lunes, 3 de octubre de 2016

Anhelos y resignación

                                              I
 Nuestras miradas se encontraron encajándose durante unos instantes con aguda penetración. Quedé turbado. No podía asegurar que se tratase de Giovani. 
 El hombre que tenía ante mí portaba una indumentaria muy distinta al Giovani que yo conocí, siempre vestido de manera cuidada que resaltaba, sin caer en la vanidosa ostentación, su musculado y atlético cuerpo de origen africano; el africano que ahora mostraba ante nuestra mesa en el restaurán su catálogo de bisuterías, cinturones y otros variados elementos como un bazar ambulante, iba cubierto por una colorida chilaba desde los hombros hasta los pies que ocultaba un cuerpo algo encorvado que no traslucía demasiado tono muscular -como un cuerpo en barbecho- y tocado con un taqiya, por bajo del cual brotaba una madeja rebosante de cabellos ensortijados que le conferían un aspecto como de clown, enmarcando su rostro en una deliberada falta de atención hacia él por parte de su dueño. Giovani siempre había llevado el pelo muy corto cuando le conocí, tan corto que apenas tenía las dimensiones necesarias para enroscarse y esto, junto con el aspecto demacrado que ofrecía el vendedor, me confundía. 
 Sentí el impulso de lanzarle la pregunta que despejase mis dudas, pero pensé que era mejor dejar en sus manos la solución; él no tendría ningún problema en reconocerme y saludarme, pero, por otra parte, tal vez tuviese algún reparo en presentarse como mi antiguo compañero, que, en los tiempos -¿cuántos (muchísimos) años hacía? pensaba- en los que coincidimos durante meses trabajando juntos cada noche en el club, destacaba como un triunfador en todo orden; quizá no fuese su traba por presentarse e identificarse ante mí, sino ante la gente que me acompañaba, todos ellos y ellas muy emperifollados en el aspecto y en el habla (¿cómo explicarle a Giovani -si es que se trataba de Giovani- que esa compañía me resultaba forzada y artificial?). Podía ser que considerase un estorbo hacia mí hacerse presente, un rubor.  o quizá fuese una suma de vergüenzas; o un arrebato de dignidad u orgullo; o pensar (si es que había tenido la perspicacia necesaria para calar en que tesitura me encontraba) que podía perjudicarme si me saludaba; el caso es que no abría la boca tampoco.
 A la mesa estábamos sentados cinco comensales; dos parejas y yo mismo. Me habían invitado a cenar los dos hombres, socios en una empresa de representación artística. Querían que prestase mis servicios como baterista en un espectáculo que estaban fraguando para la temporada estival y quisieron agasajarme; que nuestra relación, aparte de laboral, se basase en una amistosa camaradería en la que defendiésemos nuestros intereses comunes, esto es, el buen desarrollo y funcionamiento del espectáculo en el que  yo iba a participar si nos entendíamos en las cuestiones económicas, materia en la que entraríamos con mayor concreción, como suele suceder en estos casos, con los postres y los licores. A mí ese tipo de prolegómenos, por parte de este tipo de empresarios, siempre me había tirado para atrás. Solía anunciar una temporada de trabajo dura en la que la mitad de las condiciones pactadas para garantizar un mínimo de bienestar y, diría, salubridad a los integrantes de la troupe no iban a cumplirse; por supuesto que por causas que siempre serían de orden mayor e inevitables, y estos incumplimientos (que si ya se sabe que van a confluir circunstancias de fuerza mayor que los posibiliten, habría que buscar la forma de que no se den y no darlas por descontado) llegado el momento, habría que compensarlos "con esta amistad que nos une" y de la que esta cena de camaradería hasta la consanguinidad, pretendía ser el inicio. 
 Los dos empresarios habían acudido a la cena de negocios acompañados de sus esposas, para que juntos formásemos una gran familia, según decían, aterrorizando más mi entendimiento, haciéndolo descender hasta las catacumbas de mi conciencia donde imperaba el irreductible enemigo de mí mismo; donde brotaba el manantial causante de toda turbación,  que podía dar al traste con este trabajo si no encontraba una buena salida diplomática con la que acallar tanta necedad, para poder dejar claros y blanco sobre negro, aquellos puntos que debían defender mis intereses.  
 Cuando apareció el presunto Giovani estaba intentando montar el discurso con el que transmitir a mis probables futuros jefes esa madeja de puntualizaciones antes expuestas y que para mí resultaban de imprescindible aclaración, mientras oía sin escuchar demasiado, todas las loas lanzadas, tanto en aspectos personales como profesionales, por los empresarios, acerca de los que iban a ser mis compañeros de trabajo (a algunos los conocía, por lo que pude constatar que el juego hipócrita estaba servido); las mujeres hablaban entre ellas de las novedosas tendencias que se apreciaban en el mundo de la belleza y la moda, entretejiendo su conversación con chismes acerca de amigas comunes, chismes en los que en muchas ocasiones, por la manera de ser contados, se apreciaba un alto grado de malicia, por lo que pensaba que si me querían meter en semejante familia iban a sufrir bastante, auto afirmándome en que debía dejar bien claro que se dejasen de esas memeces de integraciones tribales y que nos ciñésemos  a un escrupuloso contrato laboral, sobre el que debía exigir garantías ante un eventual incumplimiento.
El vendedor ambulante se situó a medio metro de nosotros mostrándonos un estuche de madera, cuyo interior estaba tapizado de terciopelo azul que mostraba, abierto de par en par, sujetándolo sobre sus antebrazos, extendidos a modo de atril, como realizándonos, sin decir nada, una ofrenda. Del hombro izquierdo le colgaban un manojo de cinturones de distintos modelos unidos entre sí por gomas; del derecho pendía una bandolera que sujetaba sobre su cadera una voluminosa bolsa de viaje que se insinuaba pesada y rebosante de las más dispares mercancías. Alrededor de su cuello un montón de collares y gargantillas pendían, con distintas longitudes, pecho abajo; probablemente artículos con los que rellenaba su expositor de terciopelo azul cuando se producían las deseadas ventas.
Fue en el momento de acercarse y situarse frente a nosotros, cuando nuestras miradas se cruzaron y yo quedé sumido en la incertidumbre por saber si se trataba de Giovani o no. De ser él, había envejecido aceleradamente, pensaba, aunque hacía bastantes años que no le había visto... Quizá si le escuchase hablar saldría de dudas con toda claridad. Creo que la voz y el acento cubano del que fuera mi amigo y compañero en aquellas “contingencias”, por decir algo, musicales, que compartimos años atrás, no dejarían lugar a dudas. Pensaba esto mientras en mis orejas se sucedía un run-run que hablaba sobre las excelencias del pianista, recién llegado de un máster en Berklee, con el que iba a tener el impagable placer de trabajar (pobrecillo, pensaba yo -con la parte de mi cerebro que se mostraba capaz de seguir las palabras del empresario, una pequeña porción de razón que se quedaba al margen de mis apreciaciones y deducciones sobre la identidad del vendedor de origen africano-, llegar de Berklee para esto...) Pero cuando pude oír su voz, mis dudas no hicieron más que incrementarse.
-Mira Marga, ¿no te gusta esa gargantilla? Esa de la piedra color violeta... -La mujer se había dirigido a su amiga con tono pretendidamente alto, como queriendo que los cinco reunidos, que disfrutábamos de una bebida fría y un aperitivo antes de solicitar que se nos sirviese la cena, desviásemos nuestra atención hacia el vendedor. Me temía que estas cuatro personas cuya compañía comenzaba a resultarme poderosamente vergonzosa, iniciasen un divertimento a costa del africano.
-A ver... a ver... Acércate, -le dijo la tal Marga al vendedor, moviendo las palmas de su mano hacia sí, con un cascabeleo de pulseras y abalorios tropezando entre ellos, al tiempo que su marido hacía hueco en la mesa para que el vendedor pudiese depositar en ella su estuche de terciopelo que, de grandes dimensiones, sólo pudo apoyar, sujetando la parte que sobresalía del tablero con una mano, mientras con la otra cogía el objeto por el que la mujer, de voluminoso cabello moldeado, como la melena de un león engominado, se había interesado. Se lo ofreció mientras decía:
-Barato... solo shinco euros. Mussha calidad, sshapa en plata... pietra no vitrio... amatista pietra...
Al escucharle no podía dar crédito. Me parecía la voz de Giovani, pero como si se tratase de alguien que no sabe hablar el idioma castellano y tuviese dificultades de pronunciación. Pensé que podía tratarse de una estrategia de venta; era muy probable que si se fingía extranjero le resultase más fácil vender que si, aún también siendo extranjero, hablase perfectamente el castellano, a la par que eludía tener que sostener charlas con quien se interesase por sus productos y poder hacer oídos sordos a cualquier regateo. Eso justificaba también la indumentaria que portaba; podía tratarse de su uniforme de trabajo. Por un momento estuve convencido de que se trataba de Giovani.
Sobre la mesa se hallaban dispuestos, formando montones aquí y allá, entre los vasos de bebidas y los platos de aperitivos, los diversos objetos que antes habían estado, en ordenada disposición en el estuche del vendedor ambulante. Éste había dejado, cerrándola con antelación, la caja plana de madera, casi vacía, en el suelo y se mostraba solícito a ofrecer información sobre los productos que los cuatro potenciales clientes manoseaban, comentando entre ellos, con sorna, las cualidades de los mismos. Los hombres se habían interesado por los relojes, eligiendo aquellos que eran imitaciones de marcas ostentosas, las mujeres por la bisutería, desdeñando todas las piezas de artesanía étnica e interesándose por las que semejaban ser joyas de lujo fingido.
 Un camarero se acercó, retiró algunos vasos vacíos y quedó a la espera de algún pedido diciendo: "¿Falta algo por aquí?" Uno de los hombres solicitó una nueva ronda de bebidas mientras cogía la gargantilla de piedra violeta que había iniciado el desparrame de mercancías sobre la mesa y, sujetándola con los dedos, como si sintiera cierto desprecio por la pieza -que yo interpretaba como una extensión de su rechazo racial- la mostró a todos los que rodeábamos la mesa, moviéndola con un ligero vaivén por el aire, y, mientras guiñaba un ojo, dijo con tono indignado: "Encima el tío dice que es una piedra preciosa" y mirando a su mujer, la de aspecto de león engominado, preguntole:  "¿Cómo ha dicho que se llamaba este pedrusco, cariño?" "Amatista", le respondió ella, riendo después y elevando las cejas mientras miraba al cielo pidiendo algún tipo de extraño consentimiento celestial. "Amatista, los cojones", dijo el hombre exhibiendo la totalidad de sus conocimientos sobre piedras semipreciosas, añadiendo a continuación, como para rematar su sapiencia: "Si... eso es amatista, y la gargantilla oro chapado como el que tengo aquí colgado", y se llevó las manos a los huevos mientras se levantaba de la silla, para enfatizar gestualmente a qué se refería con ese "aquí colgado". Y estalló en carcajadas que pronto se prodigaron entre los demás asistentes. El león engominado mostraba sus colmillos al reír con desenfreno abriendo su enorme bocaza y, asumiendo su papel de rey de esta jungla, cogió un relojón de pulsera de la montaña sobre la mesa, lo exhibió al público y dijo entre risas y rugidos estentóreos: "Y esto es un Omega..." Se levantó el otro hombre y haciendo el mismo gesto de llevar manos a genitales, exclamó, generalizando un cutre paroxismo: "Del tamaño de mi verga". La otra mujer, delgada y frágil, que parecía más educada y modosita, quizá sintiéndose asaltada por un insufrible complejo de inferioridad, tuvo a bien añadir su dosis de humor y no ser menos que los demás; remató la faena diciendo: "Y también cuesta cinco", y todos a coro concluyeron: "Por el culo te la hinco". Casi se caían de las sillas de tanta gracia que les hacía su cultivado ingenio. Me miraban los cuatro, mientras tanto disfrutaban, como diciéndome: "¡Ves que bien lo vas a pasar con esta familia!".
 Deseaba escupir sobre sus generosas miradas y seguía cavilando sobre la identidad del africano, viendo con claridad que se trataba de Giovani, lo cual transformó mi estupor pasivo, basado en una simple observación circunspecta propia de un entomólogo (me debatía en pensamientos acerca de qué supraconciencia de orden atávico podía convertir a un ser humano en algo tan rematadamente gilipollas) por una irritada respuesta activa que expresase mi repulsa y condena ante tanta infamia.
                                            II (a)
 Nuestras miradas de nuevo se encajaron con aguda penetración. Me levanté de mi asiento y fui hacia Giovani abrazándole al llegar. Me dijo: "Luis no quise saludarte al verte con esta pingada de gente" Su acento cubano lo convirtió en Giovani cien por cien. Nos fundimos de nuevo en un abrazo mientras el silencio y la ignominia aplastaban a las cuatro personas con las que acababa de dejar de compartir mesa y mantel. "¿Qué haces por acá por Madrid?" me preguntó después. Y le conté, mientras recogíamos sus cosas y las devolvíamos ordenadamente a su bonito estuche forrado de terciopelo azul, que había llegado ese día para formalizar un contrato de trabajo con esta gente, pero que ya había decidido rechazarlo. Le pregunté si podía alojarme en su casa durante esa noche, pues tampoco quería dormir en el alojamiento que los empresarios me ofrecían en una de sus casas. Quédate unos días, me dijo, mañana tengo una pincha (trabajo en cubano) con un cuarteto de latin-jazz en un bar. Al baterista no le importará si tocas unos temas y me encantaría tocar contigo otra vez...
 Nos alejamos, le ayudé portando su pesada bolsa de viaje rebosante de artículos "por el culo te la hinco". Teníamos mucho que hablar después de tantos años; mucho que hablar y que reír juntos recordando tantas cosas que habíamos compartido años atrás en Ibiza; tristezas, alegrías éxitos, fracasos... tantas cosas que se podían resumir en dos: habíamos compartido la vida y la amistad y lo habíamos hecho respetando ambas cosas con devoción y dando rienda suelta a nuestros anhelos, desde hacer buena música, hasta disfrutar de las bonitas playas y calas de esa preciosa isla, pasando por todo el amor que se puede encontrar con tus congéneres cuando esas premisas rigen tus actos.
 Nos alejamos sintiéndonos dichosos por todo esto que nos ofrecía la vida y dejando tras nosotros las cenizas y detritus que cubren este asqueroso mundo.
                                            
