún modo la sujeción y buena estabilidad del rectangular recipiente de cemento pretensado, cayendo en este momento… Dije pensando en voz alta: “A veces la música del azar interpreta melodías alegres; tristes en otras ocasiones; o solo nos brinda una advertencia. Permítame que le diga a usted que, hace escasos segundos, gracias a su intervención, la partitura que habría musicado mi réquiem se quedó solo en un himno a la alegría para festejar la vida.
La mujer, que, estando de espaldas y no habiendo reparado en el sonido del tiesto al caer, se mantuvo ajena al suceso, se llevó el índice a la sien, girándolo y siguió su camino pasando de mí por completo. Preguntó a otro transeúnte por la dichosa (y tanto) oficina de correos.
Quedé mirando como se alejaba, menuda, algo desaliñada y con pasos rápidos y cortos, casi saltando como andan las palomas. Por ninguna costura de su chaqueta se intuía que estuviesen plegadas sus alas de ángel brotando de sus omóplatos.     

lunes, 12 de febrero de 2018

Excesos


De buena mañana me desperté con la sensación de haber recibido un golpe en la frente. Justo cuando estaba soñando que llegaba a una paradisíaca isla en la que iba a instalarme durante mucho tiempo, alejado de toda rutina, preocupación y tarea, en compañía de mi amada compañera. Como decía, un fuerte golpe en la cabeza me devolvió a la realidad.
Fue el despertador que saltó sobre mí para decirme que debía levantarme: al tiempo que abría un ojo con soberana frustración por alejarme del paraíso, pude ver, por el rabillo de éste, como el reloj volvía a su lugar habitual en la mesilla de noche. Este era, sin duda, el final del sueño. De este modo había vuelto a la realidad, pensé. Sin embargo, todavía sentía en mi frente el eco de haber sido golpeado.
Me levanté. Nada que reseñar hasta el momento que encendí la tostadora e introduje dos rebanadas de pan de molde en la ranura.
Al cabo de pocos minutos, fueron eyectadas con tal virulencia que se estrellaron contra el techo. Como además se habían quemado -había presumido su carbonización al percibir cierto olor a chamusquina mientras preparaba el café, sin que me diese tiempo a reaccionar- al golpearse se quebraron en pedazos; una lluvia de carboncillos de pan.
Cogí la escoba y barrí el desaguisado producido en el suelo. En ello estaba cuando la cafetera explotó. Se habrá taponado o atorado la válvula de seguridad y, como la llené demasiado de café muy apretado, habrá cogido demasiada presión y reventado por ello, pensé esta vez…
Por suerte me pilló la explosión alejado de la hornilla, evitándose, por este azar -segundos antes estaba barriendo frente a ella-, lesiones y escaldadas en mi persona.
Ante tanta anomalía decidí irme a desayunar al bar y limpiar a la vuelta este nuevo estropicio, ya con mejor humor y salido del ayuno.
Me vestí, pues todavía andaba en pijama y pantuflas.
Al vestirme con un suéter de lana cierta presión me atenazaba bajo la nuez, como si el cuello de cisne del jersey me apretara demasiado, se contraía y dilataba levemente, esa era mi impresión, haciendo que sintiese, por momentos, el pulso en la yugular. Esta desagradable sensación fue breve. La lana que se encoje tras el lavado. Era evidente.
Calé en mis pies mis mejores botas de invierno. Éste estaba resultando de lo más frío. Unas botas de sólido cuero que se anudaban con gruesos cordones por encima del tobillo.
Volví a la cocina para tomar un vaso de agua antes de salir.
Frente al fregadero, con mi vaso de agua en la mano, escuché un leve ruido como de movimientos en el interior de la nevera. Quise acerarme a ella para ver de qué se trataba; pero mis botas de gruesa y rígida suela se habían adherido al piso. No podía mover los pies; tan solo girar mi tronco para poder observar la nevera que quedaba a mis espaldas.
Con una torsión total de mis caderas vi, estupefacto, que la nevera se abría. En ese mismo instante, quedando todavía más atónito, la campana del microondas comenzó a sonar sin pausa. Giré el cuerpo en la dirección en la que se encontraba este aparato viendo que también su puerta se abrió. Del frigorífico salió la docena de huevos que tenía guardados y marcharon, rodando con cuidado, en dirección al microondas, trepando después, hasta introducirse en él. La puerta de ambos electrodomésticos se cerró con estrépito y el horno entró en funcionamiento a la máxima potencia.
No entendía nada. Mis pies seguían clavados al piso y el vaso de agua se deslizó entre mis dedos cayendo al suelo y estallando. Me agaché para intentar sacar los pies de las botas desanudándolas. Los cordones eran como gruesos alambres de acero imposibles de manipular. En el cuello, al tiempo que intentaba retorcer el acero de los cordones sin éxito, comenzaba a asfixiarme el cuello de cisne de mi suéter; me estrangulaba, por lo que abandoné mi actividad de intentar liberarme de las botas y me concentré en tirar con mis manos del cuello del jersey para evitar la opresión.
