lunes, 22 de agosto de 2016

SILENCIOS

Miró al público a su alrededor; todos manifestaban la misma expresión de paz, dejándose arrastrar por el lento y cadencioso compás de 3/4. Los observó durante un pequeño instante porque sintió la necesidad, que se manifestó de forma refleja con esa mirada de ciento ochenta grados, de asegurar que no sólo él estaba experimentando algo especial con la audición del cuarteto. Volvió a cerrar los ojos sintiéndose vagando por un enorme espacio deshabitado, como una disolución en la que no podía con exactitud hablar de placer; incluso esa cualidad puede desaparecer cuando se disipa toda vinculación, ya sea con uno mismo o proyectada hacia afuera; y en eso parecía consistir su transcurso por ese suave médano desierto donde podía propagarse en calma arrullado por los vientos de la música.
 Estaba escuchando la música de un modo inverso al habitual. Descubrió que en eso consistía esa extraña paz que le inducía. Se introducía en los silencios que había entre cada nota, en el lento desvanecerse de los acordes del piano, hasta hacerse inaudibles y ser atacado por una nueva armonía; en esos espacios en los que no había más que silencio; era como si el silencio estuviese siendo adornado por música y no, como suele ser habitual, el caso contrario, la música adornando al silencio o haciéndolo desaparecer. Y en ese silencio estaba encontrando una paz que era capaz incluso de trascender el placer. Las vibraciones de las graves notas del contrabajo, lentas y espaciadas, reverberaban en su interior, propagándose desde la profundidad de su barriga de forma expansiva hasta callar, ya muy debilitadas, en el vello de su cuerpo y los poros de su piel; y entonces el silencio dejaba su cuerpo relajado, a la espera de que un nuevo geiser brotase con la siguiente nota para que continuase meciéndole entre cada sonido y el siguiente, penetrando en los cada vez más profundos -así lo percibía él- y largos espacios entre ellas.
Eso era justo lo que necesitaba una noche como aquella, en la que lo mejor que podía hacer era acallar su voz interior hasta que se hubiesen enfriado sus emociones y sentir que hay vida más allá de cualquier desengaño y regalos que recibir más allá de cualquier frustración. Se estaba desprendiendo de todo eso, hasta parecerle -el hecho de haber sido abandonado- una nimiedad de la que podía reírse, balanceándose en ese dulce silencio adornado de manera exquisita, como si hubiese comprendido que en esa debilidad, en esos regalos que se presentan desde la mayor humildad y sin constituir ningún tipo de algarabía para obsequiarte, residía la mayor de las fortalezas.
 Cuando el contrabajista comenzó su improvisación sintió un profundo lamento en su interior. Desgranaba frases con largas notas que ligaba arrastrando los dedos sobre las cuerdas con precisión, jugando con el tiempo hasta dilatarlo y contraerlo a su antojo, y, de nuevo, el silencio entre frase y frase, haciendo que se introdujera en él y percibiese un profundo dolor que no le correspondía. Era como si, habiéndose borrado toda su sensibilidad hasta quedar sumido en una paz inefable, comenzase a impregnarse ésta de una profunda pena la cual, lejos de aliviarse, comenzaba a representarle imágenes preñadas de clarividencia o como si se tratase de sus propios recuerdos, desvaneciéndose las delicadas dunas por las que antes se había disuelto y encontrándose paseando entre la niebla con el dolor en el corazón desgarrándole todas sus fibras como jamás había sentido, llenándose el silencio, ese silencio, antes exquisito, que era adornado por la música, de sollozos y suspiros, como si los trajese un ligero viento que se había levantado repentinamente azotándole. Sintió frío, un suspiro glacial que brotaba desde dentro de él hacia afuera con cada frase que emitía, cada vez más cargada de un inmenso desconsuelo,  el instrumento, como si fuese un apéndice más de aquel que lo acariciaba con profundo respeto, apareciendo de entre la niebla -y no había nada más que niebla- un séquito que se acercaba hasta rodearle entregándole una pequeña urna de cristal donde estaban depositadas unas cenizas. Y entonces a sus pies comenzaron a prodigarse más de estos recipientes, hasta perderse en la lejanía y en la niebla que colmaba y rellenaba todo el silencio.
 Abrió los ojos y miró al contrabajista, necesitaba saber que ese dolor no era de su propiedad y un conato de alegría impregnó su humor dolorido al constatar que todo su desengaño amoroso no era más que una pequeña carcajada que le había prodigado la vida ante sus narices. El músico seguía improvisando con absoluta calma, haciendo a su contrabajo decir lo que él no podía decir con ninguna palabra. Su rostro, con los ojos cerrados, apuntaba a las alturas y se contraía ligeramente entre nota y nota, como si estuviese en un lugar que no deseaba pero del que no quería salir, tomándose su tiempo entre cada línea melódica que iba desarrollando como si algún extraño ser omnipotente manejase sus manos y sus brazos. El sudor mantenía húmedo su cuello y perlaba su rostro, pero resbalando por sus mejillas se adivinaba camuflada alguna lágrima. Sólo entonces pudo comprender la visión que, podría ser, ambos hubiesen compartido, supo todo acerca de dónde podía venir esa niebla; supo que todas esas notas, toda esa música que veneraba con profundo respeto al silencio, estaba dirigida a llamar a las puertas del cielo.


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viernes, 5 de agosto de 2016

