miércoles, 3 de agosto de 2016

Ne me quitte pas

Están sentados con las caras muy juntas, unidas en contacto frontal y sumidas en una seriedad que les confiere aspecto de perfiles egipcios. Los brazos y las manos entrelazadas entre sus pechos, como enredaderas que creciendo con rapidez van a envolverlos como aislándolos del mundo, y su acercamiento tierno y pertinaz, susurrándose palabras cortas que sólo ellos entienden, está a punto de transportarles al interior de un bosque salvaje, una jungla desmesurada donde se van a encontrar apartados, recogidos, como plegados el uno en el otro en el interior de una crisálida. Están sentados uno frente al otro, separados por un pequeño velador donde languidecen dos vasos con bebidas olvidadas, y los susurros comienzan a alternarse con ligeros besos, sólo un rozar de labios y un cerrar de ojos. Las enredaderas de sus brazos comienzan a extenderse queriendo traspasar con sus tallos las prendas que les separan de la carne donde poder incrustarse, subiendo como nuevos brotes que reverdecen en sus nucas y les hacen exhalar un tímido suspiro. 
 Ha apoyado su trasero en un coche aparcado frente al ventanal de la cafetería y contempla la escena con descaro. Le resulta atractiva a la par que se insinúa un pequeño desgarro en su corazón que crece lentamente hasta reventarlo. Sabe que los enamorados, encerrados en su crisálida y protegidos por la enredadera de sus brazos, no advierten su presencia, por eso no se siente incómodo ejerciendo de voyeur como si fuera un pervertido o un neurótico. Siente un extraño placer sentimental que le deja pegado a la escena, viendo como se deshace el exoesqueleto emocional que construyó tiempo ha, dentro del cual podía sentirse fuerte y seguir viviendo; una coraza que se descompone quedando a sus pies como un montón de polvo y deja al descubierto las yemas amargas que constituyen su ser en la profunda intimidad donde ha renunciado a entrar; donde sólo alguna vez, con verdadero enojo, se ha sentido desnudo y ha llorado. El camarero, tras la barra, mira molesto a la pareja mientras seca un vaso con un paño. Les observa absorto; el movimiento con el trapo alrededor y dentro del vaso que ya ha sido suficientemente secado, es sólo un gesto automático con el que acompaña su indecisión: se debate entre ignorar a los amantes y concentrarse en alguna tarea con la que entretener el tiempo, desviando su mirada, o en acercarse a ellos y exhortarles a que busquen un lugar más íntimo y recogido donde continuar con su juego antes que se abalancen el uno sobre el otro sobre el pequeño velador destrozándolo. Mira, de hito en hito, a los demás clientes que están en su negocio. Ninguno de ellos parece molesto por el comportamiento de los amantes y eso le hace declinar su decisión de intervenir en favor de la de ignorarlos. No deja de frotar el vaso con el trapo. Un cliente se acerca a la barra y le hace un encargo. De este modo el camarero abandona la escena y se concentra en el trabajo para el que ha sido requerido. Jacobo despega el culo del coche donde estaba apoyado y sigue su camino, madiciendo para sí mismo y dando una patada a una lata de refresco vacía que se interpuso en su camino.  
 Caminaba pausado y melancólico. Reflexionaba. De algún modo la forma de materializar el amor de esta pareja le hizo verse a sí mismo tiempo atrás; unos tiempos que nunca le abandonarían durante el resto de sus días y que le hicieron sentir un ser rastrero, cobarde e indigno para siempre: esa manera que poseé la indignidad de plasmarse para derrumbarte de por vida. Se amaban con la fuerza y la abrasión de quien ama sorteando obstáculos; ya fuese por encontrarse separados habitualmente por la distancia o por otro tipo de arbitrariedad que les impeliese a exprimir al máximo cada minuto. Tal vez fuese, como lo fue en su caso, una relación oculta de secretos amantes adulteros.
 Jacobo había vivido la escena que acababa de visualizar en  la cafetería. Un reflejo se había representado en todo su cuerpo. La impresión que recibió con sus brazos abrazados a aquella mujer durante el lustro en que fueron amantes, se extendió por todo su organismo y había quedado impresa en él dejando un profundo rastro que despertaba en ocasiones, como le había ocurrido, de la manera más intensa que podía recordar, mientras estaba contemplando el ventanal del establecimiento. La cara de Susana con su pequeña nariz respingona y su melena al estilo frances años veinte se presentó frente a él; su mirada inteligente, achispada y divertida hizo que rebrotase toda la lujuria que compartieron en la secreta "habitación del amor" que tuvieron alquilada, un resurgir que se manifestó con desmedida potencia y realismo convirtiendo en estéril toda terapia acometida durante años para paliar la añoranza que no desapareció nunca, por mucho que cambiara la posición de la mirada para encontrar en el todo el vacío y en la nada la más deliciosa plenitud, escarbando con atrevimiento en el valor de lo efímero, tal vez una renuncia, que pudiese mudar la vida (su vida) en arte; incapaz de arrostrar la situación que Susana le iba a plantear mientras se entregaban al juego amoroso sentados ante el velador del café y que transformaría en pelea y discusión su encuentro...