En este aturdido estado me encontraba cuando el microondas explotó, abriéndose su puerta con violencia y proyectando un mejunje de huevo por toda la estancia, salpicándome de manera repugnante y dejando toda superficie en derredor mía igual de repugnantemente salpicada. Los armarios donde vasos y vajilla se hallaban guardados también se abrieron y comenzaron a escupir su contenido.
Esquivaba los proyectiles, vasos y platos, sin poder mover los pies. Un tazón impactó en mi pecho dejándome muy dolorido. Mientras esquivaba la vajilla, un pollo que guardaba entero en la nevera salió de ésta y se fue caminando insolente en dirección al microondas. Se metió dentro de un salto y la máquina comenzó de nuevo a funcionar.
Ya toda la vajilla se encontraba en el suelo reducida a escombros. Pude descansar de esquivar los proyectiles, pero el cuello del suéter comenzó a cerrar sus garras sobre mi gaznate de nuevo. El lavaplatos se puso en marcha y una ingente cantidad de agua salía tras la puerta entreabierta. Parecía que la cocina fuese a inundarse en poco tiempo. Sin darme tregua mis pies comenzaron a caminar. No era yo quien los dirigía, sino mis botas. Se marchaban con mis pies dentro y toda mi persona sobre ellos. Si intentaba no seguir sus pasos, caía al suelo, debido a que las botas, con gran fortaleza, seguían su camino. Me veía entre un fango de huevo, vidrios y agua al que se unió el pollo, que también fue escupido por el microondas; un revoltijo de pellejos, carne, huesos y sangre medio cuajada.
No tuve más remedio que seguir los pasos que marcaban las botas. Todo intento de oposición resultaba infructuoso y desagradable; el cuelo de mi jersey comenzaba a sofocarme de modo porfiado si me resistía, además.
Atravesé el salón en dirección a la puerta de mi casa. Parecía estar tranquila esta habitación. La televisión se encendió y el equipo de sonido surround del home cinema también. En la pantalla de plasma de última generación un hombre sonriente me ofrecía un plan de pensiones. Por el equipo de sonido su voz sonaba atronadora. Hablaba de todos los regalos que me harían si contrataba ese producto financiero. Mis botas se detuvieron frente a la enorme pantalla. El hombre sonriente desapareció de la escena y la imagen de una playa paradisiaca ocupó su lugar. Atronaba una banda de reggae incitando al disfrute caribeño en el que solazarse con desenfreno. Escuché, lejano, pero acercándose, el sonido inconfundible de la aspiradora. Se colocó delante de mí y comenzó a oscilar su anillado tubo como si fuese una cobra ante un encantador de serpientes. Pensaba que ya todo terminaba y que la aspiradora daría dos vueltas con su tubo sobre mi cuerpo, como una auténtica constrictor, boa en este caso, anulando su presa. Pero no fue así. Mis botas volvieron a caminar.
Salí de la casa y fui conducido por ellas hasta mi automóvil. La portezuela se abrió y fui obligado a meterme dentro.
El motor rugió sin necesidad de darle al contacto. Mi bota izquierda pisó el embrague y de manera automática entró la primera velocidad.
Un increíble juego de mis botas y el cambio de marchas que funcionaba solo, hicieron que cruzase la ciudad a gran velocidad. Sujetaba con las manos el volante, pero era el carro el que manejaba de manera automática con precisión, sin infundirme ningún temor a colisionar.
Intentaba de manera infructuosa, accionar la palanca del cambio hacia el neutro. Se mantenía inamovible en la sexta velocidad, circulando ya por una autovía. Mi cuerpo se encontraba adherido al asiento, con el cinto de seguridad oprimiéndome fuertemente el pecho. Apenas me podía mover.
Algunos autos, más potentes que el mío, me adelantaban. Podía ver las caras desencajadas de sus ocupantes y sus muecas aterrorizadas.
En mi caso, estaba disfrutando del viaje. Pensaba: verás, ahora me despertaré en la playa con mi chica y este cuento terminará de una forma trillada y tópica y habré tenido un sueño que flipas… Así que me mantenía tranquilo, disfrutando.
Por el estéreo del coche comenzó a sonar Help, de los Beatles.
Help!!! I need somebody
Help!!! Not just anybody
Help!!! You know i need someone
Heeeeeelp!!!!!
Sonaba fuerte el volumen y comenzaba a divertirme de lo lindo.
El automóvil redujo la velocidad y tomó una salida de la autovía. Muchos coches delante de mí también la tomaban y vi por el retrovisor que quienes venían detrás, así mismo, lo hacían.
Los vehículos que circulaban en sentido contrario se incorporaban, desde su lado, al mismo itinerario.
Se formó una procesión de autos circulando lentos por una carretera secundaria… estruendo de cláxones desesperados sonando. En mi estéreo seguían cantando Help los Beatles en modo repeat.
Abandonamos la carretera secundaria para entrar en una pista forestal. Conocía el lugar; esto no pintaba nada bien: la pista terminaba en un precipicio; algo parecido al final de la película Thelma y Louise.
Momentos antes de precipitarme al vacío, en el interior de mi coche, adherido al asiento y sin poder mover mi bota del acelerador comencé a inquietarme, pues no me despertaba en la playa gozando… Suspiré. Veía como otros carros también caían y escuchaba el estruendo de las carrocerías impactando contra las rocas.
Solo podía pensar que jamás habría imaginado que éste sería el apocalíptico final de la humanidad…