ANHELOS Y DETRITUS

Nuestras miradas se encontraron encajándose durante unos instantes con aguda penetración. Quedé turbado. No podía asegurar que se tratase de Giovani. 
 El hombre que tenía ante mí portaba una indumentaria muy distinta al Giovani que yo conocí, siempre vestido de manera cuidada que resaltaba, sin caer en la vanidosa ostentación, su musculado y atlético cuerpo de origen africano; el africano que ahora mostraba ante nuestra mesa en el restaurán su catálogo de bisuterías, cinturones y otros variados elementos como un bazar ambulante, iba cubierto por una colorida chilaba desde los hombros hasta los pies que ocultaba un cuerpo algo encorvado que no traslucía demasiado tono muscular -como un cuerpo en barbecho- y tocado con un taqiya, por bajo del cual brotaba una madeja rebosante de cabellos ensortijados que le conferían un aspecto como de clown, enmarcando su rostro en una deliberada falta de atención hacia él por parte de su dueño. Giovani siempre había llevado el pelo muy corto cuando le conocí, tan corto que apenas tenía las dimensiones necesarias para enroscarse y esto, junto con el aspecto demacrado que ofrecía el vendedor, me confundía. 
 Sentí el impulso de lanzarle la pregunta que despejase mis dudas, pero pensé que era mejor dejar en sus manos la solución; él no tendría ningún problema en reconocerme y saludarme, pero, por otra parte, tal vez tuviese algún reparo en presentarse como mi antiguo compañero, que, en los tiempos -¿cuántos (muchísimos) años hacía? pensaba- en los que coincidimos durante meses trabajando juntos cada noche en el club, destacaba como un triunfador en todo orden; quizá no fuese su traba por presentarse e identificarse ante mí, sino ante la gente que me acompañaba, todos ellos y ellas muy emperifollados en el aspecto y en el habla (¿cómo explicarle a Giovani -si es que se trataba de Giovani- que esa compañía me resultaba forzada y artificial?). Podía ser que considerase un estorbo hacia mí hacerse presente, un rubor;  o quizá fuese una suma de vergüenzas; o un arrebato de dignidad u orgullo; o pensar (si es que había tenido la perspicacia necesaria para calar en que tesitura me encontraba) que podía perjudicarme si me saludaba; el caso es que no abría la boca tampoco.
 A la mesa estábamos sentados cinco comensales; dos parejas y yo mismo. Me habían invitado a cenar los dos hombres, socios en una empresa de representación artística. Querían que prestase mis servicios como baterista en un espectáculo que estaban fraguando para la temporada estival y quisieron agasajarme; que nuestra relación, aparte de laboral, se basase en una amistosa camaradería en la que defendiésemos nuestros intereses comunes, esto es, el buen desarrollo y funcionamiento del espectáculo en el que  yo iba a participar si nos entendíamos en las cuestiones económicas, materia en la que entraríamos con mayor concreción, como suele suceder en estos casos, con los postres y los licores. A mí ese tipo de prolegómenos, por parte de este tipo de empresarios, siempre me había tirado para atrás. Solía anunciar una temporada de trabajo dura en la que la mitad de las condiciones pactadas para garantizar un mínimo de bienestar y, diría, salubridad a los integrantes de la troupe no iban a cumplirse; por supuesto que por causas que siempre serían de orden mayor e inevitables, y estos incumplimientos (que si ya se sabe que van a confluir circunstancias de fuerza mayor que los posibiliten, habría que buscar la forma de que no se den y no darlas por descontado) llegado el momento, habría que compensarlos "con esta amistad que nos une" y de la que esta cena de camaradería hasta la consanguinidad, pretendía ser el inicio. 
 Los dos empresarios habían acudido a la cena de negocios acompañados de sus esposas, para que juntos formásemos una gran familia, según decían, aterrorizando más mi entendimiento, haciéndolo descender hasta las catacumbas de mi conciencia donde imperaba el irreductible enemigo de mí mismo; donde brotaba el manantial causante de toda turbación,  que podía dar al traste con este trabajo si no encontraba una buena salida diplomática con la que acallar tanta necedad, para poder dejar claros y blanco sobre negro, aquellos puntos que debían defender mis intereses.  
 Cuando apareció el presunto Giovani estaba intentando montar el discurso con el que transmitir a mis probables futuros jefes esa madeja de puntualizaciones antes expuestas y que para mí resultaban de imprescindible aclaración, mientras oía sin escuchar demasiado, todas las loas lanzadas, tanto en aspectos personales como profesionales, por los empresarios, acerca de los que iban a ser mis compañeros de trabajo (a algunos los conocía, por lo que pude constatar que el juego hipócrita estaba servido); las mujeres hablaban entre ellas de las novedosas tendencias que se apreciaban en el mundo de la belleza y la moda, entretejiendo su conversación con chismes acerca de amigas comunes, chismes en los que en muchas ocasiones, por la manera de ser contados, se apreciaba un alto grado de malicia, por lo que pensaba que si me querían meter en semejante familia iban a sufrir bastante, auto afirmándome en que debía dejar bien claro que se dejasen de esas memeces de integraciones tribales y que nos ciñésemos  a un escrupuloso contrato laboral, sobre el que debía exigir garantías ante un eventual incumplimiento.
El vendedor ambulante se situó a medio metro de nosotros mostrándonos un estuche de madera, cuyo interior estaba tapizado de terciopelo azul que mostraba, abierto de par en par, sujetándolo sobre sus antebrazos, extendidos a modo de atril, como realizándonos, sin decir nada, una ofrenda. Del hombro izquierdo le colgaban un manojo de cinturones de distintos modelos unidos entre sí por gomas; del derecho pendía una bandolera que sujetaba sobre su cadera una voluminosa bolsa de viaje que se insinuaba pesada y rebosante de las más dispares mercancías. Alrededor de su cuello un montón de collares y gargantillas pendían, con distintas longitudes, pecho abajo; probablemente artículos con los que rellenaba su expositor de terciopelo azul cuando se producían las deseadas ventas.
Fue en el momento de acercarse y situarse frente a nosotros, cuando nuestras miradas se cruzaron y yo quedé sumido en la incertidumbre por saber si se trataba de Giovani o no. De ser él, había envejecido aceleradamente, pensaba, aunque hacía bastantes años que no le había visto... Quizá si le escuchaba hablar saldría de dudas con toda claridad. Creo que la voz y el acento cubano del que fuera mi amigo y compañero en aquellas “contingencias”, por decir algo, musicales, que compartimos años atrás, no dejarían lugar a dudas. Pensaba esto mientras en mis orejas se sucedía un run-run que hablaba sobre las excelencias del pianista, recién llegado de un máster en Berklee, con el que iba a tener el impagable placer de trabajar (pobrecillo, pensaba yo -con la parte de mi cerebro que se mostraba capaz de seguir las palabras del empresario, una pequeña porción de razón que se quedaba al margen de mis apreciaciones y deducciones sobre la identidad del vendedor de origen africano-, llegar de Berklee para esto...) Pero cuando pude oír su voz, mis dudas no hicieron más que incrementarse.
-Mira Marga, ¿no te gusta esa gargantilla? Esa de la piedra color violeta... -La mujer se había dirigido a su amiga con tono pretendidamente alto, como queriendo que los cinco reunidos, que disfrutábamos de una bebida fría y un aperitivo antes de solicitar que se nos sirviese la cena, desviásemos nuestra atención hacia el vendedor. Me temía que estas cuatro personas cuya compañía comenzaba a resultarme poderosamente vergonzosa, iniciasen un divertimento a costa del africano.
-A ver... a ver... Acércate, -le dijo la tal Marga al vendedor, moviendo las palmas de su mano hacia sí, con un cascabeleo de pulseras y abalorios tropezando entre ellos, al tiempo que su marido hacía hueco en la mesa para que el vendedor pudiese depositar en ella su estuche de terciopelo que, de grandes dimensiones, sólo pudo apoyar, sujetando la parte que sobresalía del tablero con una mano, mientras con la otra cogía el objeto por el que la mujer, de voluminoso cabello moldeado, como la melena de un león engominado, se había interesado. Se lo ofreció mientras decía:
-Barato... solo shinco euros. Mussha calidad, sshapa en plata... pietra no vitrio... amatista pietra...
Al escucharle no podía dar crédito. Me parecía la voz de Giovani, pero como si se tratase de alguien que no sabe hablar el idioma castellano y tuviese dificultades de pronunciación. Pensé que podía tratarse de una estrategia de venta; era muy probable que si se fingía extranjero le resultase más fácil vender que si, aún también siendo extranjero, hablase perfectamente el castellano, a la par que eludía tener que sostener charlas con quien se interesase por sus productos y poder hacer oídos sordos a cualquier regateo. Eso justificaba también la indumentaria que portaba; podía tratarse de su uniforme de trabajo. Por un momento estuve convencido de que se trataba de Giovani.
Sobre la mesa se hallaban dispuestos, formando montones aquí y allá, entre los vasos de bebidas y los platos de aperitivos, los diversos objetos que antes habían estado, en ordenada disposición en el estuche del vendedor ambulante. Éste había dejado, cerrándola con antelación, la caja plana de madera, casi vacía, en el suelo y se mostraba solícito a ofrecer información sobre los productos que los cuatro potenciales clientes manoseaban, comentando entre ellos, con sorna, las cualidades de los mismos. Los hombres se habían interesado por los relojes, eligiendo aquellos que eran imitaciones de marcas ostentosas, las mujeres por la bisutería, desdeñando todas las piezas de artesanía étnica e interesándose por las que semejaban ser joyas de lujo fingido.
 Un camarero se acercó, retiró algunos vasos vacíos y quedó a la espera de algún pedido diciendo: "¿Falta algo por aquí?" Uno de los hombres solicitó una nueva ronda de bebidas mientras cogía la gargantilla de piedra violeta que había iniciado el desparrame de mercancías sobre la mesa y, sujetándola con los dedos, como si sintiera cierto desprecio por la pieza -que yo interpretaba como una extensión de su rechazo racial- la mostró a todos los que rodeábamos la mesa, moviéndola con un ligero vaivén por el aire, y, mientras guiñaba un ojo, dijo con tono indignado: "Encima el tío dice que es una piedra preciosa" y mirando a su mujer, la de aspecto de león engominado, preguntole:  "¿Cómo ha dicho que se llamaba este pedrusco, cariño?" "Amatista", le respondió ella, riendo después y elevando las cejas mientras miraba al cielo pidiendo algún tipo de extraño consentimiento celestial. "Amatista, los cojones", dijo el hombre exhibiendo la totalidad de sus conocimientos sobre piedras semipreciosas, añadiendo a continuación, como para rematar su sapiencia: "Si... eso es amatista, y la gargantilla oro chapado como el que tengo aquí colgado", y se llevó las manos a los huevos mientras se levantaba de la silla, para enfatizar gestualmente a qué se refería con ese "aquí colgado". Y estalló en carcajadas que pronto se prodigaron entre los demás asistentes. El león engominado mostraba sus colmillos al reír con desenfreno abriendo su enorme bocaza y, asumiendo su papel de rey de esta jungla, cogió un relojón de pulsera de la montaña sobre la mesa, lo exhibió al público y dijo entre risas y rugidos estentóreos: "Y esto es un Omega..." Se levantó el otro hombre y haciendo el mismo gesto de llevar manos a genitales, exclamó, generalizando un cutre paroxismo: "Del tamaño de mi verga". La otra mujer, delgada y frágil, que parecía más educada y modosita, quizá sintiéndose asaltada por un insufrible complejo de inferioridad, tuvo a bien añadir su dosis de humor y no ser menos que los demás; remató la faena diciendo: "Y también cuesta cinco", y todos a coro concluyeron: "Por el culo te la hinco". Casi se caían de las sillas de tanta gracia que les hacía su cultivado ingenio. Me miraban los cuatro, mientras tanto disfrutaban, como diciéndome: "¡Ves que bien lo vas a pasar con esta familia!".
 Deseaba escupir sobre sus generosas miradas y seguía cavilando sobre la identidad del africano, viendo con claridad que se trataba de Giovani, lo cual transformó mi estupor pasivo, basado en una simple observación circunspecta propia de un entomólogo (me debatía en pensamientos acerca de qué supraconciencia de orden atávico podía convertir a un ser humano en algo tan rematadamente gilipollas) por una irritada respuesta activa que expresase mi repulsa y condena ante tanta infamia.
 Nuestras miradas de nuevo se encajaron con aguda penetración. Me levanté de mi asiento y fui hacia Giovani abrazándole al llegar. Me dijo: "Luis no quise saludarte al verte con esta pingada de gente" Su acento cubano lo convirtió en Giovani cien por cien. Nos fundimos de nuevo en un abrazo mientras el silencio y la ignominia aplastaban a las cuatro personas con las que acababa de dejar de compartir mesa y mantel. "¿Qué haces por acá por Madrid?" me preguntó después. Y le conté, mientras recogíamos sus cosas y las devolvíamos ordenadamente a su bonito estuche forrado de terciopelo azul, que había llegado ese día para formalizar un contrato de trabajo con esta gente, pero que ya había decidido rechazarlo. Le pregunté si podía alojarme en su casa durante esa noche, pues tampoco quería dormir en el alojamiento que los empresarios me ofrecían en una de sus casas. Quédate unos días, me dijo, mañana tengo una pincha (trabajo en cubano) con un cuarteto de latin-jazz en un bar. Al baterista no le importará si tocas unos temas y me encantaría tocar contigo otra vez...
 Nos alejamos, le ayudé portando su pesada bolsa de viaje rebosante de artículos "por el culo te la hinco". Teníamos mucho que hablar después de tantos años; mucho que hablar y que reír juntos recordando tantas cosas que habíamos compartido años atrás en Ibiza; tristezas, alegrías éxitos, fracasos... tantas cosas que se podían resumir en dos: habíamos compartido la vida y la amistad y lo habíamos hecho respetando ambas cosas con devoción y dando rienda suelta a nuestros anhelos, desde hacer buena música, hasta disfrutar de las bonitas playas y calas de esa preciosa isla, pasando por todo el amor que se puede encontrar con tus congéneres cuando esas premisas rigen tus actos.
 Nos alejamos sintiéndonos dichosos por todo esto que nos ofrecía la vida y dejando tras nosotros las cenizas y detritus que cubren este asqueroso mundo.
  