                                      II
"Tengo algo muy importante que decirte, algo que, en una dirección u otra, cambiará el curso de nuestras vidas: un verdadero punto de inflexión". Tras decir estas palabras, la chica ha soltado el cuerpo del hombre y la burbuja en cuyo interior se hallaban estalló sin ruido, como una pompa de jabón, haciendo que ambos se encontrasen frente a frente con un nuevo rictus que tensaba las miradas, en las que el goce amoroso se había echado a un lado y, con él, toda la atmósfera de ternura en la que se respiraban a modo de prólogo cada vez que realizaban uno de sus encuentros, dejando un ambiente tenso surcado por corrientes de cautela por parte de la mujer; una cautela temerosa que bien podía derivar, según se desarrollasen los acontecimientos posteriormente, en la dicha como en la más repugnante de las aprensiones: cuando es el dolor en el corazón el que dispone a un rechazo repulsivo. El hombre se muestra aturdido y no puede ocultar una mueca (su ceño frunciéndose y su boca prieta intentando masticar pero deseando escupir un hecho que no quiere afrontar) al imaginar las palabras que su amante va a pronunciar momentos después.
El camarero ha vuelto a su lugar en la barra tras haber preparado y servido algunos bocadillos y bebidas. Ha presenciado el estallido de la burbuja cuando se disponía a reproducir en el equipo de música algún tipo de creación ruidosa con un volumen que, sin molestar al resto de la clientela, resultase patente a los dos amantes acaramelados y los situase de nuevo en el bar, sacándoles de su madriguera compuesta de susurros, besos y caricias, donde se habían aislado cada vez con menos ostentación decorosa. Pretendía obtener el resultado que finalmente se materializó sin que fuese necesaria ninguna intervención por su parte. Observa los rostros endureciéndose y la tensión en los miembros, sobre todo de la muchacha, que crece mientras conversan, esta vez con enojo. No puede entender lo que se están diciendo, pero le resulta obvio que han pasado del amor a la disputa y se sonríe pensando cuan fina es la frontera que separa un lado del otro y pensando en lo leve que puede ser la chispa que provoque la ignición en uno u otro sentido. No abandona la idea de poner música en el local; pero, visto por donde discurren los acontecimientos, decide que será mejor poner una música suave que sea capaz de disolver los ánimos iracundos. Si  bien es cierto que estaba irritándose con las practicas amatorias que la pareja estaba desarrollando en sus narices y que parecían crecer sin freno, más molesto podía resultarle que comenzasen una tensa y bronca pelea. Introdujo un cedé en el equipo de música.
 La mujer ha expuesto los hechos y ha afirmado que sólo existe un modo de dar continuidad a la relación que mantienen, decisión que se debe tomar con valentía y sin escrúpulos basados en un timorato pudor que sería demostrativo de una muy baja estofa. Él no encuentra las palabras. Intenta resguardarse volviendo a crear el ambiente íntimo donde se sabe dotado de una fortaleza persuasiva en la que poder adelantar su negativa. Coge una de sus manos y le acaricia la nuca con la otra ejerciendo una leve presión que acerca sus rostros de nuevo. Mientras se produce este lento acercamiento le dice en voz baja, suave y grave (recurso que siempre desarboló cualquier defensa de su amante) que no debe preocuparse; que aunque sea madre soltera nunca le faltará nada al niño; que deben continuar su relación como hasta ahora y que ya le explicarán cuando esté más crecido al muchacho cómo fueron las cosas. No puede renegar a su actual familia; eso le acarrearía notables desventajas que imposibilitarían que pudiesen ser felices en su nueva vida. Le dice que es mejor dejar las cosas como están mientras imprime un leve impulso final sobre la nuca de la mujer a la par que cierra los ojos, maniobra que debe concluir anudando sus labios en un nuevo beso. Un par de lágrimas surcando las mejillas marcan la transición de la tristeza a la ira. La mujer se ha levantado como un resorte soltándose de nuevo de los brazos del hombre y le ha lanzado una bofetada escupiendo en su cara. Se ha marchado rápido vomitando dignidad y deseando que ese vómito fuese capaz de aplastar a su ya ex-amante. Antes de abandonar el café dando un portazo le ha gritado: "Tendrás noticias mías"
                                       III