                                              II(b)
   Nuestras miradas de nuevo se encajaron con aguda penetración. Me levanté de mi asiento y anduve hacia Giovani. Él dio un ligero respingo hacia atrás cuando estaba cerca, entre temeroso y defensivo.
 Comprendí, tras recibir su mirada punzante, como delimitando la distancia justa a la que iba a tolerar mi acercamiento, una barrera invisible pero tangible tras la cual acechaba una insospechada reacción como de animal acorralado dispuesto al ataque, que no se trataba de Giovani.
 Desde una distancia prudente le dije que disculpase a mis acompañantes; se les subió el alcohol a la cabeza y se les bajo la decencia a los pies, le expliqué, con gesto cómplice y confraternizador. “Si quieres te ayudo a recoger tus cosas y te marchas; no tienes por qué soportar esto, yo no lo haría, estoy aquí, únicamente, tratando un asunto laboral, no me tomes en cuenta”.
 León engominado esgrimió la cara de buena persona que seguramente había ensayado ante el espejo como tantas otras de sus imposturas y, arrojando un billete de cinco euros sobre el montón de bártulos que el africano y yo todavía no habíamos recogido, cogió la gargantilla y la puso rodeando su cuello, diciéndole al vendedor: “No te ofendas, sólo somos cinco amigos a los que les gusta bromear para pasar un rato de diversión”. Después le preguntó a su marido: “¿Te gusta cariño?”. Su marido había quedado cabizbajo mirando la mesa, como ausente, parecía sentirse discriminado por no poder expresar su racismo xenófobo con toda libertad. Le respondió que bien sabía ella que odiaba las joyas falsas y las bagatelas, que esa no era manera de mostrar distinción, sino todo lo contrario... y no quise escuchar más sus palabras, que proseguían con una perorata de adulación al famoseo y a la aristocracia, a la distinción, según él, indicativa de la categoría de las personas. Me concentré en ordenar con el africano sus enseres en el expositor.
 El otro empresario dijo entonces que ya habíamos realizado, como buenos cristianos, la obra caritativa del día y se mostró de acuerdo con su amigo y socio en que, una vez realizada ésta, para confort de sus conciencias, debía regalar esa pieza a cualquier pordiosero que encontrasen por la calle... o dejarla en cualquier lugar para que la encontrase aquel a quién esa bisutería le fuese destinada, así el acto de caridad se duplicaba. Acto seguido llamó al camarero para encargar la cena y, así lo dijo, comenzar a concretar el asunto que les había traído al restaurán. En el tono de su voz y su expresión se traslucía cierta decepción. Quizá yo no fuese el tipo de persona que más le agradaría contratar. 
 El africano se marchó. No parecía humillado, como vacunado de forma eficaz contra el virus, se alejó con paso firme y mirada altiva. Sin duda alguna debía llevar mucho tiempo ejerciendo la calle de este modo. 
 Ante mí se abría el pozo de la resignación. Necesitaba ese trabajo. La resignación cuando ni siquiera se muestra consciente, actuando sobre sí misma; dejándonos resignados a estar resignados; a que la primera resignación sea aceptada por que es lo que nos puede permitir seguir viviendo. En eso consiste, en multitud de casos, en multitud de vidas, la superación personal, el modo de encontrar un lugar en el mundo.
 Pero conseguí lo que pretendía. El tono de la negociación, tras la escena con el africano, mi apoyo hacia él y mi vergüenza ajena -que no pasó desapercibida- hacia mis posibles jefes, fue mucho más formal, y toda esa retórica, por parte de ellos, de integración amistosa en una especie de núcleo familiar, desapareció, dando paso a lo que debía dar paso, una negociación de condiciones de trabajo. Fue larga y por momentos tensa, a pesar de que intenté ser comedido en mis apreciaciones. Conseguí poner negro sobre blanco mis pretensiones y derechos. Por supuesto que luego no se cumplieron del todo y que aquella temporada de verano no fue de las mejores... Pero eso es otra historia...
 Durante el tiempo que duró la charla contractual y la redacción de un borrador de contrato estuve fantaseando sobre cómo habría sido la noche (y el futuro inmediato) si el africano hubiese sido Giovani.
 Imaginaba que él vivía como un músico activo en Madrid que completaba su economía haciendo la calle del modo que había presenciado; imaginaba que marchaba en su compañía y pasaba buenos días tocando buena música y compartiendo nuestra amistad de nuevo; imaginaba, en definitiva, que nuestro mundo era el mundo.
 Adopté una actitud circunspecta y me introduje con valentía en el mundo que tenía en verdad ante mí y del que no podía escapar: el mundo de la resignación.



sábado, 1 de octubre de 2016

LA ESCALERA

La noche había transcurrido desasosegada, desgajada su quietud entre sueños mutilados. Cuando la luz procedente de la ventana le sacó por completo de su sueño superfluo, no encontró fuerzas, no tuvo ninguna gana de levantarse para bajar la persiana y, en un ambiente más oscuro, dormir profundamente la escasa hora que le restaba antes de tener que alzarse por la obligación cotidiana, consumir unos cuantos cigarrillos entre el café y el aseo, para abandonar, con prisas, su casa durante todo el día.
 Prefirió, sin planteárselo, contonearse como un gato voluptuoso, cerrar los ojos de nuevo y abrazar la templada calidez de su mujer que dormía, tumbada de costado, dándole la espalda, sumergir su cara entre sus cabellos sintiendo su olor y el cosquilleo que éstos producían en sus mejillas, hasta que, resultándole insoportables, retirase su rostro lo justo para que desapareciese el irritante hormigueo y, abrazándole el vientre con una mano volvió a quedar dormido, con la sensación, otro fragmento de sueño mutilado, de que un ojo le observase desde el techo de la habitación, un enorme ojo de cristal sin párpados de mirada centelleante que le succionaba, llevándole a territorios donde prescindir de ser él mismo.