Este es un relato todavía inédito.
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miércoles, 3 de agosto de 2016

Ne me quitte pas

Están sentados con las caras muy juntas, unidas en contacto frontal y sumidas en una seriedad que les confiere aspecto de perfiles egipcios. Los brazos y las manos entrelazadas entre sus pechos, como enredaderas que creciendo con rapidez van a envolverlos como aislándolos del mundo, y su acercamiento tierno y pertinaz, susurrándose palabras cortas que sólo ellos entienden, está a punto de transportarles al interior de un bosque salvaje, una jungla desmesurada donde se van a encontrar apartados, recogidos, como plegados el uno en el otro en el interior de una crisálida. Están sentados uno frente al otro, separados por un pequeño velador donde languidecen dos vasos con bebidas olvidadas y los susurros comienzan a alternarse con ligeros besos, sólo un rozar de labios y un cerrar de ojos. Las enredaderas de sus brazos comienzan a extenderse queriendo traspasar con sus tallos las prendas que les separan de la carne donde poder incrustarse, subiendo como nuevos brotes que reverdecen en sus nucas y les hacen exhalar un tímido suspiro. 
 Ha apoyado su trasero en un coche aparcado frente al ventanal de la cafetería y contempla la escena con descaro. Le resulta atractiva a la par que se insinua un pequeño desgarro en su corazón que crece lentamente hasta reventarlo. Sabe que los enamorados, encerrados en su crisálida y protegidos por la enredadera de sus brazos, no advierten su presencia, por eso no se siente incómodo ejerciendo de voyeur como si fuera un pervertido o un neurótico. Siente un extraño placer sentimental que le deja pegado a la escena al ver como se deshace el exoesqueleto emocional que construyó tiempo ha, dentro del cual podía sentirse fuerte y seguir viviendo; una coraza que se descompone quedando a sus pies como un montón de polvo y deja al descubierto las yemas amargas que constituyen su ser en la profunda intimidad donde ha renunciado a entrar; donde sólo alguna vez, con verdadero enojo, se ha sentido desnudo y ha llorado. El camarero, tras la barra, mira molesto a la pareja mientras seca un vaso con un paño. Les observa absorto; el movimiento con el trapo alrededor y dentro del vaso que ya ha sido suficientemente secado, es sólo un gesto automático con el que acompaña su indecisión: se debate entre ignorar a los amantes y concentrarse en alguna tarea con la que entretener el tiempo y desviar su mirada o en acercarse a ellos y exhortarles a que busquen un lugar más íntimo y recogido donde continuar con su juego antes que se abalancen el uno sobre el otro sobre el pequeño velador destrozándolo. Mira, de hito en hito, a los demás clientes que están en su negocio. Ninguno de ellos parece molesto por el comportamiento de los amantes y eso le hace declinar su decisión de intervenir en favor de la de ignorarlos. No deja de frotar el vaso con el trapo. Un cliente se acerca a la barra y le hace un encargo. De este modo el camarero abandona la escena y se concentra en el trabajo para el que ha sido requerido. Jacobo despega el culo del coche donde estaba apoyado y sigue su camino, madiciendo para sí mismo y dando una patada a una lata de refresco vacía que se interpuso en su camino.  
 Caminaba pausado y melancólico. Reflexionaba. De algún modo la forma de materializar el amor de esta pareja le hizo verse a sí mismo tiempo atrás; unos tiempos que nunca le abandonarían durante el resto de sus días y que le hicieron sentir un ser rastrero, cobarde e indigno para siempre: esa manera que poseé la indignidad de plasmarse para derrumbarte de por vida. Se amaban con la fuerza y la abrasión de quien ama sorteando obstáculos; ya fuese por encontrarse separados habitualmente por la distancia o por otro tipo de arbitrariedad que les impeliese a exprimir al máximo cada minuto. Tal vez fuese, como lo fue en su caso, una relación oculta de secretos amantes adulteros.
 Jacobo había vivido la escena que acababa de visualizar en  la cafetería. Un reflejo se había representado en todo su cuerpo. La impresión que recibió con sus brazos abrazados a aquella mujer durante el lustro en que fueron amantes, se extendió por todo su organismo y había quedado impresa en él dejando un profundo rastro que despertaba en ocasiones, como le había ocurrido, de la manera más intensa que podía recordar, mientras estaba contemplando el ventanal del establecimiento. La cara de Susana con su pequeña nariz respingona y su melena al estilo frances años veinte se presentó frente a él; su mirada inteligente, achispada y divertida hizo que rebrotase toda la lujuria que compartieron en la secreta "habitación del amor" que tuvieron alquilada, un resurgir que se manifestó con desmedida potencia y realismo convirtiendo en estéril toda terapia acometida durante años para paliar la añoranza que no desapareció nunca, por mucho que cambiara la posición de la mirada para encontrar en el todo el vacío y en la nada la más deliciosa plenitud, escarbando con atrevimiento en el valor de lo efímero, tal vez una renuncia, que pudiese mudar la vida (su vida) en arte; incapaz de arrostrar la situación que Susana le iba a plantear mientras se entregaban al juego amoroso sentados ante el velador del café y que transformaría en pelea y discusión su encuentro...
                                      II
"Tengo algo muy importante que decirte, algo que, en una dirección u otra, cambiará el curso de nuestras vidas: un verdadero punto de inflexión". Tras decir estas palabras, la chica ha soltado el cuerpo del hombre y la burbuja en cuyo interior se hallaban estalló sin ruido, como una pompa de jabón, haciendo que ambos se encontrasen frente a frente con un nuevo rictus que tensaba las miradas, en las que el goce amoroso se había echado a un lado y, con él, toda la atmósfera de ternura en la que se respiraban a modo de prólogo cada vez que realizaban uno de sus encuentros, dejando un ambiente tenso surcado por corrientes de cautela por parte de la mujer; una cautela temerosa que bien podía derivar, según se desarrollasen los acontecimientos posteriormente, en la dicha como en la más repugnante de las aprensiones: cuando es el dolor en el corazón el que dispone a un rechazo repulsivo. El hombre se muestra aturdido y no puede ocultar una mueca (su ceño frunciéndose y su boca prieta intentando masticar pero deseando escupir un hecho que no quiere afrontar) al imaginar las palabras que su amante va a pronunciar momentos después.
El camarero ha vuelto a su lugar en la barra tras haber preparado y servido algunos bocadillos y bebidas. Ha presenciado el estallido de la burbuja cuando se disponía a reproducir en el equipo de música algún tipo de creación ruidosa con un volumen que, sin molestar al resto de la clientela, resultase patente a los dos amantes acaramelados y los situase de nuevo en el bar, sacándoles de su madriguera compuesta de susurros, besos y caricias, donde se habían aislado cada vez con menos ostentación decorosa. Pretendía obtener el resultado que finalmente se materializó sin que fuese necesaria ninguna intervención por su parte. Observa los rostros endureciéndose y la tensión en los miembros, sobre todo de la muchacha, que crece mientras conversan, esta vez con enojo. No puede entender lo que se están diciendo, pero le resulta obvio que han pasado del amor a la disputa y se sonríe pensando cuan fina es la frontera que separa un lado del otro y pensando en lo leve que puede ser la chispa que provoque la ignición en uno u otro sentido. No abandona la idea de poner música en el local; pero, visto por donde discurren los acontecimientos, decide que será mejor poner una música suave que sea capaz de disolver los ánimos iracundos. Si  bien es cierto que estaba irritándose con las practicas amatorias que la pareja estaba desarrollando en sus narices y que parecían crecer sin freno, más molesto podía resultarle que comenzasen una tensa y bronca pelea. Introdujo un cedé en el equipo de música.
 La mujer ha expuesto los hechos y ha afirmado que sólo existe un modo de dar continuidad a la relación que mantienen, decisión que se debe tomar con valentía y sin escrúpulos basados en un timorato pudor que sería demostrativo de una muy baja estofa. Él no encuentra las palabras. Intenta resguardarse volviendo a crear el ambiente íntimo donde se sabe dotado de una fortaleza persuasiva en la que poder adelantar su negativa. Coge una de sus manos y le acaricia la nuca con la otra ejerciendo una leve presión que acerca sus rostros de nuevo. Mientras se produce este lento acercamiento le dice en voz baja, suave y grave (recurso que siempre desarboló cualquier defensa de su amante) que no debe preocuparse; que aunque sea madre soltera nunca le faltará nada al niño; que deben continuar su relación como hasta ahora y que ya le explicarán cuando esté más crecido al muchacho cómo fueron las cosas. No puede renegar a su actual familia; eso le acarrearía notables desventajas que imposibilitarían que pudiesen ser felices en su nueva vida. Le dice que es mejor dejar las cosas como están mientras imprime un leve impulso final sobre la nuca de la mujer a la par que cierra los ojos, maniobra que debe concluir anudando sus labios en un nuevo beso. Un par de lágrimas surcando las mejillas marcan la transición de la tristeza a la ira. La mujer se ha levantado como un resorte soltándose de nuevo de los brazos del hombre y le ha lanzado una bofetada escupiendo en su cara. Se ha marchado rápido vomitando dignidad y deseando que ese vómito fuese capaz de aplastar a su ya ex-amante. Antes de abandonar el café dando un portazo le ha gritado: "Tendrás noticias mías"
                                       III
Jacobo ha decidido volver sobre sus pasos. ha avisado de que llegará tarde a la reunión y dado instrucciones de que comiencen si él. Una profunda intriga anuda su estómago y dirige sus pasos irremediablemente de vuelta a la cafetería. Se trata de una curiosidad no carente de deseo. Un deseo que nunca se apagó del todo, manteniendo un rescoldo que siempre estaba presente, oculto entre cenizas sobre el que evitaba lanzar ningún oxígeno que reavivase la brasa y que la visualización de la escena en la cafetería había revitalizado soplando sobre ella con fuerza, dotándola de la presencia que tuvo (un incendio en sus emociones) durante los meses posteriores a la separación. Se preguntaba por qué sentía la necesidad mórbida de revivir aquellos tiempos, aquella máxima agonía; por qué  sentía placer en esa nostalgia, en volver a sentir su interior tembloroso como cuando acercas tu mano a un conejo o a una ardilla; por qué se sentía, como entonces, en un territorio tan despoblado de preocupaciones, queriendo desviarse de nuevo de todas sus rutinas tediosas, sintiéndose tan alejado, de nuevo, de la fealdad del mundo como sólo lo estuvo en su compañía y volviendo a maldecir: ¿por qué todo se destruye a golpes de porqué? No encontraba explicación, pero sabía que era así. La bofetada y el escupitajo que recibió en la cara la penúltima vez que vio a Susana en su vida también habían quedado impresas en sus células, abarcando todo su organismo y manifestándose como un reflejo cada vez que se torturaba por su cobardía y por no haber conocido jamás al hijo o hija que Susana había engendrado con su semilla. Quizá fuese la afirmación física, por medio de esa sensación rediviva, de su propia, cobarde y mezquina ruindad la que le lanzase a observar de nuevo a los amantes, deseando, en algún escondido rincón de su esperanza, que  le transportase a los momentos dulces y tiernos que nunca más fueron.
 Recorre el camino de vuelta despacio y cabizbajo, como no queriendo ver nada más del mundo que las imágenes que se reproducen en su interior. Recuerda la última vez que se encontró con Susana. Habían transcurrido unos cuantos días desde que se produjese su disputa en el bar y alumbraba la esperanza de que la mujer hubiese recapacitado en su transcurso y que atendiese a su razonable lógica que demostraba las grandes desventajas que suponía para ambos y también para la criatura que iba a nacer, atender a sus requerimientos. Había preparado unas cuantas palabras dulces y las había dramatizado en su interior, un acompañamiento de muecas, gestos y suspiros, para ofrecerle una representación que consiguiese seducirla de nuevo y que continuasen con su juego para, al menos, tomar cualquier decisión con más tiempo y de forma más reposada. Palabras que no estaban exentas de mostrar su propia humillación y que acompañó con un ramo de flores. mediante esas palabras le suplicó que no le abandonase; que no era necesario destrozarse la vida a golpes de porqué; que el fuego puede volver a surgir como ocurre con los viejos volcanes; pero sobre todo insistía una y otra vez, entre verso y verso, en que no le abandonase; le decía que sólo le pedía que le dejase observar su risa en silencio, que no diría nada ni la molestaría, que podría ser la sombra de su mano o incluso la sombra de su perro y le rogaba una y otra vez que no le abandonase. Susana ni cedió ni había recapacitado del modo que Jacobo esperaba y deseaba. Tan sólo había profundizado en su herida y su humillación. Se despidió sin mirarle a la cara diciéndole dos cosas: que nunca más se volverían a ver y que emprendería acciones legales contra él reclamando su paternidad. La primera la cumplió; la segunda no. El ramo de flores lo tiró sobre la acera pisándolo con desdén mientras le daba la espalda y se alejaba para siempre.
                                        IV
Jacobo está de nuevo apoyado en el mismo coche aparcado frente al ventanal de la cafetería. La mesa que ocupaban los amantes está vacía. El camarero limpia la superficie del velador con una bayeta. Jacobo decide marcharse y poner sus esfuerzos en deshacerse del sarpullido de pasado que está padeciendo. Concentrarse de nuevo en su rutina, sus negocios, y asistir a la reunión donde se espera su gerencia. Pero algo le retiene. Dentro del bar suena una música que se escucha con nitidez desde la calle. Se trata de una canción de mediados del siglo XX que escribió un cantautor de origen belga. Jacobo cierra los ojos y permanece escuchando como absorto. Aunque no entiende el francés, la melodía -ese poder suprarracional de la música- le dice que él también escribió esos mismos versos algunos años atrás. Cuando la canción finaliza se encamina con enérgico paso a continuar con su vida respetable y acaudalada a la que bien sabe que siempre le faltará algo. Sabe que nunca se recuperará de esa derrota.