domingo, 11 de febrero de 2018

Legados



Escucho los buenos solos de Joshua Redman, arropado por un buen cuarteto. Fantástico.
He estado unos días en cama algo gripado. Hoy, ya mejor, luce el sol en la ventana de mi estudio. Me siento como renacido. Feliz miro las paredes que me dan cobijo; son heredadas. No me refiero a que esta casa me haya sido trasferida en herencia; disfruto, aunque me cueste mi dinero en concepto de alquiler, de un bien que alguien que ya murió mandó construir. Lo hizo para su disfrute. Ahora que él ya no está, yo vivo aquí; y cuando yo me vaya de esta vivienda, otros la ocuparan. Este hombre dejo un legado al resto. No solo él; quienes participaron en su construcción también participaron de este legado. De su actividad para ganarse la vida surgió esta casa para generaciones venideras. Intuyo que, como esta casa tiene más de cuarenta años, habrá algunas personas que participaron en su levantamiento que ya no estarán, o estarán en el filo de ya no estar.
Alzo mi simbólica copa y brindo por todos ellos. Y por todas las huellas anónimas que todos dejamos.
¿He dicho bien? ¿Todos?
Sí… pero por algunos mejor no brindar demasiado.
Ahora se fragmenta mi cerebro, quizá por una frase de Joshua que me ha puesto los pelos de punta y me ha hecho adorar su legado…
Visualizo una balanza dibujada en mi imaginación. En un plato de la balanza irían aquellas personas cuyo legado merece un brindis; en el otro aquellas que no lo merecen, dejando claro que, por poco que sea, todos legamos algo.
Por otra parte, otro grupo de neuronas elucubra acerca del poco valor que se suele dar (aunque nos resulten cosas fundamentales, como esta casa) a los legados más sencillos o sin resonancia; Hablamos del legado de artistas, intelectuales, filósofos, políticos (mal que me pese), etc. Pero muy poco de quien, por ejemplo, dejó su tierra y sus aperos tras habernos alimentado durante décadas.
¿Se podría decir que las acciones realizadas por cualquier persona en una vida corriente siempre tienden a ser constructivas de cara al legado que dejan al resto?
En mi opinión la respuesta es no.
Ahora una frase del bueno de Meldhau con su piano me dice que explique esto. Y otro grupo de mis neuronas se atrinchera diciendo que la tendencia mayoritaria es a pasar la vida ganándosela de una manera honrada y que eso debería ser constructivo siempre…
Vale… Bien… Dejemos aparte aquellos que no consiguen esto de ganarse la vida bien de manera honrada, en ocasiones por una cuestión de marginalidad congénita, y aquellos que encuentran más lujo y más facilidad usando otros métodos; dejemos también a un lado a aquellos que , por una cuestión de cuna, se encuentran en posición de obtener el rédito y la gran vida en función del trabajo de los demás.
Aún entre muchas de las personas que se ganan la vida de manera honrada ofreciendo algún tipo de servicio o bien material al resto, su legado resulta pernicioso.
Se acabó el buen disco de Redman.
Me viene a la cabeza la ingente cantidad de humanos que trabajan honradamente, de manera directa o indirecta, para cualquiera de las muchas grandes corporaciones que esquilman el planeta y explotan a tres cuartas partes de la humanidad con un nivel mucho mayor de esclavitud que el padecido en occidente…
O todos aquellos que trabajan para la industria armamentística, o generando conflictos bélicos para dar jugosas ganancias a esta actividad…
O los buitres financieros (y quienes prestan servicios a ellos) que busca, en base a la especulación, seguir enriqueciendo a los que más tienen empobreciendo al resto, por ende…
Y muchos más colectivos que enumerar…
Volviendo a la balanza, creo que el platillo de repulsa al legado caería por su peso hasta hundirse en las entrañas de la tierra, donde continuaría echando raíces.
Es hora de poner otra música…



viernes, 9 de febrero de 2018

Bostezos digitales; yo no he sido.