 No podía decir que el día comenzase bien; tenía sueño, y con prisa y ansia había fumado y tomado café para intentar disuadir el cansancio.
 Descendió la escalera que separaba la tercera planta, donde residía, de la calle, y el sopor le aplastaba pesado y pastoso, como una gelatina que le rebosase desde dentro y emanase vapores hacia afuera que le envolvían como una nube donde ausentarse, como inspeccionándole. 
 Recordaba con añoranza los tiempos en que gustaba de examinar la vida por que todavía no estaba tan habituado a ella como para no verla, hasta que llegó el momento en que, como todo adulto, comenzó a desprenderse de ideas infantiles, más afines a centrarse en el presente que a dibujar bocetos del futuro, renunciando a ellas por que pueden resultar peligrosas, del mismo modo que lo son algunas enfermedades propias de la infancia, cuando son contraídas en edad adulta. El ciclo se invertiría llegada la senectud, volviendo a restaurar aquellas ideas cándidas, volviendo a contemplar y jugar la vida queriendo alejar el hábito de padecerla, convirtiendo este hábito en un continuo elogio al presente, debido a que ningún futuro puede ser ya esbozado; sólo, quizá, la arbitraria esperanza de que se abriese de nuevo el túnel y se sucediese un nuevo parto o de algún tipo de malograda promesa celestial.
 Sumido en esta suerte de auto reconocimiento, descendía la escalera sin reparar en las plantas que debía atravesar hasta llegar a la calle, hasta que se pudo dar cuenta que había bajado durante bastante tiempo, una infinidad de peldaños, revueltas y rellanos sin poder recordar haber atravesado la segunda planta siquiera.
 Quiso parar en un descansillo en uno de los giros que trazaba la escalera, para intentar salir de la nube de vapores desprendida de la gelatina pastosa y pesada que parecía distorsionar su percepción, pero sus pies no le respondían; continuaban con sus acompasados movimientos, aprehendidos durante tantos años, con los que bajaba escalón a escalón decididamente, sin que esta acción encontrase nunca su fin.
 Su cuerpo no atendía su voluntad y su mente se mostraba ajena a este acto. Un miedo limítrofe al pánico estalló, y su mente, fruto de la subida adrenalínica, quizá, se insinuó lúcida aunque nerviosa, intentando pensar con vértigo cómo detener este despropósito. Pero esta reacción no se extendió al resto de su cuerpo, que seguía surcando, con paso resuelto, una escalera interminable.
 Quizá seguía soñando arrebujado en la calidez del cuerpo de su esposa y, si bien el despertador había sonado y, como siempre, lo había detenido de un manotazo autómata, no había llegado a levantarse, y todo lo estaba todavía soñando; los cigarrillos, el café, el aseo personal, la ropa de abrigo y el descenso presuroso por la escalera. Dejó la mente en blanco para luego pensar con decisión: “Vale, ahora me despierto... llegaré tarde al trabajo, pero esto será un mal menor si consigo salir de esta pesadilla...”
 Fue inútil. No despertó, todo seguía igual, su cuerpo descendía la escalera como gobernado por un sistema nervioso que no era el suyo, del modo que lo hacía cada mañana, sólo que, en esta ocasión, la escalera se mostraba eterna.
 Pensó entonces que había enfermado y que, de ser así, si se trataba de una alucinación producto de una mente enfermada de modo repentino, todo su afán debía centrarse en volver a la realidad, no hacerle caso, esa podía ser la puerta de salida de este absurdo, no entrar en pánico, hacer que su pensamiento se liberase de esta situación con indiferencia, hasta que, por su insensibilidad hacia ella, desapareciese, tal y como se hace con las situaciones desagradables en la vida cuando no hay modo de enfrentarlas; y este hecho no era demasiado distinto. Puede ser que ignorándola, se descubriese plácidamente sentado en el bidé, lavando su ano y sus genitales, antes de prepararse para acudir a la oficina.
 Así consiguió relajarse un tanto y que menguase su nerviosismo. Le reconfortó comprobar que no sentía ningún cansancio, ni sensación de dolorosa fatiga en sus rodillas y gemelos, como debía ser lo propio tras tanto tiempo descendiendo escaleras. Este hecho apuntalaba la hipótesis de que se tratase de una alucinación y le embargó la preocupación de, tras descubrirse en el bidé (no sabía por qué, pero esa idea, la imagen de sí mismo sentado en el bidé, se le presentaba con tal fuerza en la imaginación, que daba por hecho que esa era su situación en un hipotético plano de realidad, quizá sentado con expresión catatónica y un hilo de baba colgando desde la comisura de sus labios y sujetándose el escroto con una mano temblorosa detenida en la acción de higienizar sus partes íntimas.) cuando su mente tuviese a bien hacerlo, tener que acudir a un especialista y de no poder hacerlo solo, imaginaba si se repetía este tipo de engaño como el que estaba padeciendo, o cualquier otro,  y le asaltaba mientras conducía su coche, por ejemplo, poniendo en riesgo su vida y la de otras personas que tuviesen la desgracia de cruzarse en su vida en semejante momento.
 Intentó llevarse una mano a la mejilla, detectar con el tacto ese hilo de baba que sentía discurrir deslizándose junto a su mentón -ya no se trataba sólo de una imagen representada en su cerebro- pero pudo comprobar que sus manos y brazos tampoco le respondían; todo su cuerpo seguía, con la obcecación que muestran aquellos que adolecen de pensamiento propio, inmerso, de manera resuelta y enérgica en la acción de descender por la escalera infinita, sin sentir ningún desgaste físico como consecuencia de este ejercicio u obviando, si lo hubiese, su existencia; podía ser que la escalera le hubiese secuestrado y que sus días se resumiesen, en adelante, en al acto de bajar la escalera sin ninguna conciencia de estar haciéndolo, mientras su mente divagaba estupideces en un continuo sin fin.

 Desde que despertó había sabido que el día no comenzaba bien. Cuando, perezoso para cerrar la persiana y caer en un sueño reparador, decidió abrazarse a su esposa sintiendo los perfumes de su cuerpo tan de cerca, tuvo el impulso -que reprimió- de acariciarse el pene mientras deslizaba su otra mano de los pechos al pubis de ella, susurrándole al oído cosas tiernas mientras le besaba el lóbulo de la oreja, hasta conseguir la erección necesaria para penetrarla con suavidad; sintió esa necesidad por que presagiaba por medio de una tenaz intuición que esa iba a ser su última oportunidad para hacerle el amor.
 Al recordar este hecho pudo discernir que estaba ante la demostración de una certeza que le situó ante los abismos de la incertidumbre, haciéndole recordar a un viejo amigo, quien tiempo ha le relató su sensación -pero eso no era ninguna alucinación- de encontrarse descendiendo suave y lentamente, sin estrépito, a través de una sima, en el fondo de la cual le esperaba la salvación o la condena, cuando, al serle diagnosticada una grave enfermedad, fue sometido a un tratamiento de varios meses de duración acerca del cual, no podía saber hasta transcurrido ese plazo de semanas y más semanas, si le había resultado efectivo o no había cursado ningún efecto en él, si había entrado en el grupo de los elegidos a quienes el fármaco ofrecía un extenso paliativo, o no. Su amigo le aseguró en aquella ocasión que sólo podía relajarse mediante esa visión de descenso suave y confortable, hasta que, transcurridos los meses, le fuese comunicado si había llegado al lugar luminoso y conocido de la vida o, por el contrario, a la oscuridad incierta de la muerte, y que esta sensación de ficticio bienestar era su única manera de conjurar la incertidumbre de su dilatada espera, haciendo que todo en su existencia, desde su entorno y otras relaciones, hasta su toma de decisiones o el ritmo que desease imprimir a su día a día, tuviese que orbitar en torno a este descenso incierto y lento, tan tranquilo como si estuviese cercano a la ingravidez. Al contrario que la experiencia que su amigo le narró, el movimiento vigoroso con que descendía la escalera inagotable, le ofrecía muestras de un rápido desenlace.
 Su cuerpo que hasta ese momento bajaba los peldaños con voluntariedad e ímpetu, comenzó a mostrar cierta asincronía, decelerando el paso, pasando de un peldaño a otro como si sus pies fuesen muy pesados, hasta casi quedar pegados a la huella de cada escalón, sus piernas comenzaban a flaquear como si no soportasen el peso de su cuerpo hasta que cayó rodando escaleras abajo al tiempo que, de manera violenta, se abrió la puerta del cuarto de baño y su mujer, alarmada y asustada pero armada con la necesaria sangre fría, se inclina sobre su cuerpo desnudo, tendido junto al bidé, mientras le toma el pulso y llama con el celular al servicio de emergencias.