Este relato no se encuentra editado, por el momento, en ninguno de mis libros.

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sábado, 30 de julio de 2016

Desdoblamientos


Dos veces en mi vida experimenté una extraña sensación de desdoblamiento. En ambas ocasiones se trató de un accidente en bicicleta que, por las circunstancias en que se produjeron, debían haber resultado mortales. 
 En la primera ocasión era un chaval de once o doce años. Competía en una carrera con un amigo, un evento particular entre ambos, descendiendo a toda velocidad por una estrecha y sinuosa carretera de montaña. Mi amigo, algo más mayor que yo y bastante más ducho en el manejo de su vehículo, me adelantó a toda velocidad en una recta, dibujando una sonrisa al pasar junto a mí que me hizo soltar el freno, encorvar mi cuerpo sobre el manillar de la bicicleta y esbozar una mueca de intrépido corredor aerodinámico, para poder entrar en la siguiente curva sin posibilidad alguna de evitar estrellarme contra el malecón que, por suerte me salvó de caer al precipicio. 
El golpe contra el murete de cemento fue bestial y, tras rebotar en él, rodé carretera abajo un buen montón de metros, como un muñeco de trapo. Quedé inconsciente. Me despertó mi amigo, que al ver que no llegaba (él no había advertido mi accidente al ir un par de curvas por delante cuando éste se produjo) regresó, carretera arriba presumiendo mi caída. Cuando recobré el conocimiento, vi el rostro asustado de Virgilio, que así se llamaba mi competidor, desencajado; todavía me daba palmaditas en la cara, me rociaba con agua de su cantimplora mi magullado y sangrante rostro y repetía entre pucheros una y otra vez: "No te mueras, no te mueras, no te mueras". Cuando vio que reaccionaba y que su deseo de que no muriese se había cumplido rompió en un llanto liberador y me aconsejó que no me moviese; podía tener alguna fractura; esperaríamos a parar un coche (aunque esa carretera conducía a una pequeña aldea y no era muy transitada) que me llevase al centro médico más cercano. Ni que decir tiene que en esa época lo más parecido a la telefonía móvil eran las señales de humo de los indios precolombinos. 
Pero no le hice ningún caso; tras unos minutos (incuantificables para mí) en los que mi conciencia retornaba de muy mala gana a un cuerpo que sólo le ofrecía un extenso abanico de dolores donde destacaban, en dura competencia entre sí, los escozores de la abrasión (verano, manga corta, pantalón corto) con las contusiones traumáticas y algún irritante corte, decidí levantarme. Y fue en ese momento cuando sentí durante un instante que yo me levantaba pero que mi cuerpo seguía tendido, maltrecho, en el asfalto. Mi amigo, en cuanto estuve en pie me agarró, temiendo que me derrumbase de nuevo, que mi cuerpo no me mantuviese en pie, gritándome: "Estás loco" y cosas así, pero tratándome, a la vez, con delicadeza. Yo miraba un punto fijo en la carretera, como ausente. En ese punto veía mi cuerpo tendido y herido y comencé a palparme, constatando que era de carne y hueso, que no se trataba de la típica imagen que sale en las películas de fantasmas (como la pastelosa Gohst) en el momento que se muere el personaje y su alma abandona su cuerpo. No. Yo era un cuerpo completo y el abrazo de mi amigo constataba ese hecho, porque en esas películas al fantasma no lo abraza nadie por que ni siquiera le ven. Sin embargo mi cuerpo seguía ahí inerte. 
La visión duró un tiempo que debió ser corto pero que para mí fue larguísimo (y es que esto del tiempo es algo que posee una relatividad muy especial... que no voy ahora a convertir en digresión alguna) y esa imagen nunca abandonó ni abandonará los anaqueles de mi memoria. Achaqué el fenómeno a algún tipo de alucinación fruto del tremendo porrazo que mi cráneo, por fortuna duro como un alcornoque, había sufrido, pero, ya en aquella tierna edad, me hizo fantasear y filosofar sobre la percepción, lo que denominamos realidad (que, en ocasiones, puede que no sea más que un engaño de la percepción) y en cuantos porrazos ( u otro tipo de sufrimientos) se daban los místicos en la cabeza, hasta conseguir que su percepción les mostrase de forma inequívoca la aparición de cualquier santo al que profesasen devota entrega. Esto pensaba por un lado, por el más racional con toda seguridad, pero por otro lado la parte de mi cerebro más propensa a deleitarse con cosas mágicas y sobrenaturales no desestimaba la idea de que pudiesen existir mundos paralelos (jeje, no para lelos, que es otra cosa) y que en un mundo yo hubiese muerto en la carretera y se desarrollase a partir de ahí una continuidad de ese mundo en el que yo ya no estaría (imaginaba mis parientes y amigos llorando en mi entierro y cosas así de lo más emotivas), mientras que en otro yo salía ileso (y como que en el anterior me había muerto, ese era el que yo iba a seguir viviendo con conciencia) y continuaba disfrutando de ese inmenso don que es la vida; el haber tenido la fortuna de conocer qué es esto de la vida y encima haberlo hecho en forma de ser humano, por que conocer la vida, tener ese privilegio, pero hacerlo siendo una bacteria o un berberecho, la verdad, no es lo mismo; digo más: ni para un vegano es lo mismo. 
Esta vía de reflexión me conducía a la ineludible deducción de que de ser esto así (que cuando uno muere de accidente se produce un desdoblamiento cósmico y sigue un mundo con él y otro sin) las permutaciones de diferentes mundos serían cuasi infinitas y las calidades de vida en ellos inimaginables, por que, pensemos... un mundo en el que el dictador Franco hubiese muerto de aquel balazo en África en el que él salvó la vida de milagro y por el que se sintió (tras aparecérsele la virgen en esas circunstancias de balazo en la barriga) un enviado divino que debía hacer la cruzada para salvar a España de los demonios marxistas (pues así se lo comunicó está simpática señora y esto es absolutamente cierto, de ahí que él se proclamase "caudillo de España por la gracia de Dios"); es decir un mundo sin esos años de oscuridad; ¿cómo será España en ese otro mundo? Esto era un ejemplo sencillo para que los lectores, sobre todo los españoles, entiendan de qué cosa estoy hablando. Pero si, anulamos la existencia de personas (y no es necesario que sean relevantes o conocidas; habrá actos cometidos por personas que ahora nos son anónimas, que igualmente, de haber desaparecido esas personas y sus actos y consecuencias, nos habrían ofrecido muy dispares mundos) remontándonos a la noche de los tiempos, es muy posible que encontrásemos desde la tierra convertida en un auténtico paraíso, a la tierra ya arrasada por cualquier humana hecatombe o al mundo que conocemos, que para todos nosotros que leemos esto ahora es el mundo real, y que es el mundo al que, por sobrevivir nuestras potenciales muertes, nos ha tocado pertenecer en un proceso similar a una decantación. Resulta curioso pensar según este explícito planteamiento, que el hecho de que nuestro querido planeta sea un paraíso y se muestre como un estercolero devastado, sometido constantemente en una u otra región al fuego de los infiernos, no depende de ninguna deidad o poder macrocósmico, sino del grado de sensatez (bastante bajo) y de sabiduría para saber disfrutar del regalo del mundo y no tener que convertirlo en inexorable sufrimiento (grado también bastante bajo) que atesoren los habitantes que lo pisotean y violan en cada tiempo y lugar, siendo el grado de creencias supersticiosas que se mantengan inversamente proporcional a la sabiduría y capacidad necesaria para afrontar la modesta empresa de construir un mundo mejor; ya vimos a que condujo la superstición de aquel general bajito, católico apostólico y romano, para ilustrar esta sentencia. También podemos decir que la época donde el conocimiento se estanco por completo, nublado por una oscuridad que se prolongó durante siglos, la edad media, fue una era en la que las supersticiones y las creencias religiosas dominaban todas las áreas de la actividad humana y se quemaba en la hoguera a quien cuestionase sus insensatos y estúpidos planteamientos.
 Todos estos pensamientos -que para mí, tras mi experiencia de desdoblamiento, trascendían la mera calidad de pensamiento, para convertirse en algo mucho más tangible, en esa, entonces, mi tierna edad, me conducían inevitablemente a reflexionar sobre qué es eso de los milagros y he encontrado unas notas escritas en aquellos tiempos y que son las que me han movido a escribir este relato que decían esto al respecto (les he dado una adecuada redacción, más propia de adulto que de infante y añadido algunos datos que facilitan la comprensión de esta tesis; pero la esencia del texto inicial perdura): 
Si cuando se produce una situación en la que el azar nos viene de cara (por ejemplo una cura milagrosa de cáncer que no es más que una regresión espontánea, cosa que ocurre en según que cánceres en una proporción de uno entre cienmil, acerca de la cual la ciencia comienza a dar luz) lo denominamos milagro y atribuimos al suceso calidad sobrenatural, deberíamos otorgar la misma calidad pero de signo contrario cuando el azar nos viene mal dado. Es decir, si cuando por alguna casualidad salvas la vida de manera inverosímil y crees en la magia y los milagros o las deidades por ello, cuando, por ejemplo, en un día de viento nos cae una maceta en la cabeza y nos mata -mala suerte- tendríamos que considerarlo un antimilagro; es decir, que el mismo dios que en un caso ha promovido el milagro de la curación, en el otro ha sido un poco cabroncete.
 Sin esta consideración dual, el razonamiento o sentimiento de que se ha producido un milagro, me parece totalmente sesgado y, por tanto, erróneo y tóxico para el pensamiento colectivo, que, en muchas ocasiones tiende a dar como válida la existencia de estos milagros.
Si aceptamos la consideración dual, en ese caso, se producen más antimilagros que milagros. Muchos más. Y es lógico que así sea, hay muchas más probabilidades de contraer un cáncer que de que éste se cure luego por una remisión expontánea; hay muchas más probabilidades de sufrir un accidente de coche sin tener culpa que de que te salves mlagrosmente de él; o que toque el premio gordo en la lotería... Si se producen más hechos donde interviene la mala suerte (antimilagros) que aquellos en los que el azar juega a nuestro favor (milagros) y entramos en la retórica del milagreo... entonces el dios, o lo que sea, que produce estos milagros y sus antítesis es un poco malapersona o maldios...
 Cómo dije, en dos ocasiones en mi vida, se produjo esta visión o desdoblamiento. En las dos fue por un tremendo accidente de bicicleta. Os he narrado la primera, pero como que ya he divagado bastante sobre este tema y no se me ocurre nueva aportación sin reiterar y me tengo que ir a hacer la comida, me ahorro contar cómo fue el segundo, aunque tuvo una parte subrealista en cuanto a cómo se produjo el accidente y a cómo reaccionó el público que lo presenció que podrían convertirlo en amena y entretenida anécdota. Lo dejo para otro momento. Tal vez aparezca en algún otro relato mío ese doliente suceso. Eso sí... fue también tremenda ostia!