Bostezos digitales.
Esta mañana, recién levantado, bostezaba en la cocina, en pie, mirando fijamente la tostadora.
De esta guisa me sorprendió mi hijo, que acudía a desayunar antes de marchar al instituto. Se ríe y me dice con voz robótica: “Iniciando sistema”, locución que acompañó con dos pitidos. Continuó: “Introduzca clave de acceso…”
Se preparó su desayuno y se sentó a degustarlo con rapidez, mientras sus pulgares se agitaban sobre su celular emulando un preciso baile de claqué. El sonido que reproducía el dispositivo cada vez que pulsaba una virtual tecla, semejaba el taconeo de Fred Astaire.
Yo seguía frente a la tostadora imaginando mentalmente cómo preparar el bocadillo que él come a diario en su pausa durante la jornada lectiva; qué contenido poner dentro del pan. “Creo que debes actualizar mi sistema operativo”, le digo, “este Windows 64 está algo obsoleto”. Y para salir de mi sopor mañanero y comenzar a preparar el bocata, decido encender la radio.
… el seguimiento digital del mundo se está convirtiendo, con un crecimiento exponencial, en la referencia más importante sobre la percepción de la realidad. La tendencia de la información se fundamenta en microinfluencias, cambiadores de opinión pública que estudian cómo influenciar a través de las redes sociales, con intereses comerciales, políticos o de incrementos de popularidad.
 Los “influencers” son trabajadores al servicio de empresas, partidos políticos o particulares que desarrollan logaritmos para distribuir estas microinfluencias a través de la red.
Hoy entrevistamos en nuestro programa “Digital 5.0” a “Pompeyus”, un conocido youtuber cuya área de influencia podemos considerar global…
Apago la radio.
Y comencé a abrir el pan; echarle un chorrito de aceite de oliva dentro; el jamón y el queso, con mucha parsimonia, como un dinosaurio que se despereza tras un largo sueño que ha durado millones de años.
Mi hijo seguía haciendo bailar sus pulgares sobre el teléfono. A veces se reía o hablaba solo. Cuando su bocadillo estuvo preparado lo agarró, lo introdujo en su mochila y salió raudo camino del instituto.
Volví a mi posición inicial frente a la tostadora a ver si conseguía iniciar el sistema de una puñetera vez.


Yo no he sido.
Me ha llegado un mensaje por el canal privado, remitido por una amiga, de las físicas, cuya amistad se remonta en el tiempo a la época de pangea, que sólo mostraba un emoticono de asombro😮 , éste, en concreto, y un enlace a un vídeo, supuestamente mío.
Lo primero que pensé es que en los sueños que no recuerdo (obviamente en los que recuerdo no me ocurre esto... desde hace muchos años, tras mi acné juvenil) llevo una frenética vida sexual muy depravada (tampoco eran así mis sueños de acné) y que había sido grabado con cámara oculta astral y difundido por la red para sufrir riguroso escarnio, esta vez no astral.
Me refocilaba con la idea de verme en acción, qué sé yo, quizá con algún montaje de potochó que hubiese hecho alguno de mis enemigos acérrimos, que seguro tengo, y compartir mis proezas potochofianas por el internet y más allá, cuando, tras el consiguiente clic al enlace y a otros enlaces que se abrían al darle a éste, la cosa terminó en que me pedía datos, contraseñas y el número de mi celular si quería ver,por fin, mi vídeo que sería la envidia de cualquier mister pollón que se precie.
Entonces pensé lo segundo... Si mi amiga me hubiese mandado este chat, como buena amiga que es, me habría dicho algo más que un simple emoticono: "Jo tío que pequeña (o grande) la tienes", Una simple emoción de asombro no me aclara esta cuestión, pienso, algo más me habría dicho mi amiga. Esto comienza a parecerle raro al inspector Revert... aquí hay gato encerrado, se dice con circunspección....
Como ya era hora de hacerlo, me fui a cocinar los filetes de atún con puré de patata y verduras rehogadas que iban a alimentar a mi familia en el día de hoy. Seguía pensando en el asunto.

Suena el teléfono. Llaman de la casa real... me dicen que hay un vídeo muy comprometido circulando por la red y que me presente en el palacio de la Zarzuela para aclarar el asunto, que si lo que quiero es chantajear, debería haberlo hecho antes de difundirlo... Les digo que todo es potochó, y que no sé nada del asunto, que me dejen cocinar mi atún, ¡ostias! ¡qué yo no he sido!