lunes, 12 de septiembre de 2016

DESAGÜES


                                               I                                            
Mientras el fontanero trabajaba con denuedo y cabreo, porque la reparación se estaba prolongando más de la cuenta -siempre surgen imprevistos- y acababa de arruinar su estómago mediante un vil percance (las cañerías a veces te escupen encima) mientras otros clientes del seguro hogar esperaban -y esto suponía un estrés adicional- atribulados por los desastres, siempre engorrosos, inherentes a los fallos tanto del sistema de abastecimiento de agua como por el de su eliminación una vez ha sido contaminada y enguarrada ésta, Matías reflexionaba acerca de por qué en tantas casas que había vivido, había padecido siempre problemas con los desagües. Y problemas serios, no pequeños atascos que generan una pequeña inconveniencia en un lavabo fácilmente reemplazable de su servicio de modo temporal por otro artefacto similar como el fregadero sin ir más lejos... Nada de eso. En estos momentos, el fontanero, blasfemando, acababa de utilizar de modo imaginario su desagüe fisiológico particular para verter su contenido, de palabra, sobre una ficticia galleta que llamó "ostia santa", cuando al desconectar del sifón que pendía del techo, donde estaba trabajando, y que conectaba todos los tubos de vertido de los diferentes aparatos del cuarto de aseo situado en el piso superior de la vivienda, al otro lado del techo, la acometida que recogía la suma de los vertidos de cada aparato lavatorio, (dícese bidé, bañera, y lavabo) para proceder a su sustitución, recibió un potente escupitajo por parte del atrancado tubo, en forma de mejunje pastoso, grisáceo y maloliente con consistencia algo peluda y fangosa y que, además, le cubrió el tórax y el rostro de gruesos goterones, pequeñas unidades altamente odoríferas y de lo más repugnante. Fue al escuchar la exclamación defecatoria del fontanero sobre la simbólica y santificada representación del cuerpo de cristo, que extendió a continuación a otros ámbitos no  religiosos tipo "puta que la parió", y verle aturdido, cabreado y con mueca torcida, cuando comenzó a reflexionar acerca de por qué en tantas viviendas había tenido tantos problemas severos con los desagües; si de algún modo esto podría tener que ver con algún tipo de transferencia que hubiese realizado, sin saberlo, sobre los distintos hogares que había habitado: "Del mismo modo que se dice que la forma en que mantienes y ordenas la casa, constituye un reflejo de tu personalidad o estado psicológico, -se decía- también puede ocurrir el modelo a la inversa, es decir, que tu personalidad o psicología influya en como esté tu casa, pero no a partir de las acciones que puedas realizar, como limpiar y ordenar más o menos o nada en absoluto si estás muy arruinado mentalmente o presa de un alcoholismo feroz, por ejemplo, si no en las cosas que a la casa le pudieran pasar (y de hecho le ocurren) por sí mismas. En este sentido, es normal que a un pirómano se le incendie la casa; que a un putero se la destroce un proxeneta cabreado, tal vez; que a un depresivo se le llene de cucarachas; que a un usurero se la desbaraten y vacíen los ladrones sabedores de su usura y almacenamiento de costosos bienes..." y asociaciones de este tipo colmaban su reflexión mientras se preguntaba por qué a él siempre le habían fastidiado tanto los desagües en el tranquilo transcurrir de sus días; qué tipo de proyección merdosa iba desparramando por el mundo.
 Fue a partir de ese día cuando comenzaron a sucederse los sueños, relativos a esta impúdica cuestión, que amargaban sus noches. Nunca despertaba con el recuerdo de haber soñado nada dulce, fantástico o, aunque sea, inquietante, pero rodeado de ese halo de misterio que tienen los sueños inquietantes, que los puede convertir en atractivos. Despertaba siempre con verdaderos tufos escatológicos que condicionaban sobremanera el resto del día, por lo que decidió tomar cartas en el asunto y acudir a un especialista. 
                                             II                                             
 Al doctor Álamo lo eligió por su nombre -le sonaba majestuoso y dotado con la sabiduría paciente de un viejo árbol-, tras mirar una larga lista de psiquiatras (en los tiempos en que sucedieron estos hechos internet sólo era un experimento militar) en el listín telefónico. Tras la primera consulta, en la que el doctor le insistió que su caso, al menos por el momento, no entraba en las competencias de la psiquiatría y que era sólo un trastorno psicológico leve, recomendándole que buscase un especialista "de diván" (textual) y no un recetador de pastillas nostálgico de la lobotomía (qué tiempos aquellos que con esa sencilla operación se resolvía tan fácilmente todo trastorno) y como que Matías siguiese, aun así, empeñado en contratar sus servicios: "Y, ¿quién sabe si esto va a ir a más, como a mí me parece sentir, y lo que ahora son sólo sueños feos, no exactamente pesadillas -insistía, como si esa diferenciación semántica fuese trascendente para la buena ilustración de su caso al doctor- terminan por convertirse en alucinaciones...? El otro día en el autobús me pareció estar al borde de una de ellas. Sólo fue por un mínimo instante, pero por un momento me pareció que todos los viajeros se acuclillaban y ya puede usted, doctor Álamo imaginar con qué finalidad...". El doctor le aconsejó que intentase sacar todos los recuerdos que tuviese referentes a la obsesión enfermiza que le ocupaba. Debía hurgar sin compasión ni contemplaciones por su pasado y extraer, verter hacia afuera, todo aquello que pudiese estar instalado en las profundidades insondables de su mente. Seguro que una vez fuera, dejarían de perturbar su inconsciente. "Es decir, -le dijo el doctor emitiendo una sonrisa, sorprendido por su terapéutico ingenio- debe usted desatrancar el desagüe que parece anegar de mierda su mente". Matías le preguntó si, ya que era su dedicación mas exhaustiva ésta de recetar fármacos, no tendría alguno por ahí que fuese capaz de filtrar su mundo onírico, dejando sólo pasar los sueños que nada tuviesen que ver con su presunta obsesión, ante lo cual el doctor Álamo volvió a sonreírse diciendo: "Qué divertida es la ignorancia amigo Matías... Es usted muy imaginativo. Bien mirado se debería investigar en ese sentido y fabricar píldoras para soñar a la carta... es una buena idea: una píldora roja para sueños excitantes y pasionales; una píldora azul para volar por fantásticos territorios...jejeje -se volvió a reír el doctor entusiasmado con su cliente- ¡ya podría usted dejar de tomar la píldora marrón y asunto concluido!" Matías rió el ingenio del especialista un poco entre dientes y entonces le contó su teoría de que fuese su personalidad, su carácter, su experiencia, o la mezcla de todas estas cosas, lo que influyese en los deterioros de sus viviendas, narrándole con detalle su especulación al respecto, la que había pensado el día que el fontanero arreglaba el sifón de los desagües de su casa. "Muy ingenioso usted Matías, pero eso entra en el terreno de la literatura y, si acaso, del chamanismo o de la perturbación mental, ya le digo, pura literatura, los científicos jamás iniciaríamos una investigación en ese sentido; jamás podríamos encontrar evidencias que demostrasen tal disparate". La sesión de consulta concluyó con la reiteración por parte del doctor Álamo de que debía sacar de sí toda aquella experiencia alojada en su memoria que le estaba provocando el trastorno y diciéndole que se volviese a poner en contacto con él en el caso de que persistiera -y por supuesto si empeoraba- su perturbación. Ante la insistencia de Matias, que veía al doctor Álamo como un verdadero y frondoso refugio de sabiduría y protección, decidieron fijar nueva consulta para la semana siguiente en lugar de esperar al momento que el paciente considerase necesario. Tal día a tal hora.
                                            III                                               
 Tal y como le había aconsejado el doctor, Matías comenzó a buscar en su memoria aquellos incidentes que le habían resultado más desagradables o más le habían impresionado en su momento, eligiendo sobre todo -y en esto fue muy claro y redundante el doctor Álamo- aquellos que hubiesen tenido algún tipo de carga emocional añadida al hecho acontecido en sí, fuese por el momento en que ocurrieron, o por aquellos a quienes afectasen, o por ulteriores consecuencias que hubiesen acarreado ocasionando, quizá, alguna circunstancia que hubiese podido ser importante, para bien o para mal en el curso posterior de su vida, es decir -le insistió Álamo- aquellos susceptibles de haber causado algún trauma que se hubiese enquistado en su subconsciente y pudiera aflorar en sus sueños recurrentes. Cerró los ojos e hizo un repaso mental por las casas que había habitado en orden cronológico descendente a partir de la que ahora ocupaba y cuyo incidente, ya narrado, no tenía demasiada trascendencia. Pasó por algunos curiosos sucesos como de puntillas. Sólo se detuvo por unos momentos, riendo un tanto, en un desatranque que realizó él mismo -en esos tiempos andaba escaso de peculio- en el colector general de la vivienda en cuestión, que atravesaba el pequeño jardín de la casa y que estaba atrancado por las raíces de un árbol. Para su eliminación práctico un agujero en el tubo, teniendo con antelación que cavar unos treinta centímetros para dar con el colector, e introdujo por este orificio un enorme dispositivo pirotécnico. Tras la explosión las raíces se habían triturado y sólo tuvo que componer un parche utilizando hormigón en la parte afectada por la explosión del viejo tubo de cemento. Pero cuando entró en el aseo donde se encontraba el inodoro, encontró las paredes y el techo de la habitación decoradas de un modo muy especial. Por la presión de la onda expansiva, la taza del váter había vomitado de una manera exhaustiva, a juzgar por los resultados apreciables en las tres dimensiones de la habitación, multitud de lodos fecales que reposaban con anterioridad en la tubería, retenidos por el atranque que acababa de eliminar. Pero este incidente, aunque le causó notable irritación en su momento, no había quedado archivado en su memoria más que en forma de divertida anécdota que sólo le incitaba a preguntarse cómo había podido ser tan estúpido. No era por tanto uno de los sucesos a los que el doctor Álamo se refería cuando le dijo lo que debía hacer. 
 Se distrajo un momento de sus introspecciones cuando la pizarra eléctrica emitió una señal sonora y un nuevo nombre apareció compuesto por pequeñas tabletas móviles de plástico. No era el suyo, debía seguir esperando su turno en la oficina. La espera se demoraba mas de quince minutos sobre la hora estimada de su entrevista. Era normal, en ocasiones había tenido que esperar más de una hora. Siguió dando un repaso mental a sus experiencias (esa era una tarea en la que podía invertir tiempos muertos como éste que ahora le ocupaba) y recordó aquel día tan lejano en el que una amiga suya (con la que ya no mantenía relación ni contacto alguno) que se llamaba Macarena le visitó desde su Sevilla natal acompañada de su novio alemán, un turista que había conocido en la Costa del Sol y que había alargado sus vacaciones por estar junto a ella -cosa que enorgullecía notablemente a la chica y había molestado en mismo grado a Matías- por tiempo indeterminado, postergando por ello el recibimiento gris y nublado que le esperaba en su país de origen. Para halagar a su amiga en mayor grado, Matías organizó ese día una pequeña reunión entre amigos. deseaba que ella se llevase un buen recuerdo de la estancia en su casa. Era un día de verano.
                                             IV
La casa estaba bastante ambientada cuando llegaron los homenajeados. Eran las once de la mañana de un caluroso día del mes de julio. Matías había llenado la nevera con buenas cervezas alemanas; el equipo de música derramaba ritmos funk con un contundente bajo eléctrico haciendo las delicias de los pies de algunos de los invitados que charlaban, botellón de cerveza en mano, sin que sus animadas peanas pudiesen resistirse a llevar el compás esbozando la música, como dibujándola en el piso con autonomía de sus dueños, que intercambiaban frases simpáticas y sonreían tanteándose todos aquellos que no se conocían entre sí pero que siempre encontraban el nexo, la persona común, que les había juntado en una misma casa, en una misma habitación, en esos momentos. Otro grupo de personas preparaba en la cocina algunas viandas con las que acompañar el alcohol. 
 Estando así el ambiente se presentaron los invitados objeto de la reunión homenaje. Venían sudorosos y cansados tras un largo viaje en tren y una caminata desde la estación hasta el domicilio de Matías, largo paseo que llevaba implícito atravesar todo el casco antiguo de la ciudad y recorrer algunas de las más emblemáticas señas de identidad de la misma, cosa que Macarena quería hacer con su novio pues disfrutaba de mostrarle su país cogida de su brazo o su cintura y de, en un acto simultáneo, mostrar también a su país y sus gentes su enorme novio con cierto orgullo, como si lo hubiese extraído de una mítica leyenda.
 El hombre se llamaba Sigfrido, así lo bautizaron los invitados cuando se presentó como Siegfried, arrastrando mucho las ies y no pronunciando en absoluto las es, y haciendo de la g un semigargarismo, muy propio expresado en sus labios. Hacía honor a su mitológico nombre nórdico. Todos a su alrededor, salvo alguna excepción de talla algo más luenga que conseguía asomarse por encima de los hombros del gigantón, parecían pequeños Nibelungos. Macarena no pasaba del metro sesenta y era más bien rolliza. Al verla junto a él, rodeando su cintura y con la cabeza apoyada en la boca del estomago del hombre, a Matías le ofreció la impresión de que fuese más amuleto que novia del rubio alemán con coleta y mandíbulas cuadradas que esgrimía simpática expresión y anillados pelos rubios cobrizos que asomaban bajo las perneras de su pantalón corto, cubriendo sus pantorrillas, gordas como muslo, de pequeños destellos, pantorrillas que concluían en sendas enormes botazas que parecían capaces de aplastar cualquier inconveniencia sin que su dueño pudiese darse cuenta siquiera.
 Matías siempre había sentido una fascinación especial por Macarena, bien fuera por su salero andaluz y desparpajo al hablar siempre con espíritu cómico, como convocado los lados más destacablemente subrealistas o directamente necios de lo que le rodeaba, o bien por sus curvas, menudas pero bien trazadas por unas carnes muy bien colocadas, o por una mezcla de las dos cosas, y siempre le había fastidiado de una manera inexorable e impotente, que los gustos en cuanto al físico del sexo opuesto por parte de la muchacha andaluza, hubiesen sido tan diametrales a los que la genética y la naturaleza había concedido a su persona; hecho éste ante el cual Matías sólo pudo apelar a la resignación y desentenderse de cualquier intento de seducirla. Conservaban una buena amistad que les empujaba a visitarse en sus ciudades respectivas de tanto en tanto desde que se conocieron, hacía varios años, en una ocasión en que Matías quiso conocer la feria de abril sevillana e hizo el ridículo, algo borracho de manzanilla y grasiento por dentro por el pescado frito y el jamón, bailando sevillanas en una caseta de donde lo echaron por pisotear los pies y arruinar los volantes de algunas bailaoras que no suelen perder la seriedad de su folclore venerando a "Los del Río". Macarena estaba casualmente por ahí, se apiadó de él, empatizó con sus críticas sobre la fiesta sectaria, le acompañó a pasear por el parque de María Luisa, le ofreció cobijo en su casa -sólo cobijo- y le regaló su amistad.
 Cierto licor comenzó a llenar el estómago de Matías junto con la cerveza que ingería de manera moderada a tan tempranas horas. Este licor autodestilado comenzaba a formar en la imaginación de Matías algunas películas animadas mostrando como sería la relación íntima (para él vedada) entre el gigante y su amuleto que le resultaban mórbidas a la vez que hilarantes con cierto poso de repugnancia; el veneno de los celos instalándose en sus entendederas con la cerveza abriéndole las compuertas de su desinhibición con alevosía. Una traidora invasión en toda regla sobre la que Matías no levantó defensas, siguiendo un imbécil juego interno basado en la comicidad inocente; su fortaleza, el bastión donde conservar el decoro, a punto de caer demolido por la acción de enormes catapultas lanzando rocas contra él.
 Sigfrido dejó la enorme mochila llena de cosas colgantes alrededor, como si llevase una casa plegable a cuestas, en un rincón, e hizo gesto de desperezarse. Luego se acercó a Macarena que estaba introducida en un corrillo con Matías y unos cuantos de sus amigos, se acachó en medias cuclillas y le acarició la larga y espesa cabellera azabache con delicadeza, mientras acercaba su rostro como quien intenta percibir el aroma de una delicada flor y le susurraba unos vocablos ininteligibles en su oreja, besándola después. Se puso de nuevo en pie y recorrió con su mirada los rostros de los que formaban el corrillo de amigos, como observando su reacción, o sólo por que no sabía para donde mirar ni qué decir en un idioma que sólo chapurreaba vagamente. Macarena les dijo que estaban muy sudados y cansados del viaje y que querían ducharse y miró a Matias como pidiendo consentimiento. Le dijo que ya sabía donde estaba el baño, en el piso superior, justo sobre sus cabezas. Sigfrido agarró la mochila como si se tratase de una ligera bolsa vacía y ambos se encaminaron, saliendo del salón en dirección a la escalera. 
 Subieron las escaleras para ducharse presumiblemente juntos. Matías se entristeció pensando que nunca había utilizado su bañera de manera tan exquisita y se perdía en imaginaciones mientras acompañaba, escaleras arriba a la pareja. Cuando estuvieron frente a la puerta del baño, Matías la abrió, e invitándoles a pasar les dijo: "Toda vuestra". Una enorme bañera antigua de hierro esmaltado con patas se ofrecía como un recipiente muy adecuado donde introducir amorosas libaciones, ante la mirada achispada de Macarena; feliz y deseosa de Sigfrido y profundamente aturdida de Matías, que no pudo evitar quedarse sentado en el primer peldaño de la escalera antes de bajar de nuevo a reunirse con sus invitados. Reflexionaba y sentía su mente como un sumidero de porquería. Él ya sabía que Macarena iba a venir con su novio y creía que, aunque profundamente colgado por la chica, iba a estar por encima de esa situación. Sin embargo, esto no fue así. Sufría y sentía desagradables emociones con respecto al gigantón, como si éste le estuviese aplastando con sus enormes botas de talla cincuentaytantos, emociones que fraguaban en él unas respuestas contra las que luchaba denodadamente para que no traspasasen los muros de contención de su imaginación, para que no se convirtiesen en actos; ni siquiera en palabras.
 Oía el agua correr procedente de la ducha y algún suspiro entre expresiones de escalofrío y muchas risas sonando -ese tipo de risa- a antecedente de dulce contacto íntimo. Matías decidió que, llegado este punto, era el momento de bajar de nuevo a la fiesta y entretener su mente con sus amigos, dejando a la pareja que disfrutase de su hospitalidad con plenitud, pero algo terminó por acabar con el poco sentido común que le quedaba, haciendo que se precipitase escaleras abajo como poseído por mil demonios: la voz de Sigfrido atronaba cantando sobre el fondo de las risas de la muchacha: "Dale a tu cuegpo aleguía Macaguena, que tu cuegpo es paga dagle aleguía y cosa buena.... Heeerrrr Macaguena" 
                                               V
Entonces ocurrió la catástrofe. 
Los invitados, ahora ya reunidos todos en el salón de la casa rezumaban alegría por los cuatro costados, bailoteaban la música funk y se pasaban platos con canapés mientras trasegaban cervezas. Planeaban como iba a ser el desarrollo posterior de la fiesta, en que orden iban a sucederse las sorpresas que algunos de ellos habían preparado para animar la posterior velada... muchos juegos y actuaciones en vivo de las más diversas disciplinas. Se podría decir que era un buen ambiente y que Matías había podido, en virtud del calor y simpatía de sus amistades, trascender los celos que habían arruinado su cerebro y su discernimiento momentos antes... hasta comenzaba a sentir cierta simpatía por Sigfrido. En el piso superior se escuchaban algunos ruidillos, algo así como si una antigua bañera con patas se estuviese desmontando, le parecía a Matias... y el rumor de una profunda voz grave canturreando.
 La bajante del desagüe del baño descendía vertical por una esquina del salón donde se encontraban Matías y sus invitados, oculta tras un fino tabique de escayola. 
 En el piso superior las cosas habían transcurrido de manera muy distinta a como Matías las había imaginado. Sigfrido había sufrido una potente colitis. Había salido trastabillando y resbalando a toda prisa de la bañera donde, momentos antes, se enjabonaba mutuamente la pareja -ese fue el momento donde parecía que la bañera se estaba desmontando- y llegó muy justito a aterrizar con sus cientoveinte kilos de peso sobre la taza del váter. De manera simultánea Sigfrido se sentó de golpe en el inodoro, evacuó, suspiró aliviado (un suspiró tan gigante como él) y el antiguo váter reventó, cayendo de costado y dejando a Sigfrido en cuclillas sobre la boca de la bajante donde antes había estado conectada la taza.
 Al romperse el váter, también fracturó la boca de la antigua bajante de cerámica, por lo que varios fluidos que antes habían pertenecido a Sigfrido, se derramaron sobre los invitados en una fina lluvia... Para ellos fue algo asombroso. De repente se escuchó un potente ruido como de demolición controlada y una pequeña explosión se produjo en el techo del salón, en una esquina. Cayeron algunos pequeños cascotes del murete de escayola que ocultaba la bajante y una fina lluvia maloliente arruinó la fiesta.
 Los invitados se fueron, debían mudar sus ropas y darse una buena ducha; Sigfrido, deshecho en retortijones, tuvo que ir con prisa, acompañado por Macarena al servicio de urgencias del hospital... Y Matías se puso manos a la obra a reparar, con sus escasas habilidades como albañil, su destrozado váter.
                                                VI
La pizarra electrónica por fin escribió su nombre. Debía dirigirse a la mesa diez.
Se sentó frente al funcionario de la oficina de empleo y dejó ante sí su libreta y su bolígrafo. 
El funcionario le explicó cual era la oferta de trabajo para la que había sido requerido. Se trataba de una empresa de construcción y precisaban personal para reparar y sustituir las bajantes de una gran cantidad de edificios en un barrio histórico de la ciudad. Seis meses de trabajo estaban garantizados; probablemente se prorrogaría el contrato por meses hasta concluir la obra. No es un trabajo muy agradable, le dijo, pero el salario es bueno... Tendrá que pasar usted unos meses entre desagües.
Matías aceptó el contrato, no tenía mucha posibilidad de elección. Antes de despedirse el funcionario le preguntó, por curiosidad, acerca de la libreta que se mostraba abierta y manuscrita ante él. "Sólo son unas notas que he tomado mientras esperaba mi turno, he escrito un relato para no aburrirme". "Y... ¿de qué va su historia?, si no es mucha intromisión..." le dijo el funcionario, mostrándose amable y simpático. "Va de desagües la cosa". Matías estrechó la mano del funcionario y se fue a visitar al doctor Álamo.