PODÉIS VER MIS LIBROS DE RELATOS PUBLICADOS HASTA LA FECHA AQUÍ

lunes, 25 de julio de 2016

LA RED (Un artículo sobre la relación entre el ser humano y la máquina)

Al reflexionar sobre la relación entre el ser humano y las nuevas tecnologías y, dando por sentado que existe un proceso de transferencia en esta interacción, creo que sería interesante exponer algunas consideraciones que no se deberían perder de vista ante esta revolución tecnológica de cuyas bondades -y, en efecto, lo son indiscutiblemente en gran cantidad y calidad- tanto se habla. Lo expuesto a continuación en ningún caso debe ser tomado como una exposición de verdades absolutas por mi parte. Si este texto suscita algún tipo de debate interno en algún lector, queda justificado su cometido.
Escribo este texto tras recordar unas palabras de un prestigioso astrofísico ruso, quien tras ser preguntado si consideraba que la máquina era más inteligente que el humano, o podía llegar a serlo, respondió algo así como que "la máquina será más inteligente que el hombre en cuanto que sea el hombre el que se convierta en más estúpido que la máquina, y no al revés; proceso en el que avanzamos a buen paso".
 Muchos años antes, Albert Einstein, ya avisaba de la capacidad que podía tener la tecnología de idiotizar a los seres humanos. Venía a decir lo mismo con otras palabras en tono de oráculo: "Temo el día en que la tecnología sobrepase a nuestra humanidad; el mundo sólo tendrá una generación de idiotas"
 A veces, viendo conversaciones de gente en las redes sociales, gente que no se conoce personalmente, me da por pensar en la confirmación de estas sentencias: tras la foto y las palabras que aparecen impresas en la pantalla, hay personas de carne y hueso, y, en ocasiones, cuesta delimitar bien esa realidad, por que, en cuanto al proceso físico de comunicación, con quién (y por medio de) te estás comunicando es, de facto, una máquina. Creo que esto conduce a una dualidad "ser real/ser virtual" que puede generar conflictos internos y malentendidos externos en el proceso de comunicación que, menguado de todo el lenguaje gestual, se muestra deficitario, pudiendo incrementar este tipo de conflictos todavía más por esta causa. y el hecho de que cada vez más gente invierta más horas en su relación con amigos virtuales (en el fondo humanos/máquina que pueden responder incluso a abatares y falsas identidades que se han creado para funcionar en la red con las más diversas pretensiones -y en gran medida, no demasiado edificantes-, es decir, un ser virtual dentro de otro ser llegando incluso a tener varias de estas creaciones, como una muñeca rusa, que oculta al ser real; o como programas introducidos en un robot) que con amigos reales con una sola identidad sincera y humana, es otro paso en esta dirección que nos convierta en seres estúpidos como las máquinas.
La red tiene un doble significado. Por un lado hace referencia a un entramado donde se entretejen dispositivos digitales interconectándose e interconectando a todas las personas que están manejándolos. Por otra parte es una red que captura a todos estos usuarios capacitándolos con plenitud para la inactividad e inacción. Es un mecanismo de control de calidad inversa a los tradicionales: si hasta ahora el control de masas se basaba únicamente en el control de su pensamiento mediante poderosas herramientas de comunicación colectiva -que igualmente siguen operando valiéndose de los instrumentos convencionales-, con este nuevo sistema se controla también la acción y movimiento de las personas, ofreciendo como señuelo poder disfrutar de una libertad de pensamiento no controlable. Por la red puede compartirse de todo prácticamente sin cortapisas: ideas, cultura, pensamiento, reivindicaciones... y hasta se pueden organizar movimientos de peticiones de firmas para presionar a los poderes de cara a tener éxito en cuanto a alguna reivindicación de lo más justa, humana y sensata. Ésta es la única acción que desde la red se puede ejercitar... y sirve para bien poco; alguna migaja de humanidad se puede conseguir mediante esto, pero poco más. Todas las ideas y la cultura que se comparten son, por lo demás, ideas y cultura muertas. Todo movimiento cultural que haya representado un cambio evolutivo para mejorar la sociedad ha surgido de la acción de un número creciente de personas moviéndose en una dirección común y determinada por una dirección de pensamiento colectiva y uniforme. Pero nunca ha sido por sí misma esta dirección del pensamiento la que ha sido capaz de hacer nada vociferando desde una atalaya, sino las acciones que devenidas de éste ha materializado un colectivo. En resumen, el movimiento puede hacer que fracase el control de pensamiento de masas; ¡controlemos en ese caso el movimiento también!
La red atrapa a la gente, deja total libertad para compartir pensamientos, imágenes, sonidos... pero convirtiéndoles en seres aislados e inactivos, y, el pensamiento sin acción tiende a redundar en frívola distracción o en la digestión de frases y demás mensajes y señales que pueden resultar inteligentes, aleccionadoras, filosóficas o revolucionarias (o cursis, ñoñas, estúpidas o perversas) que, desprovistas de todo ejercicio y aplicación mediante el movimiento en la vida real, bien para aplicarlas, (o bien para combatirlas), tienen el mismo valor que los restos y despojos de sabrosas (o venenosas) viandas encontradas en un vertedero; ese vertedero de la sabiduría humana por donde tanta gente invierte largas horas paseando.



miércoles, 20 de julio de 2016

Manuel. Un fragmento de un nuevo relato con música en vivo

Aquí la música: Pincha este enlace.