Jacobo ha decidido volver sobre sus pasos. ha avisado de que llegará tarde a la reunión y dado instrucciones de que comiencen si él. Una profunda intriga anuda su estómago y dirige sus pasos irremediablemente de vuelta a la cafetería. Se trata de una curiosidad no carente de deseo. Un deseo que nunca se apagó del todo, manteniendo un rescoldo que siempre estaba presente, oculto entre cenizas sobre el que evitaba lanzar ningún oxígeno que reavivase la brasa y que la visualización de la escena en la cafetería había revitalizado soplando sobre ella con fuerza, dotándola de la presencia que tuvo (un incendio en sus emociones) durante los meses posteriores a la separación. Se preguntaba por qué sentía la necesidad mórbida de revivir aquellos tiempos, aquella máxima agonía; por qué  sentía placer en esa nostalgia, en volver a sentir su interior tembloroso como cuando acercas tu mano a un conejo o a una ardilla; por qué se sentía, como entonces, en un territorio tan despoblado de preocupaciones, queriendo desviarse de nuevo de todas sus rutinas tediosas, sintiéndose tan alejado, de nuevo, de la fealdad del mundo como sólo lo estuvo en su compañía y volviendo a maldecir: ¿por qué todo se destruye a golpes de porqué? No encontraba explicación, pero sabía que era así. La bofetada y el escupitajo que recibió en la cara la penúltima vez que vio a Susana en su vida también habían quedado impresas en sus células, abarcando todo su organismo y manifestándose como un reflejo cada vez que se torturaba por su cobardía y por no haber conocido jamás al hijo o hija que Susana había engendrado con su semilla. Quizá fuese la afirmación física, por medio de esa sensación rediviva, de su propia, cobarde y mezquina ruindad la que le lanzase a observar de nuevo a los amantes, deseando, en algún escondido rincón de su esperanza, que  le transportase a los momentos dulces y tiernos que nunca más fueron.
 Recorre el camino de vuelta despacio y cabizbajo, como no queriendo ver nada más del mundo que las imágenes que se reproducen en su interior. Recuerda la última vez que se encontró con Susana. Habían transcurrido unos cuantos días desde que se produjese su disputa en el bar y alumbraba la esperanza de que la mujer hubiese recapacitado en su transcurso y que atendiese a su razonable lógica que demostraba las grandes desventajas que suponía para ambos y también para la criatura que iba a nacer, atender a sus requerimientos. Había preparado unas cuantas palabras dulces y las había dramatizado en su interior, un acompañamiento de muecas, gestos y suspiros, para ofrecerle una representación que consiguiese seducirla de nuevo y que continuasen con su juego para, al menos, tomar cualquier decisión con más tiempo y de forma más reposada. Palabras que no estaban exentas de mostrar su propia humillación y que acompañó con un ramo de flores. mediante esas palabras le suplicó que no le abandonase; que no era necesario destrozarse la vida a golpes de porqué; que el fuego puede volver a surgir como ocurre con los viejos volcanes; pero sobre todo insistía una y otra vez, entre verso y verso, en que no le abandonase; le decía que sólo le pedía que le dejase observar su risa en silencio, que no diría nada ni la molestaría, que podría ser la sombra de su mano o incluso la sombra de su perro y le rogaba una y otra vez que no le abandonase. Susana ni cedió ni había recapacitado del modo que Jacobo esperaba y deseaba. Tan sólo había profundizado en su herida y su humillación. Se despidió sin mirarle a la cara diciéndole dos cosas: que nunca más se volverían a ver y que emprendería acciones legales contra él reclamando su paternidad. La primera la cumplió; la segunda no. El ramo de flores lo tiró sobre la acera pisándolo con desdén mientras le daba la espalda y se alejaba para siempre.
                                        IV
Jacobo está de nuevo apoyado en el mismo coche aparcado frente al ventanal de la cafetería. La mesa que ocupaban los amantes está vacía. El camarero limpia la superficie del velador con una bayeta. Jacobo decide marcharse y poner sus esfuerzos en deshacerse del sarpullido de pasado que está padeciendo. Concentrarse de nuevo en su rutina, sus negocios, y asistir a la reunión donde se espera su gerencia. Pero algo le retiene. Dentro del bar suena una música que se escucha con nitidez desde la calle. Se trata de una canción de mediados del siglo XX que escribió un cantautor de origen belga. Jacobo cierra los ojos y permanece escuchando como absorto. Aunque no entiende el francés, la melodía -ese poder suprarracional de la música- le dice que él también escribió esos mismos versos algunos años atrás. Cuando la canción finaliza se encamina con enérgico paso a continuar con su vida respetable y acaudalada a la que bien sabe que siempre le faltará algo. Sabe que nunca se recuperará de esa derrota.

Este relato no se encuentra editado, por el momento, en ninguno de mis libros.

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