domingo, 4 de septiembre de 2016

EL CUERPO DESHABITADO




EL CUERPO DESHABITADO.

Martín Meseguer no era un zombi; ésta, ser zombi, no es la única manera, junto con ser un cadáver, de ser un cuerpo deshabitado. Los zombis, al menos cómo los vende la industria cinematográfica -no he tenido el gusto, si eliminamos toda irónica metáfora, de conocer a un ejemplar auténtico de esta subcategoría humana- son cadáveres que han vuelto a la vida, pero sólo en su faceta orgánica; sólo se preocupan por comer y cuando no tienen comida cercana, es decir un humano completo por lo general, permanecen en estado de reposo. Sus cuerpos viven, pero están deshabitados como los de los muertos y por tanto, sus cerebros y sistema nervioso sólo cumplen funciones reflejas y vegetativas. Dónde han ido los habitantes que otrora residiesen en ese edificio de carne, hueso y humores, es motivo de controversia en la que no vamos a entrar porque no viene al caso en este relato. Sólo exponer, a grandes rasgos, que para místicos, religiosos y, tal vez, algunos seguidores de la corriente de pensamiento que aborda la descendencia humana de seres extraterrestres que nos visitaron en los tiempos de Mari Castaña, de un modo u otro el habitante (que no es más que un inquilino temporal de un cuerpo hasta que éste queda hecho unos zorros, ya sea de manera natural o por accidente y que paga su alquiler transitando por este valle de lágrimas que llamamos mundo) se va a otro lugar, ya sea otro cuerpo si desea seguir pagando alquiler o le es impuesto esto a modo de penitencia, o un paraíso de seres de luz o de monstruosos seres que te van a hacer la vida (mejor la muerte o postmuerte) imposible, por haber sido un capullo o simplemente alguien que no quiso pagar tanto alquiler (hay que decir que los precios son altos y siguen encareciéndose) por transitar este mundo o por no creerte  nada de estas cuestiones inmobiliarias. Para los no religiosos, místicos y extraterrestres, el habitante deja de existir básicamente cuando se extingue el sistema nervioso, es decir que el sistema eléctrico del inmueble y, por tanto, el ordenador central se funden irremisiblemente y con él, todas las creencias, conocimientos y pajas mentales que el habitante, que como hemos dicho se ha fundido, pudiese albergar, saber o creer.
 Estás son las dos explicaciones mayoritarias que responden a la pregunta que todo el mundo se hace cuando se encuentra con un finado: ¿dónde habrá ido el alma (o habitante) que animaba (vale decir daba vida, no que le montara la fiesta de manera permanente) de fulanito? Y cada cual que piense lo que quiera.
 Pero como estaba exponiendo, y éste es el motivo de este relato, Martín Meseguer no era ni cadáver ni zombi. Sería más parecido a una especie de creación (de la que también nos ha ilustrado el cine en numerosas producciones y que tiene más visos de ser cierta en algún momento futuro que la de los zombis) en la que se combinasen un cuerpo humano con un cerebro electrónico o artificial, carente de los rasgos humanos característicos como emociones, afectos, etc. Pero tampoco era ese el caso de Martín. La diferencia más sustancial que Martín mantenía con este tipo de criaturas era que él no respondía con sus acciones, quehaceres y vida cotidiana en base a un programa (hoy en día se utiliza más la palabra aplicación) que le hubiesen instalado en sus circuitos sus creadores humanos. No. Martín poseía libre albedrío; otra cosa es que fuese capaz de utilizarlo, ejercitarlo y ser, en consecuencia, dueño de él por completo.
 Martín tampoco es un loco, por que, en cualquier caso, un loco no es un cuerpo deshabitado, digamos que es un cuerpo habitado por alguien que, bien por trastornos fisiológicos, bien por graves perturbaciones psicológicas, o por una mezcla de estos dos factores, (o una simple y llana renuncia) es un poco raro a ojos del colectivo, independientemente de que este colectivo pueda hacer cosas muy raras y de modo absolutamente fervoroso, como salir en determinados días del año con un cucurucho en la cabeza precediendo de modo muy solemne una pesada y enorme estatua que es transportada en las espaldas de varios, también fervorosos, transportistas que caminan dolientes, por ejemplo; o ponerse muy agresivos si unos hombrecitos en calzoncillos han metido más veces la pelota en una especie de portal con una red  que otros que llevan calzones y camisas difrentes, por citar otro caso (hay infinidad) en el que, según en que cultura habitemos, se hacen unas u otras cosas de lo más raro. De todos modos, queda claro que éste no era el caso de nuestro protagonista.
 A Martín tampoco lo había embargado un vacío existencial que le hiciese sentirse como un cuerpo deshabitado. Tampoco se trataba de una cuestión de este tipo. Al contrario, se sentía lleno de convicciones, como en un estado de plenitud intelectual, y le era muy sencillo argumentar en base a ellas cuando se daba la ocasión y mantenía conversaciones sobre los más diversos temas;  no era una persona inculta; tampoco ninguna eminencia en ningún campo, se podría decir que llevaba una vida normal, su trabajo, su familia, su descanso merecido, su tiempo de ocio invertido en las maravillas que la tecnología ponía a su disposición y que hacían, a su vez, que se reafirmasen sus convicciones y se nutriesen de buenas argumentaciones copiadas de personajes con más o menos buena retórica, con las que abundar en sus argumentos cuando se daba la oportunidad de defender sus creencias  y convencimientos con rigor y vehemencia. 
 Ya vamos cerrando el círculo. Recapitulando: tenemos un sujeto; sabemos que se llama Martín Meseguer; sabemos que no es ni cadáver, ni zombi, ni mezcla de robot y humano, ni un loco, ni ha caído presa del vacío existencial y la depresión consiguiente, ni es un ignorante. 
 Sabemos, para finalizar y aunque él no lo sepa, que no es más que un cuerpo deshabitado y que podía llamarse de cualquier otro modo.