Y aquí el relato: (de próxima aparición en el cuarto volumen de la colección)

Éramos amigos desde la infancia. Por un azar de escolarización, el destino nos situó en una misma aula con otros veintitantos niños más. Sobre el porqué conectamos de inmediato no se puede dar una explicación cabal y certera. Algo ocurre cuando dos individuos arrostran algún tipo de infortunio de similar calidad y, sin saber el uno del otro detalles sobre su existencia, sólo con un cruce de miradas de las que convierten en renuente al verbo, sus almas quedan atraídas como imanes, como si hubiesen experimentado de manera inefable la certeza de que esa compañía les va a aportar seguridad, fortaleza y comprensión; atracción que cobra un valor añadido en esa época -la niñez- en la que todo está explicado de modo jeroglífico, sin palabras ni conceptos claros -quizá la constatación, en nuestro caso particular, de que abandonar este mundo no sea la única solución de continuidad-  alimentando con brío, con el inmenso poder de la alegría cuando se ofrece y se recibe como si fuese una transfusión in extremis, las menguadas ganas de seguir viviendo contemplando la inexistencia eterna proyectando su sombra sobre una infinitud terrible. En esos años se podría decir que fuimos felices y capaces de autoalimentar nuestra creatividad con verdadero ánimo de profundizar en los dones de cada uno y dejar, de este modo, a un lado el fantasma que nuestras respectivas familias proyectaban sobre nosotros aplastándonos; arrinconándolos con la indiferencia que se esgrime ante un poder al que estás subyugado de manera ineludible y contra el que no puedes enfrentarte más que con la habilidad para montar una vida que pueda escapar de ser fagocitada por el monstruo y desarrollarse, en la medida de lo posible, en paralelo a él, comportándose  de un modo oculto que sólo encuentra alivio en la clandestinidad y determinado por las coordenadas de un pensamiento que ha sentido desde muy pronto que está irremediablemente condicionado por la paradoja entre la libre decisión y el no sé si tan irremediable como necesario fracaso que se está gestando en los albores de la vida; cuando la descripción de una existencia supone su invención.
 Sobre nuestras familias no voy a hablar demasiado. No es éste el objeto de la historia que estoy contando. En términos generales ambos eran ambientes sórdidos poblados de miserias que continuamente nos hacían maldecir la suerte de haber nacido en semejantes senos familiares, orando para que cambiase nuestra suerte, cosa que resultaba improbable; nada se oteaba en el horizonte que pudiese cambiar nuestras vidas hasta que pudiésemos valernos por nosotros mismos (de nuevo la larga sombra de la infinitud terrible proyectándose de modo deprimente) y decir adios para siempre, con la convicción de no repetir jamás los esquemas padecidos, ese tipo de cesión ante las mas bajas pasiones que nublan todo entendimiento hasta convertir la vida en un infierno corrompido y ciego que cree encontrar la felicidad allá donde, como esclavos de una aberración carnal, nunca se encuentran los lugares a los que asomarte para descubrir la paz y convertir cualquier día en un acontecimiento hermoso; la incapacidad para ver que la montaña de mierda en cuyo interior han sepultado la vida propia y la de sus vástagos la han creado ellos mismos y que creen encontrar el placer, y por ende la felicidad, en territorios donde sólo se genera amargura y sometimiento...
 Manuel poseía un don incuestionable. Dibujaba con maestría sin haber recibido ninguna formación específica en ese sentido; mientras todos los escolares garabateábamos mamarrachos en la clase de dibujo del colegio, él fraguaba verdaderas obras de arte figurativo, donde la fantasía aparecía con rotunda plenitud creadora...
(Continuará)




sábado, 18 de junio de 2016

Ya disponible en Amazon la edición en papel.


Gracias a los que ya habéis descargado alguno de mis ebooks.
En este enlace podéis comprar el libro físico en Amazon o descargar la versión digital. Pinchando sobre el nombre del autor podéis acceder a los ebooks que forman este volumen por separado. 
Un saludo y espero que lo disfrutéis.





 


Sinopsis.
En esta edición se reúnen, en un solo volumen, los tres libros de relatos publicados por el autor hasta la fecha. 
En algunos de los cuentos aquí contenidos, el autor explora a través de la narrativa las dualidades que todo ser humano alberga dentro de sí. Lo hace, en ocasiones, en forma de parábola, con la que intenta expresar -o de manera inconsciente son expresadas como si brotaran a través del hilo narrativo- las dicotomías que albergan los personajes. Éstas son narraciones puramente fantásticas construidas a partir de un párrafo inicial, a partir del cual el relato va haciéndose a sí mismo, puro ejercicio de improvisación literaria, en la que es el relato en sí mismo el único dueño de la voz que lo narra.
 Son historias que son, ante todo, movimiento de un punto a otro, no dejando nunca las cosas como eran al comienzo, dejándose llevar por ese fluir, por ese movimiento que las ha creado y en el que no siempre se puede encontrar un principio y un final, sino algún tipo de pequeños juegos en una sala de espejos donde la moralidad se discute a sí misma, ficticia e inútil. Sin embargo, al tratarse esencialmente de relaciones entre seres humanos, estas historias no se limitan a esa transgresión (si la hubiese) y nos remiten al público que escucha a un espejo que habla, ta vez reconociendo en alguna oculta parte de estas ficciones, de estos juegos con los que escapar de la fealdad del mundo y de su estúpida monotonía, un regreso a territorios que alguna vez pudieron estar poblados por ellos mismos. En resumen, en algunos de estos relatos se ven bocetados aspectos de la condición humana; algunos bellos y sublimes otros cuestionables o deleznables.
  Otros de los relatos contenidos en esta entrega, de formato más breve, son narraciones de sucesos, anécdotas,  historias o personajes -que pueden hacer referencia a un sujeto o a un estereotipo-  copiados de la realidad que, pasados por el tamiz de la imaginación del autor, se transforman en un cuento.



viernes, 10 de junio de 2016

EL DOCTOR ÁLAMO


 Os dejo la primera parte de un cuento (todavía en gestación) que quizá forme parte de mi cuarto libro de relatos.

                                                 

                                            I                                               
La sensación de que una multitud de pares de ojos estuviesen siempre acechando sus movimientos se repetía cada vez con más frecuencia y de forma más manifiesta y enérgica cuando se encontraba en soledad. Comenzaba a resultarle insoportable e imaginaba que un montón de almas  le esperaban para conducirle a un mundo nuevo. Almas renuentes a descansar en paz y a abandonar de forma definitiva el ignorante y oscuro mundo terrenal en el que la inteligencia sólo conseguía lacerar el pensamiento y convertir la existencia en fatalidad con todos los medios a su alcance. Se sentía espiado la totalidad de sus minutos por estas almas que le prodigaban una inquisición; no un juicio mediante el cual pretendiesen conducirlo al fuego en la hoguera; él imaginaba que estas almas guardaban un buen sentimiento hacia su persona; que sólo buscaban una expiación de su conducta que le liberase de la contradicción que le hacia sufrir, descubriendo un nuevo mundo a su alcance donde reverdecer aprovechando al máximo sus capacidades.  
No descansaban, le esperaban con tranquilidad, la infinita calma que se puede tener cuando sólo se es un alma y has abandonado el territorio de la constante mortificación, sin prisa, acechando. Imaginaba una estancia para la que no hallaba concreción física donde estas almas -todas y cada una con sus nombres y apellidos- mantenían un permanente conciliábulo y le parecía escuchar sus voces cuando era capaz de mantener su mente en silencio, hasta sentirse trastornado con total plenitud, jurándose a sí mismo que renunciaría a sus prácticas. 
 Hasta ahora había conciliado sus dos vidas con relativa paz, sin que ningún conflicto interior -habiéndose aceptado a sí mismo pensando que en el fondo no hacía daño a nadie- desestabilizase su equilibrio, aunque sabía de la precariedad de éste en función de un poso de remordimiento que se agitaba con insidia de tanto en tanto, dañando su amor propio hasta hacerle llorar y querer ser como todo el mundo. Su secreto podía parecerle vomitivo y vergonzante cuando en su vida exterior se relacionaba con gente corriente y se desgarraba por dentro al descubrirse incapaz de sentir y buscar la nutrición de su mundo interior como el común de los mortales, como si ciertos territorios fundamentales de los que componen el paisaje de la existencia y la materialización y consumación del acto de vivir, le hubiesen sido vedados y, de forma incomprensible, no sintiese necesidad alguna de transitarlos ni tan siquiera en forma de bosquejo o intentonas que, las pocas veces que las llevó a cabo, sólo le aportaron a la postre frustración y malestar, devolviéndole de un empellón a su íntima soledad. Veía esto como una carencia, sí; pero por otra parte se sentía colmado siendo como era y no se consideraba infeliz más que en términos de inclusión social, de cuyo entramado sabía no poder formar parte con total plenitud. 
 Tras haber aprendido a superar el rubor interno por medio de la aceptación, su autoestima se resentía en menor grado y podía considerarse una persona feliz. Se desenvolvía en un medio en el que no le resultaba difícil satisfacer sus necesidades y expectativas y no consideraba ni pensaba que le faltase algo; la soledad la paliaba con el trabajo y su dedicación intelectual al respecto, que ocupaba gran parte de su espacio-tiempo; de su entorno podía coger, disfrutar y aprovechar todo aquello que desease y hasta el punto que le pareciese conveniente. Algunos intentos por parte de muchas mujeres para establecer con él un vínculo amoroso, le habían resultado enriquecedores en cuanto demostrativos de la verosimilitud con que podía expresar su cariño, haciéndole sentir más humano; incluso divertidas cuando advertía cómo se perdían sus acompañantes a lo largo de la velada en el restaurán o tomando una copa, en las más variadas conjeturas que explicasen su excentricidad, sobre la cual no ofrecía ninguna evasiva convincente, tan sólo el rechazo a compartir una mayor intimidad con frases que no ofrecían mayor explicación que la necesidad y el gusto por vivir solo sin querer profundizar, cuando sus interlocutoras se lo insinuaban o preguntaban directamente, en su presumible celibato. Podía divertirle la experiencia, incluso reafirmar en su fuero interno su peculiaridad de manera que la pudiese sentir con mayor naturalidad, pero esa autoafirmación de sí mismo siempre era un arma de doble filo que mutaba en frustración cuando algún pequeño resquicio del calor que puede transmitir una simple y espontánea emoción empática penetraba su ser, mostrándose entonces ante sí mismo como un ser enfermo.      
 El doctor Álamo era admirado por su inteligencia, su brillante carrera profesional. Era envidiado por sus colegas que siempre se prestaban dispuestos a colaborar en sus trabajos de investigación por la notoriedad que les podía reportar; era afable en el trato y en el pasillo del hospital el personal sanitario femenino lo consideraba un trofeo y pugnaba por su consecución. Poseía todo lo deseable: buen porte físico, talento, reconocimiento, inteligencia y buena posición económica. Nadie podía comprender el motivo por el cual el doctor vivía solo y no se le conocía vida social más allá de la relacionada con su dedicación profesional, sobre la que actuaba con denuedo, quedándose en el hospital más horas de las que le correspondía, incluso por las noches, trabajando a menudo en soledad.   
 Hasta ahora había sido así, pero los remordimientos que antes parecían haberle atenazado y que consideraba superados, al parecer, sólo habían mutado en la forma en que se plasmaban. Se sentía observado con constancia y oía voces que no parecían responder a una alucinación auditiva. No le resultaban hostiles, más bien guardaban algún tipo de comprensión hacia su persona y deseaban mostrarle alguna suerte de liberación, como queriéndole mostrar todo aquello que se estaba perdiendo y queriendo compartir con él su amargura para desentrañarla y hacerle la vida feliz. Llegó a comprender que sólo querían mostrarle una terapia, por que lo único que había despertado en ellas era una profunda compasión. Fue a su casa a borrar los archivos de su ordenador, donde conservaba las fotos que había hecho a sus amantes antes de que sus cuerpos dejasen para siempre este mundo. Le dolía hacerlo, muchas veces pasaba largos ratos observándoles con ternura y cada uno de ellos representaban algo muy importante para él, pero de algún modo debía de comenzar la renuncia a su psicopatía.
  En la sala de las almas no cesaba el rumor. No podían dejar de rumiar aquello que habían presenciado que el doctor Álamo había hecho con los cuerpos que anteriormente habían habitado. Aunque ya no sentían nada en relación con sus anteriores recipientes que les habían conectado de modo muchas veces doloso, con el hábitat terrenal y se habían distanciado moderadamente de ellos, todavía les producía cierto repelús ver las acciones que el doctor Álamo llevaba a cabo con aquello que fueron; un pequeño nexo de unión, todavía estaba vigente. Lo comentaban entre ellas sintiendo profundo escarnio y dolor: "Será cabrón....Oh no...mira lo que me va a hacer ahora el muy guarro." Se decían, mientras habían estado, en numerosas ocasiones, viendo los actos amorosos que habían colmado la soledad del doctor Álamo que, de este execrable modo, se había sentido como uno más en el mundo; como un alma más entre tantas tan depravadas o más que la suya, corrupción sobre la que no encontraba motivo de culpa; al fin y al cabo sólo son cadáveres, pensaba, mientras otras muchas depravaciones que nos asolan no son en absoluto inocentes. Y de este modo había justificado sus bajas pasiones en un  movimiento continuo que, como un péndulo, se debatía entre la aceptación y el rechazo. 