lunes, 22 de agosto de 2016

SILENCIOS

Miró al público a su alrededor; todos manifestaban la misma expresión de paz, dejándose arrastrar por el lento y cadencioso compás de tres por cuatro. Los observó durante un pequeño instante porque sintió la necesidad, que se manifestó de forma refleja con esa mirada de ciento ochenta grados, de asegurar que no sólo él estaba experimentando algo especial con la audición del cuarteto. Volvió a cerrar los ojos sintiéndose vagando por un enorme espacio deshabitado, como una disolución en la que no podía con exactitud hablar de placer; incluso esa cualidad puede desaparecer cuando se disipa toda vinculación, ya sea con uno mismo o proyectada hacia afuera; y en eso parecía consistir su transcurso por ese suave médano desierto donde podía propagarse en calma arrullado por los vientos de la música.
 Estaba escuchando la música de un modo inverso al habitual. Descubrió que en eso consistía esa extraña paz que le inducía. Se introducía en los silencios que había entre cada nota, en el lento desvanecerse de los acordes del piano, hasta hacerse inaudibles y ser atacado por una nueva armonía; penetraba en esos espacios en los que no había más que silencio; era como si el silencio estuviese siendo adornado por música y no, como suele ser habitual, el caso contrario, la música adornando al silencio o haciéndolo desaparecer. Y en ese silencio estaba encontrando una paz que era capaz incluso de trascender el placer. Las vibraciones de las graves notas del contrabajo, lentas y espaciadas, reverberaban en su interior, propagándose desde la profundidad de su barriga de forma expansiva hasta callar, ya muy debilitadas, en el bello de su cuerpo y los poros de su piel; y entonces el silencio dejaba su cuerpo relajado, a la espera de que un nuevo geiser brotase con la siguiente nota para que continuase meciéndole entre cada sonido y el siguiente, paseando por los cada vez más profundos -así lo percibía él- y largos espacios entre ellas.
Eso era justo lo que necesitaba una noche como aquella, en la que lo mejor que podía hacer era acallar su voz interior hasta que se hubiesen enfriado sus emociones y sentir que hay vida más allá de cualquier desengaño y regalos que recibir más allá de cualquier frustración. Se estaba desprendiendo de todo eso, hasta parecerle -el hecho de haber sido abandonado- una nimiedad de la que podía reírse, balanceándose en ese dulce silencio adornado de manera exquisita, como si hubiese comprendido que en esa debilidad, en esos regalos que se presentan desde la mayor humildad y sin constituir ningún tipo de algarabía para obsequiarte, residía la mayor de las fortalezas.
 Cuando el contrabajista comenzó su improvisación sintió un profundo lamento en su interior. Desgranaba frases con largas notas que ligaba arrastrando los dedos sobre las cuerdas con precisión, jugando con el tiempo hasta dilatarlo y contraerlo a su antojo, y, de nuevo, el silencio entre frase y frase, haciendo que se introdujera en él y percibiese un profundo dolor que no le correspondía. Era como si, habiéndose borrado toda su sensibilidad hasta quedar sumido en una paz inefable, comenzase a impregnarse ésta de una profunda pena la cual, lejos de aliviarse, comenzaba a representarle imágenes preñadas de clarividencia o como si se tratase de sus propios recuerdos, desvaneciéndose las delicadas dunas por las que antes se había disuelto y encontrándose paseando entre la niebla con el dolor en el corazón desgarrándole todas sus fibras como jamás había sentido, llenándose el silencio -ese silencio, antes exquisito, que era adornado por la música- de sollozos y suspiros, como si los trajese un ligero viento que se había levantado repentinamente azotándole. Sintió frío, un suspiro glacial que brotaba desde dentro de él hacia afuera con cada frase que emitía, cada vez más cargada de un inmenso desconsuelo,  el instrumento, como si fuese un apéndice más de aquel que lo acariciaba con profundo respeto, apareciendo de entre la niebla -y no había nada más que niebla- un séquito que se acercaba hasta rodearle entregándole una pequeña urna de cristal donde estaban depositadas unas cenizas. Y entonces a sus pies comenzaron a prodigarse más de estos recipientes, hasta perderse en la lejanía y en la niebla que colmaba y rellenaba todo el vasto espacio.
 Abrió los ojos y miró al contrabajista, necesitaba saber que ese dolor no era de su propiedad y un conato de alegría impregnó su humor dolorido al constatar que todo su desengaño amoroso no era más que una pequeña carcajada que le había prodigado la vida ante sus narices. El músico seguía improvisando con absoluta calma, haciendo a su contrabajo decir lo que él no podía expresar con ninguna palabra. Su rostro, con los ojos cerrados, apuntaba a las alturas y se contraía ligeramente entre nota y nota, como si estuviese en un lugar que no deseaba pero del que no quería salir, tomándose su tiempo entre cada línea melódica que iba desarrollando como si algún extraño ser omnipotente manejase sus manos y sus brazos. El sudor mantenía húmedo su cuello y perlaba su rostro, pero resbalando por sus mejillas se adivinaba camuflada alguna lágrima. 
 Cerró los ojos nuevamente y avanzó trastabillando entre la niebla espesa y húmeda que calaba su ropa, atravesando su piel, hasta la médula de sus huesos. Por un momento el silencio se adueñó de todo el espacio, como si, al centrar su atención en el hueco dejado entre una nota y la siguiente, se hubiese abierto una puerta cuyo umbral hubiese traspasado, y allí pudo encontrarlo a él, arrodillado, solemne, frente a una tumba, momentos antes de que comenzasen a echar tierra sobre el pequeño féretro, el lugar donde, sin duda, se estaba vertiendo en ese momento toda esa música.
 Sólo entonces pudo comprender la visión que, podría ser, ambos hubiesen compartido. Supo todo acerca de dónde podía venir esa niebla; supo que todas esas notas, toda esa música que veneraba con profundo respeto al silencio, estaba dirigida a llamar a las puertas del cielo.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Ne me quitte pas

Están sentados con las caras muy juntas, unidas en contacto frontal y sumidas en una seriedad que les confiere aspecto de perfiles egipcios. Los brazos y las manos entrelazadas entre sus pechos, como enredaderas que creciendo con rapidez van a envolverlos como aislándolos del mundo, y su acercamiento tierno y pertinaz, susurrándose palabras cortas que sólo ellos entienden, está a punto de transportarles al interior de un bosque salvaje, una jungla desmesurada donde se van a encontrar apartados, recogidos, como plegados el uno en el otro en el interior de una crisálida. Están sentados uno frente al otro, separados por un pequeño velador donde languidecen dos vasos con bebidas olvidadas y los susurros comienzan a alternarse con ligeros besos, sólo un rozar de labios y un cerrar de ojos. Las enredaderas de sus brazos comienzan a extenderse queriendo traspasar con sus tallos las prendas que les separan de la carne donde poder incrustarse, subiendo como nuevos brotes que reverdecen en sus nucas y les hacen exhalar un tímido suspiro. 
 Ha apoyado su trasero en un coche aparcado frente al ventanal de la cafetería y contempla la escena con descaro. Le resulta atractiva a la par que se insinua un pequeño desgarro en su corazón que crece lentamente hasta reventarlo. Sabe que los enamorados, encerrados en su crisálida y protegidos por la enredadera de sus brazos, no advierten su presencia, por eso no se siente incómodo ejerciendo de voyeur como si fuera un pervertido o un neurótico. Siente un extraño placer sentimental que le deja pegado a la escena al ver como se deshace el exoesqueleto emocional que construyó tiempo ha, dentro del cual podía sentirse fuerte y seguir viviendo; una coraza que se descompone quedando a sus pies como un montón de polvo y deja al descubierto las yemas amargas que constituyen su ser en la profunda intimidad donde ha renunciado a entrar; donde sólo alguna vez, con verdadero enojo, se ha sentido desnudo y ha llorado. El camarero, tras la barra, mira molesto a la pareja mientras seca un vaso con un paño. Les observa absorto; el movimiento con el trapo alrededor y dentro del vaso que ya ha sido suficientemente secado, es sólo un gesto automático con el que acompaña su indecisión: se debate entre ignorar a los amantes y concentrarse en alguna tarea con la que entretener el tiempo y desviar su mirada o en acercarse a ellos y exhortarles a que busquen un lugar más íntimo y recogido donde continuar con su juego antes que se abalancen el uno sobre el otro sobre el pequeño velador destrozándolo. Mira, de hito en hito, a los demás clientes que están en su negocio. Ninguno de ellos parece molesto por el comportamiento de los amantes y eso le hace declinar su decisión de intervenir en favor de la de ignorarlos. No deja de frotar el vaso con el trapo. Un cliente se acerca a la barra y le hace un encargo. De este modo el camarero abandona la escena y se concentra en el trabajo para el que ha sido requerido. Jacobo despega el culo del coche donde estaba apoyado y sigue su camino, madiciendo para sí mismo y dando una patada a una lata de refresco vacía que se interpuso en su camino.  
 Caminaba pausado y melancólico. Reflexionaba. De algún modo la forma de materializar el amor de esta pareja le hizo verse a sí mismo tiempo atrás; unos tiempos que nunca le abandonarían durante el resto de sus días y que le hicieron sentir un ser rastrero, cobarde e indigno para siempre: esa manera que poseé la indignidad de plasmarse para derrumbarte de por vida. Se amaban con la fuerza y la abrasión de quien ama sorteando obstáculos; ya fuese por encontrarse separados habitualmente por la distancia o por otro tipo de arbitrariedad que les impeliese a exprimir al máximo cada minuto. Tal vez fuese, como lo fue en su caso, una relación oculta de secretos amantes adulteros.
 Jacobo había vivido la escena que acababa de visualizar en  la cafetería. Un reflejo se había representado en todo su cuerpo. La impresión que recibió con sus brazos abrazados a aquella mujer durante el lustro en que fueron amantes, se extendió por todo su organismo y había quedado impresa en él dejando un profundo rastro que despertaba en ocasiones, como le había ocurrido, de la manera más intensa que podía recordar, mientras estaba contemplando el ventanal del establecimiento. La cara de Susana con su pequeña nariz respingona y su melena al estilo frances años veinte se presentó frente a él; su mirada inteligente, achispada y divertida hizo que rebrotase toda la lujuria que compartieron en la secreta "habitación del amor" que tuvieron alquilada, un resurgir que se manifestó con desmedida potencia y realismo convirtiendo en estéril toda terapia acometida durante años para paliar la añoranza que no desapareció nunca, por mucho que cambiara la posición de la mirada para encontrar en el todo el vacío y en la nada la más deliciosa plenitud, escarbando con atrevimiento en el valor de lo efímero, tal vez una renuncia, que pudiese mudar la vida (su vida) en arte; incapaz de arrostrar la situación que Susana le iba a plantear mientras se entregaban al juego amoroso sentados ante el velador del café y que transformaría en pelea y discusión su encuentro...
                                      II
"Tengo algo muy importante que decirte, algo que, en una dirección u otra, cambiará el curso de nuestras vidas: un verdadero punto de inflexión". Tras decir estas palabras, la chica ha soltado el cuerpo del hombre y la burbuja en cuyo interior se hallaban estalló sin ruido, como una pompa de jabón, haciendo que ambos se encontrasen frente a frente con un nuevo rictus que tensaba las miradas, en las que el goce amoroso se había echado a un lado y, con él, toda la atmósfera de ternura en la que se respiraban a modo de prólogo cada vez que realizaban uno de sus encuentros, dejando un ambiente tenso surcado por corrientes de cautela por parte de la mujer; una cautela temerosa que bien podía derivar, según se desarrollasen los acontecimientos posteriormente, en la dicha como en la más repugnante de las aprensiones: cuando es el dolor en el corazón el que dispone a un rechazo repulsivo. El hombre se muestra aturdido y no puede ocultar una mueca (su ceño frunciéndose y su boca prieta intentando masticar pero deseando escupir un hecho que no quiere afrontar) al imaginar las palabras que su amante va a pronunciar momentos después.
El camarero ha vuelto a su lugar en la barra tras haber preparado y servido algunos bocadillos y bebidas. Ha presenciado el estallido de la burbuja cuando se disponía a reproducir en el equipo de música algún tipo de creación ruidosa con un volumen que, sin molestar al resto de la clientela, resultase patente a los dos amantes acaramelados y los situase de nuevo en el bar, sacándoles de su madriguera compuesta de susurros, besos y caricias, donde se habían aislado cada vez con menos ostentación decorosa. Pretendía obtener el resultado que finalmente se materializó sin que fuese necesaria ninguna intervención por su parte. Observa los rostros endureciéndose y la tensión en los miembros, sobre todo de la muchacha, que crece mientras conversan, esta vez con enojo. No puede entender lo que se están diciendo, pero le resulta obvio que han pasado del amor a la disputa y se sonríe pensando cuan fina es la frontera que separa un lado del otro y pensando en lo leve que puede ser la chispa que provoque la ignición en uno u otro sentido. No abandona la idea de poner música en el local; pero, visto por donde discurren los acontecimientos, decide que será mejor poner una música suave que sea capaz de disolver los ánimos iracundos. Si  bien es cierto que estaba irritándose con las practicas amatorias que la pareja estaba desarrollando en sus narices y que parecían crecer sin freno, más molesto podía resultarle que comenzasen una tensa y bronca pelea. Introdujo un cedé en el equipo de música.
 La mujer ha expuesto los hechos y ha afirmado que sólo existe un modo de dar continuidad a la relación que mantienen, decisión que se debe tomar con valentía y sin escrúpulos basados en un timorato pudor que sería demostrativo de una muy baja estofa. Él no encuentra las palabras. Intenta resguardarse volviendo a crear el ambiente íntimo donde se sabe dotado de una fortaleza persuasiva en la que poder adelantar su negativa. Coge una de sus manos y le acaricia la nuca con la otra ejerciendo una leve presión que acerca sus rostros de nuevo. Mientras se produce este lento acercamiento le dice en voz baja, suave y grave (recurso que siempre desarboló cualquier defensa de su amante) que no debe preocuparse; que aunque sea madre soltera nunca le faltará nada al niño; que deben continuar su relación como hasta ahora y que ya le explicarán cuando esté más crecido al muchacho cómo fueron las cosas. No puede renegar a su actual familia; eso le acarrearía notables desventajas que imposibilitarían que pudiesen ser felices en su nueva vida. Le dice que es mejor dejar las cosas como están mientras imprime un leve impulso final sobre la nuca de la mujer a la par que cierra los ojos, maniobra que debe concluir anudando sus labios en un nuevo beso. Un par de lágrimas surcando las mejillas marcan la transición de la tristeza a la ira. La mujer se ha levantado como un resorte soltándose de nuevo de los brazos del hombre y le ha lanzado una bofetada escupiendo en su cara. Se ha marchado rápido vomitando dignidad y deseando que ese vómito fuese capaz de aplastar a su ya ex-amante. Antes de abandonar el café dando un portazo le ha gritado: "Tendrás noticias mías"
                                       III
Jacobo ha decidido volver sobre sus pasos. ha avisado de que llegará tarde a la reunión y dado instrucciones de que comiencen si él. Una profunda intriga anuda su estómago y dirige sus pasos irremediablemente de vuelta a la cafetería. Se trata de una curiosidad no carente de deseo. Un deseo que nunca se apagó del todo, manteniendo un rescoldo que siempre estaba presente, oculto entre cenizas sobre el que evitaba lanzar ningún oxígeno que reavivase la brasa y que la visualización de la escena en la cafetería había revitalizado soplando sobre ella con fuerza, dotándola de la presencia que tuvo (un incendio en sus emociones) durante los meses posteriores a la separación. Se preguntaba por qué sentía la necesidad mórbida de revivir aquellos tiempos, aquella máxima agonía; por qué  sentía placer en esa nostalgia, en volver a sentir su interior tembloroso como cuando acercas tu mano a un conejo o a una ardilla; por qué se sentía, como entonces, en un territorio tan despoblado de preocupaciones, queriendo desviarse de nuevo de todas sus rutinas tediosas, sintiéndose tan alejado, de nuevo, de la fealdad del mundo como sólo lo estuvo en su compañía y volviendo a maldecir: ¿por qué todo se destruye a golpes de porqué? No encontraba explicación, pero sabía que era así. La bofetada y el escupitajo que recibió en la cara la penúltima vez que vio a Susana en su vida también habían quedado impresas en sus células, abarcando todo su organismo y manifestándose como un reflejo cada vez que se torturaba por su cobardía y por no haber conocido jamás al hijo o hija que Susana había engendrado con su semilla. Quizá fuese la afirmación física, por medio de esa sensación rediviva, de su propia, cobarde y mezquina ruindad la que le lanzase a observar de nuevo a los amantes, deseando, en algún escondido rincón de su esperanza, que  le transportase a los momentos dulces y tiernos que nunca más fueron.
 Recorre el camino de vuelta despacio y cabizbajo, como no queriendo ver nada más del mundo que las imágenes que se reproducen en su interior. Recuerda la última vez que se encontró con Susana. Habían transcurrido unos cuantos días desde que se produjese su disputa en el bar y alumbraba la esperanza de que la mujer hubiese recapacitado en su transcurso y que atendiese a su razonable lógica que demostraba las grandes desventajas que suponía para ambos y también para la criatura que iba a nacer, atender a sus requerimientos. Había preparado unas cuantas palabras dulces y las había dramatizado en su interior, un acompañamiento de muecas, gestos y suspiros, para ofrecerle una representación que consiguiese seducirla de nuevo y que continuasen con su juego para, al menos, tomar cualquier decisión con más tiempo y de forma más reposada. Palabras que no estaban exentas de mostrar su propia humillación y que acompañó con un ramo de flores. mediante esas palabras le suplicó que no le abandonase; que no era necesario destrozarse la vida a golpes de porqué; que el fuego puede volver a surgir como ocurre con los viejos volcanes; pero sobre todo insistía una y otra vez, entre verso y verso, en que no le abandonase; le decía que sólo le pedía que le dejase observar su risa en silencio, que no diría nada ni la molestaría, que podría ser la sombra de su mano o incluso la sombra de su perro y le rogaba una y otra vez que no le abandonase. Susana ni cedió ni había recapacitado del modo que Jacobo esperaba y deseaba. Tan sólo había profundizado en su herida y su humillación. Se despidió sin mirarle a la cara diciéndole dos cosas: que nunca más se volverían a ver y que emprendería acciones legales contra él reclamando su paternidad. La primera la cumplió; la segunda no. El ramo de flores lo tiró sobre la acera pisándolo con desdén mientras le daba la espalda y se alejaba para siempre.
                                        IV
Jacobo está de nuevo apoyado en el mismo coche aparcado frente al ventanal de la cafetería. La mesa que ocupaban los amantes está vacía. El camarero limpia la superficie del velador con una bayeta. Jacobo decide marcharse y poner sus esfuerzos en deshacerse del sarpullido de pasado que está padeciendo. Concentrarse de nuevo en su rutina, sus negocios, y asistir a la reunión donde se espera su gerencia. Pero algo le retiene. Dentro del bar suena una música que se escucha con nitidez desde la calle. Se trata de una canción de mediados del siglo XX que escribió un cantautor de origen belga. Jacobo cierra los ojos y permanece escuchando como absorto. Aunque no entiende el francés, la melodía -ese poder suprarracional de la música- le dice que él también escribió esos mismos versos algunos años atrás. Cuando la canción finaliza se encamina con enérgico paso a continuar con su vida respetable y acaudalada a la que bien sabe que siempre le faltará algo. Sabe que nunca se recuperará de esa derrota.

Este relato no se encuentra editado, por el momento, en ninguno de mis libros.