 Recordó los tiempos en que su identidad sexual se definió manifestándose rotunda. Trabajaba, para poder complementar el dinero de la beca que como estudiante brillante disfrutaba, en la morgue de la facultad de medicina. Se encargaba de preparar y acondicionar los cadáveres que ingresaban "al hotel" para introducirlos en la piscina de formol como si estuviesen en pie, sujetos por un arnés bajo el sobaco. Una cadena que terminaba en una polea y estaba sujeta a este arnés, servía para meterlos y sacarlos de la piscina. También debía preparar los cuerpos que al día siguiente iban a servir para las prácticas y observaciones de los estudiantes. Por pasar tanto tiempo en su compañía, Álamo, entonces un joven veinteañero, había tomado cariño a los huéspedes, hablaba con ellos e imaginaba que cada uno le contaba la historia de su vida; historias que inventaba, pero que en su cabeza tomaban visos de realidad, llegando a sentir un sentimiento de amistad con esos cuerpos, una valiosa emoción que no encontraba dobleces que minasen su desconfianza. En aquellos tiempos, su concentrada dedicación al estudio y su relación con los muertos, colmaban su existencia y ninguna otra cosa le procuraba un pequeño rayo de luz, siquiera, que iluminase su vida. Ocurrió que ingresó a la piscina de formol un joven de delicadas facciones que atrajo poderosamente su atención y desató su ternura. Era delgado, con una melena rubia y cándida mirada en sus turbios ojos azules. Lo bautizó "El Efebo Renacentista". Mientras lo limpiaba para posteriormente atarlo con el arnés y sumergirlo en la piscina, una fuerte corriente de deseo los atravesó a los dos -según el doctor Álamo lo había percibido- y comenzó a acariciarlo y a besar su piel macilenta. Con ese sujeto no ocurrió nada más. Le acariciaba y charlaban acerca de las bondades y maldades del mundo de las drogas y lloraban juntos cuando "El Efebo" le refería como se produjo su muerte por sobredosis. No pasó nada más; pero Álamo había descubierto qué tipo de compañías caldeaban su intimidad. 

                                                 II
(continuará)

                                                

sábado, 28 de mayo de 2016

Una muestra extraída del cuento "Relato encontrado en un bar"


...Qué extraño enredo había tejido su marido hasta quedar asfixiado en él? Si no se es capaz de desenredar los nudos cualquier tontería puede acabar por apoderarse de tu vida, -pensaba y en ese momento sentía verdadera tristeza por ese hombre- de hecho, cualquier problema, aunque sea grande, parece una nimiedad una vez se ha solucionado; pero un simple pequeño nudo, al que dejamos discurrir y crecer sin querer ver su magnitud, puede conseguir que hasta la posesión más preciada, la del propio cuerpo, pueda resultar indiferente. También puede ser que no llevase de hecho ninguna doble vida -de algún modo esa posibilidad le proporcionaba cierta calma a su espíritu- que simplemente hubiese cosas que no se atrevía a decir y esas cuestiones tomasen la delantera sobre cualquier regalo que puede ofrecer la vida -y que a veces pasa ante nuestros ojos sin que seamos capaces de verlo- en su cabeza, hasta hacer que la perdiese. En las cosas que un suicida no se atrevió a contar a quienes le sobrevivieron puede residir la causa por la que el difunto decidió darse muerte. Una doble vida no siempre se lleva de facto, en ocasiones, sólo de pensamiento y son estos pensamientos ocultos los que explicarían las actitudes incomprensibles que nos sorprenden de otros de un modo subrepticio...



Puedes adquirir mis libros (ebooks y papel) aquí:
LIBROS DE LUIS REVERT

viernes, 27 de mayo de 2016

Mis ebooks en oferta por tiempo limitado.

 Por tiempo limitado podéis descargar "El invitado", "La creación" y "Relato encontrado en un bar" por sólo 1,50€ y "El fin de la soledad" (todos los cuentos) por sólo 2,99. Este volumen recopilatorio también se puede adquirir en la edición en papel.
En este blog podéis encontrar relatos breves incluidos en estos libros y otros fragmentos de cuentos más largos.

ESTE ES EL ENLACE PARA IR A MIS LIBROS EN LA TIENDA AMAZON Donde podéis leer sus sinopsis y echar un vistazo en su interior.

martes, 17 de mayo de 2016

Conversación con la muerte

Mis ebooks "La creación"; "El invitado" y "Relato encontrado en un bar" se pueden adquirir por sólo 1,50€ y "El fin de la soledad" (todos los cuentos) por 2,99. Este libro está disponible también en edición en papel. Oferta por tiempo limitado.
PUEDES COMPRARLOS AQUÍ (ESPAÑA)
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 Os comparto un texto inédito.     
                    CONVERSACIÓN CON LA MUERTE 
Anoche me visitó la muerte y me ofreció esta charla. 
 Estaba sentado frente a mi computer un tanto atascado con la narración de un capítulo de mi novela. La mente se había enfriado y las ideas, congeladas, se negaban a salir o lo hacían de mala gana, y con torpeza; lo típico cuando estás a punto de dar al traste con el trabajo que te ha ocupado unas cuantas horas. Ella se sentó frente a mí en una silla. Comenzó hablando muy relajada, pero conforme avanzaba su discurso, se fue emocionando, acalorándose en sus vehementes explicaciones. Había dejado su guadaña y su hábito negro y raído apoyado en mi escritorio; el mango de la herramienta, en posición vertical le hizo de percha. Lustró un poco su calavera con un trapo como aclarándose las ideas y comenzó a hablar , como he dicho, en un principio de manera muy sosegada , preguntándome:
-¿Te he asustado con mi presencia? No era esa mi intención Sólo te he visto azorado pero con ganas de cierta actividad y he pensado que a lo mejor te apetecía escribir alguno de mis dictados...-Hizo una pausa, como esperando mi respuesta, pero yo, algo pasmado no articulé palabra; ella prosiguió-. Muy alterado no te veo. Eso es buena señal. Yo sólo existo en cuanto que representación de nuestro miedo a morir...-En este punto la corté. Creía haber pillado su pantomima.
-¿Cómo que de nuestro miedo a morir? ¿Por qué te incluyes en esto? Si eres la muerte ¿cómo puedes tener miedo a morir?
-Claro que existo y claro que moriré. Existo, ya te he dicho, en cuanto a representación del miedo a la muerte y, sin poder decir que tengo mi corazoncito -ya ves que sólo soy un esqueleto- ni mi amor propio, si que mantengo mis inquietudes solipsistas; si no , ¿de qué modo estaría ahora hablando contigo? -En este momento hizo una pausa como mirando al cielo y continuó -Moriré en el momento que muera el último ser humano sobre la tierra o cuando el miedo a morir de los humanos desaparezca. Por el momento aquí estoy, así que no te extrañes si en mi charla utilizo la primera persona del plural para exponerte algunas reflexiones sobre mí misma -aclaró su voz grave y algo cavernosa y continuó hablando. -Tú, si quieres, puedes tomar nota...
-No, si ya estoy haciéndolo... Bueno, al grano, que no tengo todo el día y ya escribí bastante hoy. ¿Qué tienes que contarme?. -La muerte volvió a pasarse el paño por el huesudo cráneo sacándole brillo, suspiró con profundidad, emitió un leve carraspeo y comenzó a hablar con tranquilidad y lentitud, sabedora de que no soy muy buen mecanógrafo.