PODÉIS VER AQUÍ MIS LIBROS DE RELATOS




    

sábado, 30 de julio de 2016

Desdoblamientos


Dos veces en mi vida experimenté una extraña sensación de desdoblamiento. En ambas ocasiones se trató de un accidente en bicicleta que, por las circunstancias en que se produjeron, debían haber resultado mortales. 
 En la primera ocasión era un chaval de once o doce años. Competía en una carrera con un amigo, un evento particular entre ambos, descendiendo a toda velocidad por una estrecha y sinuosa carretera de montaña. Mi amigo, algo más mayor que yo y bastante más ducho en el manejo de su vehículo, me adelantó a toda velocidad en una recta, dibujando una sonrisa al pasar junto a mí que me hizo soltar el freno, encorvar mi cuerpo sobre el manillar de la bicicleta y esbozar una mueca de intrépido corredor aerodinámico, para poder entrar en la siguiente curva sin posibilidad alguna de evitar estrellarme contra el malecón que, por suerte me salvó de caer al precipicio. 
El golpe contra el murete de cemento fue bestial y, tras rebotar en él, rodé carretera abajo un buen montón de metros, como un muñeco de trapo. Quedé inconsciente. Me despertó mi amigo, que al ver que no llegaba (él no había advertido mi accidente al ir un par de curvas por delante cuando éste se produjo) regresó, carretera arriba presumiendo mi caída. Cuando recobré el conocimiento, vi el rostro asustado de Virgilio, que así se llamaba mi competidor, desencajado; todavía me daba palmaditas en la cara, me rociaba con agua de su cantimplora mi magullado y sangrante rostro y repetía entre pucheros una y otra vez: "No te mueras, no te mueras, no te mueras". Cuando vio que reaccionaba y que su deseo de que no muriese se había cumplido rompió en un llanto liberador y me aconsejó que no me moviese; podía tener alguna fractura; esperaríamos a parar un coche (aunque esa carretera conducía a una pequeña aldea y no era muy transitada) que me llevase al centro médico más cercano. Ni que decir tiene que en esa época lo más parecido a la telefonía móvil eran las señales de humo de los indios precolombinos. 
Pero no le hice ningún caso; tras unos minutos (incuantificables para mí) en los que mi conciencia retornaba de muy mala gana a un cuerpo que sólo le ofrecía un extenso abanico de dolores donde destacaban, en dura competencia entre sí, los escozores de la abrasión (verano, manga corta, pantalón corto) con las contusiones traumáticas y algún irritante corte, decidí levantarme. Y fue en ese momento cuando sentí durante un instante que yo me levantaba pero que mi cuerpo seguía tendido, maltrecho, en el asfalto. Mi amigo, en cuanto estuve en pie me agarró, temiendo que me derrumbase de nuevo, que mi cuerpo no me mantuviese en pie, gritándome: "Estás loco" y cosas así, pero tratándome, a la vez, con delicadeza. Yo miraba un punto fijo en la carretera, como ausente. En ese punto veía mi cuerpo tendido y herido y comencé a palparme, constatando que era de carne y hueso, que no se trataba de la típica imagen que sale en las películas de fantasmas (como la pastelosa Gohst) en el momento que se muere el personaje y su alma abandona su cuerpo. No. Yo era un cuerpo completo y el abrazo de mi amigo constataba ese hecho, porque en esas películas al fantasma no lo abraza nadie por que ni siquiera le ven. Sin embargo mi cuerpo seguía ahí inerte. 
La visión duró un tiempo que debió ser corto pero que para mí fue larguísimo (y es que esto del tiempo es algo que posee una relatividad muy especial... que no voy ahora a convertir en digresión alguna) y esa imagen nunca abandonó ni abandonará los anaqueles de mi memoria. Achaqué el fenómeno a algún tipo de alucinación fruto del tremendo porrazo que mi cráneo, por fortuna duro como un alcornoque, había sufrido, pero, ya en aquella tierna edad, me hizo fantasear y filosofar sobre la percepción, lo que denominamos realidad (que, en ocasiones, puede que no sea más que un engaño de la percepción) y en cuantos porrazos ( u otro tipo de sufrimientos) se daban los místicos en la cabeza, hasta conseguir que su percepción les mostrase de forma inequívoca la aparición de cualquier santo al que profesasen devota entrega. Esto pensaba por un lado, por el más racional con toda seguridad, pero por otro lado la parte de mi cerebro más propensa a deleitarse con cosas mágicas y sobrenaturales no desestimaba la idea de que pudiesen existir mundos paralelos (jeje, no para lelos, que es otra cosa) y que en un mundo yo hubiese muerto en la carretera y se desarrollase a partir de ahí una continuidad de ese mundo en el que yo ya no estaría (imaginaba mis parientes y amigos llorando en mi entierro y cosas así de lo más emotivas), mientras que en otro yo salía ileso (y como que en el anterior me había muerto, ese era el que yo iba a seguir viviendo con conciencia) y continuaba disfrutando de ese inmenso don que es la vida; el haber tenido la fortuna de conocer qué es esto de la vida y encima haberlo hecho en forma de ser humano, por que conocer la vida, tener ese privilegio, pero hacerlo siendo una bacteria o un berberecho, la verdad, no es lo mismo; digo más: ni para un vegano es lo mismo. 
Esta vía de reflexión me conducía a la ineludible deducción de que de ser esto así (que cuando uno muere de accidente se produce un desdoblamiento cósmico y sigue un mundo con él y otro sin) las permutaciones de diferentes mundos serían cuasi infinitas y las calidades de vida en ellos inimaginables, por que, pensemos... un mundo en el que el dictador Franco hubiese muerto de aquel balazo en África en el que él salvó la vida de milagro y por el que se sintió (tras aparecérsele la virgen en esas circunstancias de balazo en la barriga) un enviado divino que debía hacer la cruzada para salvar a España de los demonios marxistas (pues así se lo comunicó está simpática señora y esto es absolutamente cierto, de ahí que él se proclamase "caudillo de España por la gracia de Dios"); es decir un mundo sin esos años de oscuridad; ¿cómo será España en ese otro mundo? Esto era un ejemplo sencillo para que los lectores, sobre todo los españoles, entiendan de qué cosa estoy hablando. Pero si, anulamos la existencia de personas (y no es necesario que sean relevantes o conocidas; habrá actos cometidos por personas que ahora nos son anónimas, que igualmente, de haber desaparecido esas personas y sus actos y consecuencias, nos habrían ofrecido muy dispares mundos) remontándonos a la noche de los tiempos, es muy posible que encontrásemos desde la tierra convertida en un auténtico paraíso, a la tierra ya arrasada por cualquier humana hecatombe o al mundo que conocemos, que para todos nosotros que leemos esto ahora es el mundo real, y que es el mundo al que, por sobrevivir nuestras potenciales muertes, nos ha tocado pertenecer en un proceso similar a una decantación. Resulta curioso pensar según este explícito planteamiento, que el hecho de que nuestro querido planeta sea un paraíso y se muestre como un estercolero devastado, sometido constantemente en una u otra región al fuego de los infiernos, no depende de ninguna deidad o poder macrocósmico, sino del grado de sensatez (bastante bajo) y de sabiduría para saber disfrutar del regalo del mundo y no tener que convertirlo en inexorable sufrimiento (grado también bastante bajo) que atesoren los habitantes que lo pisotean y violan en cada tiempo y lugar, siendo el grado de creencias supersticiosas que se mantengan inversamente proporcional a la sabiduría y capacidad necesaria para afrontar la modesta empresa de construir un mundo mejor; ya vimos a que condujo la superstición de aquel general bajito, católico apostólico y romano, para ilustrar esta sentencia. También podemos decir que la época donde el conocimiento se estanco por completo, nublado por una oscuridad que se prolongó durante siglos, la edad media, fue una era en la que las supersticiones y las creencias religiosas dominaban todas las áreas de la actividad humana y se quemaba en la hoguera a quien cuestionase sus insensatos y estúpidos planteamientos.
 Todos estos pensamientos -que para mí, tras mi experiencia de desdoblamiento, trascendían la mera calidad de pensamiento, para convertirse en algo mucho más tangible, en esa, entonces, mi tierna edad, me conducían inevitablemente a reflexionar sobre qué es eso de los milagros y he encontrado unas notas escritas en aquellos tiempos y que son las que me han movido a escribir este relato que decían esto al respecto (les he dado una adecuada redacción, más propia de adulto que de infante y añadido algunos datos que facilitan la comprensión de esta tesis; pero la esencia del texto inicial perdura): 
Si cuando se produce una situación en la que el azar nos viene de cara (por ejemplo una cura milagrosa de cáncer que no es más que una regresión espontánea, cosa que ocurre en según que cánceres en una proporción de uno entre cienmil, acerca de la cual la ciencia comienza a dar luz) lo denominamos milagro y atribuimos al suceso calidad sobrenatural, deberíamos otorgar la misma calidad pero de signo contrario cuando el azar nos viene mal dado. Es decir, si cuando por alguna casualidad salvas la vida de manera inverosímil y crees en la magia y los milagros o las deidades por ello, cuando, por ejemplo, en un día de viento nos cae una maceta en la cabeza y nos mata -mala suerte- tendríamos que considerarlo un antimilagro; es decir, que el mismo dios que en un caso ha promovido el milagro de la curación, en el otro ha sido un poco cabroncete.
 Sin esta consideración dual, el razonamiento o sentimiento de que se ha producido un milagro, me parece totalmente sesgado y, por tanto, erróneo y tóxico para el pensamiento colectivo, que, en muchas ocasiones tiende a dar como válida la existencia de estos milagros.
Si aceptamos la consideración dual, en ese caso, se producen más antimilagros que milagros. Muchos más. Y es lógico que así sea, hay muchas más probabilidades de contraer un cáncer que de que éste se cure luego por una remisión expontánea; hay muchas más probabilidades de sufrir un accidente de coche sin tener culpa que de que te salves mlagrosmente de él; o que toque el premio gordo en la lotería... Si se producen más hechos donde interviene la mala suerte (antimilagros) que aquellos en los que el azar juega a nuestro favor (milagros) y entramos en la retórica del milagreo... entonces el dios, o lo que sea, que produce estos milagros y sus antítesis es un poco malapersona o maldios...
 Cómo dije, en dos ocasiones en mi vida, se produjo esta visión o desdoblamiento. En las dos fue por un tremendo accidente de bicicleta. Os he narrado la primera, pero como que ya he divagado bastante sobre este tema y no se me ocurre nueva aportación sin reiterar y me tengo que ir a hacer la comida, me ahorro contar cómo fue el segundo, aunque tuvo una parte subrealista en cuanto a cómo se produjo el accidente y a cómo reaccionó el público que lo presenció que podrían convertirlo en amena y entretenida anécdota. Lo dejo para otro momento. Tal vez aparezca en algún otro relato mío ese doliente suceso. Eso sí... fue también tremenda ostia!

PODÉIS VER MIS LIBROS DE RELATOS PUBLICADOS HASTA LA FECHA AQUÍ