Existen distintas formas de morir. Según que criterios utilicemos, se pueden clasificar de diferentes maneras. Si atendemos a la naturaleza de la muerte, puedo ver, así a bote pronto, cuatro diferentes categorías. 
 En un primer bloque situaría las muertes producidas de forma natural por vejez, cuando la suma de los desgastes sufridos por el organismo a causa del envejecimiento dan como resultado la muerte. En este apartado no se puede decir que existan formas de morir estúpidas.
 A continuación vendrían las muertes producidas por enfermedad cuando al sujeto todavía le podría quedar una porción más o menos grande de tiempo por vivir que, de no haber contraído la patología que termina por acabar con él antes de tiempo, habría podido disfrutar. En esta ocasión si que se encuentran ejemplos en los que la muerte puede resultar estúpida. Me vienen a mientes aquellos casos en los que, por motivos normalmente religiosos, el paciente se inhibe de recibir algún tipo de tratamiento que, en ocasiones, con toda probabilidad, habría salvado su vida. Son estos casos calificables de estupidez de un tipo de pensamiento colectivo de demostrada inútil valía.
 La tercera causa de muerte sería la de naturaleza accidental. Es esta una categoría de amplio espectro, como amplia es la lista de tipos de accidentes que pueden acabar con la vida. En esta categoría se encuentran muchos casos de estupidez, a veces propia, como cuando, valga el ejemplo, te estrellas borracho con un coche; a veces ajena, si es el borracho el que te ha matado con su coche cuando tranquilamente dabas un paseo (precisamente hoy he oído en la radio una noticia narrando, en estas estúpidas y criminales circunstancias, el atropello de una madre y su hija con resultado fatal para ambas); a veces es el destino el que se muestra estúpido, el típico caso de aquel que le cae en la cabeza un  tiesto o una cornisa desprendida de un balcón; a veces es la mezquina estupidez del sistema la que trae como consecuencia accidentes mortales. Estoy pensando en una gran parte de los accidentes laborales en los que con un poco menos de avaricia y mezquindad y algo más de sensatez y amor a la gente en lugar de al dinero, estos se podrían haber evitado.
Por último existe otra forma de morir que debería resultar más lacerante que ninguna otra para el género humano y en especial para aquellos humanos que residen en la parte más pudiente y "desarrollada" del planeta. Se trata de la inmensa cantidad de gente que muere víctima de hambrunas, epidemias, guerras y migraciones suicidas (como consecuencia de los motivos anteriores), que sólo tienen como causa y razón de ser la depredación sistemática del primer mundo sobre el otro, que, paradógicamente, lo cuatriplica o quintuplica en población. En esta forma de morir hay una clara causa estúpida. En este caso la estupidez es de índole genérica; el ser humano abonado a perpetuidad a establecer y consolidar sus pautas de un malentendido desarrollo en base al dolor, (¿quién fue aquel que dijo que el deseo de un esclavo no es ser libre si no ser amo? no lo recuerdo, pero ilustra este caso) al sufrimiento y al canibalismo cultural que no tiene ningún reparo en merendarse culturas enteras y que encumbra en los más altos pedestales de la política y la gestión económica a aquellos que obtienen su poder con negocios de rédito inmoral, como la venta de armamento (que sólo tiene sentido si aquella mercancía que venden se utiliza), o esclavizando económicamente al común de los mortales bajo la premisa de dejarles sin lo más básico si no aceptan su imbécil jueguecito laboral, consumista y financiero. Son estas causas de muerte las que podríamos llamar muerte por miseria y se dan en todos los mundos. La miseria no lo es tanto del sujeto como de la sociedad que promueve este modelo de existencia frente a otros que fueran capaces de aportar bienestar y real enriquecimiento, (quizá no tanto en el sentido material, siempre pensé que el enriquecimiento material, de alguna forma, empobrece al individuo en su integridad  y ahí lo dejo para la reflexión de cada cual) para todos.
 Aquí hemos podido ver otro criterio para clasificar las maneras de morir. Este no es otro que el de dilucidar cuando una muerte es estúpida y cuando no.
 Siguiendo este patrón vayamos con la poética y no menos estúpida expresión "morir de amor". 
Existen realmente casos en los que se produce la muerte y se la podría catalogar bajo ese epígrafe: adolescentes que se suicidan tras un desengaño amoroso; otros sujetos y sujetas, de cualquier edad, que puedan contraer graves enfermedades o perturbaciones mentales que den como resultado la muerte por el mismo motivo... En ningún caso, aunque la literatura pueda haber ilustrado con millones de relatos, versos, leyendas, mitos, novelas y obras teatrales casos de este tipo desde una perspectiva que, bajo un estéril romanticismo o lirismo, pudiese arrojar algún atractivo a este tipo de situaciones, se puede decir que aquel que acaba con su vida o la mancilla y estropea a base de enfermedades por causa de una pérdida o desengaño amoroso no lo haga si no es por que ha sucumbido a un arrebato de falta de amor a sí mismo, cosa que se puede catalogar de estupidez si se quiere ahorrar palabras. 
Existe también el morir de amor a la inversa. En este caso es aquel con el que se mantuvo, (o, todavía más macabro, se mantiene) al menos en teoría, una relación que se tomó por amorosa, el que termina por matarte tras por lo general, haberte maltratado durante un buen tiempo. Esta es, en mi opinión y en términos cualitativos, una de las más preocupantes estupideces que asola nuestra civilización en la vertiente íntima de los individuos que la componen, por la sintomatología que deja enunciada y por la tremenda perversión espiritual que denota.
 La estupidez humana no sólo se puede medir por cómo vivimos sino también por cómo morimos y cómo nos matamos. Se trata de una de las pautas del conocimiento sobre la que nuestro aprendizaje es nulo. Podemos hablar de grandes avances en todas las áreas de la ciencia y del conocimiento tanto a nivel teórico -de comprensión de todo aquello que nos rodea-, como práctico, habiendo diseñado y producido grandes ingenios que facilitan la vida. En ese sentido, en cuanto a la forma de vivir, si que se puede decir que somos un poco menos estúpidos con el transcurso de las generaciones. sin embargo, en cuanto al modo en que morimos y nos asesinamos y por qué lo hacemos, bien sea individualmente o en masa, en eso el avance ha sido nulo y, como que todos los avances logrados para vivir también se han desarrollado de manera equivalente para asesinar, el resultado es inequivoco: conforme evolucionamos nos matamos de una manera más masiva.
 Otra vía de reflexión en cuanto a cómo nuestra manera de morir nos confirma como excelsos estúpidos, es la no desaparición de las causas, incomprensibles bajo cualquier pequeña gota de sentido común, que nos llevan a asesinarnos como idiotas. 
 ¿Cuanto soldado muere y mata de forma masiva defendiendo o atacando unos intereses que, en lo personal, ni le van ni le vienen? o, lo que es lo mismo, ¿cuánta gente está dispuesta a matar y morir por los intereses de su señor? En eso nada hemos cambiado y seguimos destinando una parte muy sustancial de los presupuestos de los estados a mantener ejércitos cuyo único objetivo es poner de manifiesto, sin ningún rubor, lo voraces y estúpidos que somos; y nos hablarán de defensa, pero eso es una tremenda tontería: EEUU, por ejemplo, para lo único que ha utilizado sus soldados, bombas, aviones, helicópteros, barcos, misiles y drones ha sido para atacar países por intereses claramente económicos (siempre con ridículas excusas de índole defensiva y de preservación de la libre democracia) y no intereses de la población que, en última instancia, es quien dota de fondos con sus impuestos estos presupuestos de "defensa", sino de aquellos que perversamente más se enriquecen con nuestra estupidez. ¿Cuánta gente está matando y muriendo -estos últimos, en su mayoría sin comerlo ni beberlo- por cuestiones religiosas? En eso tampoco hemos cambiado en absoluto. Sin entrar a valorar el valor intrínseco de la fe, si que se puede concluir que todos estos dogmas a nadie le sirven o facilitan su subsistencia diaria, es decir, por mucho que lo desees, no va a ser ni dios, ni mahoma, ni krishna ni buda quien te de de comer, como para que sigamos matándonos y asesinando en su nombre como verdaderos cretinos. Utilizo la primera persona del plural porqué en algún momento yo también estuve viva. En cierto sentido mi creación, la muerte representando al miedo que provoca, parte de la no aceptación de los individuos del hecho de morir, y esta es la misma materia prima a partir de la cual se crearon las religiones, una forma de querer perpetuarse el individuo que trajo consigo que se matasen más fácilmente entre ellos defendiendo cada cual su mentirosa manera de perpetuarse y también trajo mi existencia, la representación del miedo a morir.
 -Creo que ya he terminado -me dijo entonces deteniendo su discurso en seco -debo irme ya y dejarte descansar. ¿Qué te pareció mi relato?
-Pues  no me ha dado mucho tiempo a pensar tus palabras. Estaba demasiado ocupado dándole a las teclas. A la próxima un poco más lento, si puede ser. -La muerte me miró algo desconfiada frotándose su maxilar inferior con las falanges de sus dedos pulgar e índice. Se escuchaba un pequeño chirrido por el roce de los huesos. Entonces continué: -No te preocupes, lo leeré con detenimiento cuando te hayas marchado o mañana. La verdad que estoy cansado...
-Me alegro de no haberte asustado, la verdad que sería bueno que todos fuéramos como tú; podría descansar de esta labor tan pesada. 
-Antes de que te vayas, quería agradecerte que me hayas regalado este relato...-me quedé mirándole como esperando una respuesta ante mi detalle cortés.
-No hay de qué, para eso están los amigos. Ya sabes, a por ti no tendré que venir; puesto que tú no pareces temerme, yo carezco de sentido entre nosotros. Eso también es de agradecer, menos trabajo, así que la gratitud es mutua. -Quedé mirándole mientras pensaba en sus palabras: "Para eso están los amigos", concluyendo que a la muerte era mucho mejor tenerla como amiga que como enemiga; me parecía mucho más relajante de cara a afrontar el hecho, inevitable para cualquiera en su momento, de tener que morir y así se lo hice saber a modo de despedida. Levantándose, cogió su guadaña y su manto negro. Se encapuchó con él y salió cojeando y renqueante de mi habitación. Creo que le damos excesivo e innecesario trabajo a la buena de la muerte... Sus pies ya se resienten de tanto venir a buscarnos por nuestra propia estupidez.


Este texto no está incluido en ninguno de mis libros de relatos.
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